28 febrero 2021

II Domingo de Cuaresma – 28 de febrero de 2021

1. La prueba y el sacrificio. La primera lectura nos refiere el episodio en el que Dios pone a prueba a Abrahán (cf. Gn 22, 1-18). Abrahán tenía un hijo único, Isaac, que le nació en la vejez. Era el hijo de la promesa, el hijo que debería llevar luego la salvación también a los pueblos. Pero un día Abrahán recibe de Dios la orden de ofrecerlo en sacrificio. El anciano patriarca se encuentra ante la perspectiva de un sacrificio que para él, padre, es ciertamente el mayor que se pueda imaginar. Sin embargo, no duda ni siquiera un instante y, después de preparar lo necesario, parte junto con Isaac hacia el lugar establecido. Y podemos imaginar esta caminata hacia la cima del monte, lo que sucedió en su corazón y en el corazón de su hijo. Construye un altar, coloca la leña y, después de atar al muchacho, aferra el cuchillo para inmolarlo. Abrahán se fía de Dios hasta tal punto que está dispuesto incluso a sacrificar a su propio hijo y, juntamente con el hijo, su futuro, porque sin ese hijo la promesa de la tierra no servía para nada, acabaría en la nada. Y sacrificando a su hijo se sacrifica a sí mismo, todo su futuro, toda la promesa. Es realmente un acto de fe radicalísimo. En ese momento lo detiene una orden de lo alto: Dios no quiere la muerte, sino la vida; el verdadero sacrificio no da muerte, sino que es la vida, y la obediencia de Abrahán se convierte en fuente de una inmensa bendición hasta hoy. Dejemos esto, pero podemos meditar este misterio. ¿Qué te ha pedido Dios que sacrifiques en este tiempo de cuaresma? ¿Cómo ha sido tu respuesta? ¿Qué entiendes por prueba en tu vida? ¿Cuál fue tu último sacrifico?

2. En la segunda lectura, san Pablo afirma que Dios mismo realizó un sacrificio: nos dio a su propio Hijo, lo donó en la cruz para vencer el pecado y la muerte, para vencer al maligno y para superar toda la malicia que existe en el mundo. Y esta extraordinaria misericordia de Dios suscita la admiración del Apóstol y una profunda confianza en la fuerza del amor de Dios a nosotros; de hecho, san Pablo afirma: «[Dios], que no se reservó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará todo con él?» (Rm 8, 32). Si Dios se da a sí mismo en el Hijo, nos da todo. Y san Pablo insiste en la potencia del sacrificio redentor de Cristo contra cualquier otro poder que pueda amenazar nuestra vida. Se pregunta: «¿Quién acusará a los elegidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién condenará? ¿Acaso Cristo Jesús, que murió; más todavía, resucitó y está a la derecha de Dios y que además intercede por nosotros?» (vv. 33-34). Nosotros estamos en el corazón de Dios; esta es nuestra gran confianza. Esto crea amor y en el amor vamos hacia Dios. Si Dios ha entregado a su propio Hijo por todos nosotros, nadie podrá acusarnos, nadie podrá condenarnos, nadie podrá separarnos de su inmenso amor. Precisamente el sacrificio supremo de amor en la cruz, que el Hijo de Dios aceptó y eligió voluntariamente, se convierte en fuente de nuestra justificación, de nuestra salvación. Y pensemos que en la Sagrada Eucaristía siempre está presente este acto del Señor, que en su corazón permanece por toda la eternidad, y este acto de su corazón nos atrae, nos une a él. ¿Confío en el Señor, plenamente? ¿Qué significa en mi vida la muerte y resurrección del Señor? ¿Cuáles son los efectos de esa confianza?

3. El Evangelio nos habla del episodio de la Transfiguración (cf. Mc 9, 2-10): Jesús se manifiesta en su gloria antes del sacrificio de la cruz y Dios Padre lo proclama su Hijo predilecto, el amado, e invita a los discípulos a escucharlo. Jesús sube a un monte alto y toma consigo a tres apóstoles —Pedro, Santiago y Juan—, que estarán especialmente cercanos a él en la agonía extrema, en otro monte, el de los Olivos. Poco tiempo antes el Señor había anunciado su pasión y Pedro no había logrado comprender por qué el Señor, el Hijo de Dios, hablaba de sufrimiento, de rechazo, de muerte, de cruz; más aún, se había opuesto decididamente a esta perspectiva. Ahora Jesús toma consigo a los tres discípulos para ayudarlos a comprender que el camino para llegar a la gloria, el camino del amor luminoso que vence las tinieblas, pasa por la entrega total de sí mismo, pasa por el escándalo de la cruz. Y el Señor debe tomar consigo, siempre de nuevo, también a nosotros, al menos para comenzar a comprender que este es el camino necesario. La transfiguración es un momento anticipado de luz que nos ayuda también a nosotros a contemplar la pasión de Jesús con una mirada de fe. La pasión de Jesús es un misterio de sufrimiento, pero también es la «bienaventurada pasión» porque en su núcleo es un misterio de amor extraordinario de Dios; es el éxodo definitivo que nos abre la puerta hacia la libertad y la novedad de la Resurrección, de la salvación del mal. Tenemos necesidad de ella en nuestro camino diario, a menudo marcado también por la oscuridad del mal. 

Meditemos todos la importancia y la centralidad de la Eucaristía en la vida personal y comunitaria. La santa misa debe estar en el centro de vuestro Domingo, que es preciso redescubrir y vivir como día de Dios y de la comunidad, día en el cual alabar y celebrar a Aquel que murió y resucitó por nuestra salvación, día en el cual vivir juntos en la alegría de una comunidad abierta y dispuesta a acoger a toda persona sola o en dificultades. Reunidos en torno a la Eucaristía, de hecho, percibimos más fácilmente que la misión de toda comunidad cristiana consiste en llevar el mensaje del amor de Dios a todos los hombres. Precisamente por eso es importante que la Eucaristía esté siempre en el corazón de la vida de los fieles, como lo está hoy. 

Asumiendo sobre sí todas las consecuencias del mal y del pecado, Jesús resucitó al tercer día como vencedor de la muerte y del Maligno. La Cuaresma nos prepara para participar personalmente en este gran misterio de la fe, que celebraremos en el Triduo de la pasión, muerte y resurrección de Cristo. 

De la fe en Cristo, en su cruz y resurrección, nace la esperanza. ¡Gran confianza! Sea ésta nuestra fuerza, particularmente en los momentos difíciles de la vida.

¿Cuáles son mis dificultades?¿y las de mi comunidad? ¿y las de mi familia? Pensemos en los que se encuentran en dificultades de diverso género: a quienes sufren en el cuerpo y en el espíritu; a quienes sufren pruebas de carácter social, como experiencias negativas en el trabajo, o malentendidos de familia: a los jóvenes que acaso están pasando un momento de crisis…Todos tienen derecho a esperar.

En el Evangelio de hoy encontramos una manifestación especial de la esperanza que nace de la fe en Jesucristo. Precisamente en el tiempo de Cuaresma la Iglesia nos lee de nuevo el Evangelio de la Transfiguración del Señor. En efecto, este acontecimiento tuvo lugar a fin de preparar a los Apóstoles a las pruebas difíciles de Getsemaní, de la pasión, de la humillación de la flagelación, de la coronación de espinas, del vía crucis, del Calvario. En esta perspectiva Jesús quería demostrar a sus Apóstoles más íntimos el esplendor de la gloria que refulge en El, la que el Padre le confirma con la voz de lo alto, revelando su filiación divina y su misión: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo mi complacencia: escuchadle» (Mt 17, 5).

El esplendor de la gloria de la Transfiguración abraza casi toda la Antigua Alianza y llega a los ojos llenos de estupor de los Apóstoles, que se convertirían en maestros de esa fe que hace nacer la esperanza: de aquellos Apóstoles que deberían anunciar todo el misterio de Cristo.

¡Qué bien estamos aquí: contigo! Aquí, en esta parroquia. Ante este sagrario. Y no sólo aquí, sino acaso en una cama de hospital; acaso en los puestos de trabajo; a la mesa en la comunidad de la familia. En todas partes.

Encomendemos a la Virgen María nuestro camino cuaresmal, así como el de toda la Iglesia. Ella, que siguió a su Hijo Jesús hasta la cruz, nos ayude a ser discípulos fieles de Cristo, cristianos maduros, para poder participar juntamente con ella en la plenitud de la alegría pascual. Amén.

24 febrero 2021

Primeras Comuniones 2021

Fechas y hora

Sábado 1 de Mayo – 13:00h (Grupo de Juani Gallardo)

Domingo 2 de Mayo- 13:00h (Grupo de Juani Gallardo)

Sábado 8 de Mayo – 13:00h (Grupo de Tere Bernal)


Reunión informativa para las familias: 

- Sábado 27 de febrero – 17:00 (antes de misa de 17:30)


Documentación:

- Solicitud (se entregará el impreso en la reunión del Sábado 27 de febrero)

- Partida de bautismo, aquellos que estén bautizados fuera de la Parroquia de El Coronil

- Donativo

Se entregará al Párroco, el sábado 6 de Marzo, en la misa de 18:30.


Aspectos a tener en cuenta:

1. Los niños/as que van a recibir la Primera Comunión, estarán sentados con los padres en el mismo banco (o dos familiares por banco).

2. Aforo limitado. Cada niños/as  dispondrá de dos bancos adicionales para 4 invitados por banco.(Serán 8 invitados más 2 del banco del niño/a, 10 personas por niño/a).

3. Esas 10 personas accederán con la invitación, que la Parroquia les facilitará el día del ensayo. (Sólo accederá quien tenga invitación) 

4. El acceso a la Parroquia se realizará por orden 15 minutos antes de comenzar la misa, a las 12:45. Comenzando la Misa puntual, a las 13:00.

5. Los bancos se asignarán por orden alfabético de los niños/as que reciben la Comunión.

6. Se atenderán las medidas de seguridad Covid: mascarilla en todo momento, distancias de seguridad, gel hidroalcohólico.

7. El momento para la fotografía será antes de concluir la misa. Y una vez concluida la misa, nadie permanecerá en el interior del templo. 


Preparación:

1. Asistencia a Misa: los que van a recibir la Primera Comunión, todos los sábados, a las 18:30h

2. Primera Confesión y Ensayos.

Miércoles 28 de Abril a las 17:00 – Grupo del 1 de Mayo

Jueves 29 de Abril a las 17:00 – Grupo del 2 de Mayo

Miércoles 5 de Mayo a las 17:00 – Grupo del 8 de Mayo.

Ese día, se confesarán los niños/as y los familiares que lo deseen. Se les entregará la cruz y el Evangelio. También se les entregarán las entradas para que accedan los invitados a la Iglesia. 

21 febrero 2021

I Domingo de Cuaresma – 21 de febrero de 2021

Vivir solo de lo inmediato, puede distorsionar totalmente nuestra vida y también nuestra vida cristiana. Al comenzar la Cuaresma, si no queremos equivocarnos, más que pensar en ayunos y abstinencias, es bueno que pongamos los ojos en Jesús y tratemos de ajustar nuestra vida, nuestra manera de obrar y pensar y nuestras palabras a las suyas. Esta es la verdadera conversión y revisión de vida a la que nos llama la Cuaresma: tener a Cristo siempre como referencia. La tradición, el costumbrismo, el ambiente, “el siempre se ha hecho así” pesan tanto sobre nosotros que nos resulta difícil pensar y actuar de otra manera, pero la conversión auténtica es una conversión a la persona de Jesucristo y a recuperar nuestra conciencia de bautizados.  

Poniendo los ojos en Jesús, especialmente en este primer domingo de Cuaresma, encontramos que el texto evangélico nos lo presenta iniciando su vida pública. El mismo Espíritu, que se había manifestado en su Bautismo, lo empuja ahora al desierto donde será tentado. El desierto bíblicamente más que lugar geográfico es el momento de la prueba, de la dificultad, de la enfermedad, de la toma de decisiones, es el lugar o el momento en que se opta o por Dios o por el diablo.

S. Marcos no nos indica en qué consintieron las tentaciones de Jesús, pero con la expresión “siendo tentado por Satanás” (v.13) quiere indicarnos de una manera sintética y clara que la vida de Jesucristo estuvo sometida constantemente a la tentación. La última y mayor tentación sería que se bajara de la cruz (Cf. Mc 15,32).

Las tentaciones de Jesús están ligadas a su misión, y el intento de Satanás será desviarlo del camino marcado por Dios para que no lleve a cabo la Redención o al menos reducir su misión  a un plano meramente humano; es decir que renuncie a la cruz, pero Jesús se mantuvo vigilante en la oración para descubrir las sutilizas del diablo y para encontrar la fuerza que necesitaba en la oración y en el trato con el Padre. Jesús no se dejó engañar por las mentiras diabólicas disfrazadas de verdad.

Si volvemos los ojos ahora hacia nosotros, descubrimos que cada uno también ha recibido en el bautismo la misión de ser anunciador del evangelio, misión que constantemente se ve amenazada por la tentación y el pecado. El diablo intenta convertirnos en sus instrumentos para impedir que el reino de Dios sea una realidad.

Las tentaciones tendrán muchas formas, serán de tipo espiritual, social, económico, pero siempre atrayentes y disfrazadas de felicidad, como en el caso de Adán y Eva en el Paraíso terrenal (Cf Gn 3,6), pero en último término, todas intetan que la obra redentora de Cristo no llegue a nosotros y a que no seamos cauce para que llegue la misma obra a los demás.

Y junto a la tentación nos encontramos también con la fuerza del Espíritu Santo para ser fieles a Dios, para tomar con entera libertad las decisiones que valen la pena y tomarlas delante de Dios en oración y austeridad. Solamente con la fuerza del Espíritu Santo, la fuerza de la oración y la vigilancia, como nos indica S. Pedro (1P 5,8-9), imitaremos a Jesucristo, venceremos nuestras tentaciones y podremos decir que estamos en proceso de conversión.

La tentación suele además pasarnos por el desierto, por la humillación, del sin sentido de lo que hacemos o creemos, pero es precisamente ahí donde encontraremos el mejor espacio para la revelación y la intimidad con Dios, y este desierto lo podemos encontrar donde menos lo esperamos y donde menos nos gusta: en el vacío de la enfermedad y la vejez, en la desilusión, en un fracaso, en la soledad, lo podemos encontrar en esta situación problemática de coronavirus que estamos viviendo… ¡Cuantas personas han rehecho su vida o han descubierto al Dios de Jesucristo en situaciones semejantes! El desierto nos hará ver la autenticidad de nuestra vida cristiana.

Al contemplar a Jesús luchando y venciendo la tentación, el creyente encuentra abierta una ventana de esperanza: es posible vencer el mal. En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo (Jn 16,33).

2. Empujar es mover algo o a alguien con fuerza, pero también es motivar o influir para que alguien lleve a cabo una decisión, una iniciativa, una acción. Y este primer domingo de Cuaresma hemos visto que el Espíritu empujó a Jesús. El Espíritu Santo siempre está presente en la vida de Jesús, desde su concepción (El ángel dijo a María: El Espíritu Santo vendrá sobre ti…), pasando por su Bautismo (el Espíritu bajó sobre Él) hasta su resurrección, como hemos escuchado en la 2ª lectura: Como era hombre lo mataron, pero como poseía el Espíritu, fue devuelto a la vida. Y como también hemos escuchado, con este Espíritu fue a proclamar su mensaje…

Jesús, ya adulto, comienza su “vida pública”. Lo lógico, lo esperable, hubiera sido que Jesús empezase cuanto antes a proclamar el Evangelio a la gente, convocando a multitudes. Pero sorprendentemente el Espíritu empujó a Jesús al desierto. Se quedó en el desierto cuarenta días.

¿Por qué el Espíritu empujó a Jesús al desierto? El desierto es una zona inhóspita y muy poco habitada, pero en la Biblia también es lugar de prueba, de corrección, de reflexión y de encuentro con Dios. Todavía podríamos admitir que Jesús se había tomado un tiempo de retiro y tranquilidad antes de iniciar su vida pública, pero de nuevo nos sorprende: se quedó en el desierto dejándose tentar por Satanás. Y de nuevo nos preguntamos: ¿Por qué, qué le empujó a eso?

La tentación es una prueba para comprobar la calidad de nuestra fe, y Satanás es lo opuesto a Dios. Precisamente en los “desiertos” de la vida, en las dificultades, en las circunstancias y ambientes opuestos a Dios, es donde se pone a prueba nuestra fe. Y ante la tentación, ante la prueba, podemos salir fortalecidos, o sucumbir a la tentación.

Jesús se quedó en el desierto dejándose tentar porque así, como diremos después en el Prefacio, “al rechazar las tentaciones del enemigo nos enseñó a sofocar la fuerza del pecado”. Jesús se dejó empujar por el Espíritu a la tentación para que, como Él, con la fuerza del Espíritu, sepamos cómo vencerla y salir fortalecidos.

Entonces estaremos en condiciones de proclamar el Evangelio de Dios de forma creíble: porque sabemos lo que es la tentación, lo opuesto a Dios, pero cuando quien nos empuja es el Espíritu, podemos superar las pruebas.

3. Este primer domingo de Cuaresma, para iniciar la conversión a la que Jesús nos llama, nos invita a preguntarnos: ¿Qué o quién nos empuja en nuestra vida, qué o quién nos mueve, nos motiva? ¿Es conforme al Evangelio, o contrario a él? ¿Me dejo empujar por el Espíritu a la hora de tomar decisiones? ¿Qué tentaciones, qué pruebas he tenido? ¿Supe rechazarlas desde la fe?

La Cuaresma es una oportunidad para dar un giro a nuestra vida, no porque cambien nuestras circunstancias externas, sino porque estamos convirtiéndonos mejor al Evangelio y eso se nos nota en el día a día. Y, como dijo el Papa San Pablo VI en Evangelii nuntiandi 21: “A través de este testimonio sin palabras, estos cristianos hacen plantearse, a quienes contemplan su vida, interrogantes irresistibles: ¿Por qué son así? ¿Por qué viven de esa manera? ¿Qué es o quién es el que los inspira?”. Así tendremos ocasión de mostrar que Quien nos empuja es el Espíritu Santo que hemos recibido en el Bautismo y la Confirmación.

Esta Cuaresma el Señor nos llama de nuevo a convertirnos mejor al Evangelio y a proclamarlo. Dejémonos empujar por el Espíritu con confianza, como Jesús, aunque sea en medio de desiertos y tentaciones, porque “el Espíritu Santo obra como quiere, cuando quiere y donde quiere; nosotros nos entregamos pero sin pretender ver resultados llamativos. Sólo sabemos que nuestra entrega es necesaria. Sigamos adelante, démoslo todo, pero dejemos que sea Él quien haga fecundos nuestros esfuerzos como a Él le parezca”.

17 febrero 2021

Vive la Cuaresma

14 febrero 2021

VI Domingo del Tiempo Ordinario – 14 de febrero de 2021

1. La Curación y la Penitencia. En este pasaje del Evangelio se nos presenta una nueva curación milagrosa llevada a cabo por Jesús que, además, está cargada de un gran contenido simbólico.

Según las prescripciones del Levítico la lepra no era considerada sólo como una enfermedad, sino también como un grave tipo de impureza ritual que lleva consigo la obligación de estar aislado mientras perdurase (Lv 13,1-59). Correspondía a los sacerdotes diagnosticar a quienes presentaban los síntomas, así como certificar la curación, si es que llegaba a producirse.

Es fácil hacerse cargo de los sufrimientos que implicaba a las personas que la contraían, ya que, además de las graves molestias propias de la enfermedad, debían abandonar sus casas y sus pueblos y vagar por lugares deshabitados, lejos del contacto con otras personas. Tener lepra era como estar muerto en vida, alejado tanto de la vida civil como de la religiosa. Por eso, también su curación es como una resurrección.

Aquel hombre leproso, al ver desde lejos que Jesús pasaba con sus discípulos por algún camino de la zona en la que estaba, sentiría removerse su corazón con la esperanza de que pudiera hacer algo por él. Por eso se acerca al Maestro y, todavía lejos, arrodillado en su presencia, le habla lleno de confianza en que Jesús tenía poder para hacerlo. A la vez se dirige al Señor de modo muy respetuoso con lo que decidiera hacer finalmente: “Si quieres, puedes limpiarme”.

Jesús se compadeció al instante de este hombre, se acercó a él, extendió su mano para tocarlo y le dijo: “Quiero, queda limpio”. E inmediatamente se produjo su curación. El hecho de extender la mano y tocar el cuerpo llagado del leproso, pone de manifiesto que Dios, de ordinario, se quiere servir de gestos, de signos sensibles, que por la acción divina son eficaces. El simple hecho de tocar no cura, pero el poder de Dios a través de ese gesto, sana en profundidad a aquella persona.

Es algo análogo a lo que sucede en los sacramentos, que fueron instituidos por nuestro Señor Jesucristo. Sin signos sensibles que, por la acción divina que actúa en ellos, producen eficazmente la gracia que significan.

En la lepra se puede ver un símbolo del pecado, que es la verdadera impureza del corazón, que lleva consigo un alejamiento de Dios. A diferencia de lo que establecían las antiguas normas rituales del Levítico la enfermedad física no nos separa de Dios, sino la culpa, las manchas morales y espirituales del alma.

También en ocasiones podemos sentirnos manchados por nuestras faltas y pecados, e incapaces de salir con nuestras propias fuerzas de esa situación. Entonces es el momento de dirigirnos a Jesús con la misma fe fuerte de aquel hombre: “Si quieres, puedes limpiarme”. Y, si nuestro corazón está decidido a apartarse del mal con la ayuda del Señor y acudimos al sacramento de la Reconciliación, también podremos experimentar la eficacia de sus palabras: “Quiero, queda limpio”.

Los pecados que hayamos podido cometer -aunque hayan llegado a producir la muerte del alma, como las manchas en la piel de aquel leproso lo habían hecho morir en cierto modo- quedan limpios cuando los confesamos humildemente. En este sacramento, Jesucristo, con infinita misericordia, nos renueva y reconforta por medio de sus ministros, permitiéndonos recomenzar una nueva vida llena de paz y alegría.

2. ¿Cuál es mi actitud?  

·      Destaca la actitud humilde del leproso, con una súplica que manifiesta únicamente su absoluta confianza en el poder de Jesús. Es un modelo para nuestro acercamiento a Jesús. 

·      El gesto de “tocar”, entrar en contacto físico con el leproso, que estaba prohibido por la Ley, niega que Dios excluya de su favor al leproso. Jesús “toca” lo intocable (la Ley) y al intocable (el leproso); el leproso, al acercarse a Jesús, viola la Ley, y Jesús, al tocarlo, también. La Ley, al imponer la marginación, no expresa el ser ni la voluntad de Dios. ¿Qué mensaje nos comunica el evangelio y qué consecuencias para nuestra vida creyente? 

·      Es muy llamativa la contradicción entre el silencio impuesto y el testimonio del leproso. La prohibición de hablar puede deberse al llamado “secreto mesiánico”, el propósito de Jesús de mantener oculto su mesianismo

hasta no llegar a conocerse y asumir todo su reco- rrido; pero la experiencia del amor de Dios, del que pensaba estar excluido, y la libertad adquirida, causan en el hombre una alegría incontenible que tiene que proclamar. ¿Es así de expansiva nuestra experiencia creyente? 

·      El que elimina la lepra, el que saca de la marginación, se convierte en un “marginado” para la religión y la sociedad. Jesús tiene que quedarse fuera (adverbio de gran significado religioso), en lugar desértico, como antes le pasaba al leproso. ¿Nos dice algo? 

3.- Resulta inevitable la comparación entre la situación del Coronavirus y la que vivían antiguamente los enfermos de lepra, como hemos escuchado en la 1ª lectura. Era una enfermedad contagiosa, no había tratamiento y, por tanto, había que aislar a los leprosos para proteger al resto de la población: Mientras le dure la lepra, seguirá impuro; vivirá solo, algo similar a quienes hoy deben ser confinados. 

Pero como no se ve el final de la pandemia, también inevitablemente surgen preguntas: “¿Es que el Señor no siente lástima ante tanto sufrimiento? ¿Será que no quiere curarnos?” Unas preguntas humanamente muy lógicas, pero cuya respuesta va más allá de nuestra lógica y nos invitan a entrar en el misterio de Dios manifestado en Jesús. 

Como escuchábamos el domingo pasado, le llevaron los todos enfermos, pero Él curó a muchos, no a todos, porque las curaciones y otros milagros que Jesús realizó fueron para manifestar que Dios estaba presente en Él, que el Reino de Dios había llegado. 

Por eso Jesús pide al leproso: No se lo digas a nadie… porque no quiere aparecer como un “milagrero” y que la gente acuda a Él buscando sólo el bienestar físico sin buscar el bien del alma ni el Reino de Dios.

No es que Jesús “no quiera” hacer hoy el milagro. Es que, hoy también, lo que quiere es que creamos en Él y descubramos el verdadero rostro de Dios que, más allá de nuestra lógica y de nuestras expectativas, no elimina la cruz sino que pasa por ella para vencerla, solidarizándose con nuestra situación de dolor y sufrimiento para sanar también nuestra alma.

Por eso, antes de curar al leproso, Jesús hizo un gesto clave: extendió la mano y lo tocó, algo impensable, contrario a la Ley, pero está manifestando la cercanía de Dios ante quienes por cualquier causa están marginados, descartados. Y hoy sigue “tocando” de muchas formas y a través de muchas personas a quienes por cualquier causa sufren en su cuerpo o en su espíritu.    

Muchas personas, entonces y hoy, acuden a Jesús buscando sólo salir de su situación de necesidad, pero no tienen interés ni en su Evangelio ni en el Reino. Otras personas sí que buscan su Reino, pero sufren el aparente silencio de Dios ante su oración y se preguntan: “¿Será que no quiere?”

A veces parece que Dios no nos escucha, pero su silencio es también una respuesta. Por eso, sea cual sea nuestra situación, la Palabra de Dios hoy nos recuerda que no es que el Señor “no quiera” nuestra curación, sino que hoy como entonces nos invita a descubrir los signos de su cercanía, para que creamos en Él y le sigamos, también cuando sufrimos cualquier forma de cruz.

07 febrero 2021

V Domingo del Tiempo Ordinario – 7 de febrero de 2021

1.- ¿Tiene sentido la historia? ¿Y la vida humana? Contemplar el discurrir de las cosas en el escenario de la vida real produce escalofríos. Con frecuencia, nos sentimos débiles e impotentes. ¿Qué decir? ¿Qué hacer? No es sencillo. Tampoco lo es para el creyente en el Dios de Jesús. Cuando se pasa mal, cuando lo pasamos mal: ¿dónde está Dios? ¿es compatible la fe en un Dios bueno y salvador con la desgracia, con el mal, con el sufrimiento de tanta gente y, sobre todo, con el de personas inocentes?

El dramatismo de estas preguntas nos ubican ante la situación que plantea la primera lectura en la persona de Job. El mal padecido injustamente le lleva a cuestionarse el sentido de las cosas. También el proceder de Dios. ¿Cómo no sentirse identificado con sus reflexiones? Sus preguntas son las de cualquier hombre angustiado y asediado por el dolor. Sus dificultades son también las nuestras. La Palabra de este domingo es valiente y nos coloca frente al misterio del mal y su difícil relación con la fe en Dios.

Lo interesante de las lecturas que se nos ofrecen en este domingo es que no intentan dar clases teóricas en torno al problema del dolor o del sufrimiento. Manifiestan con toda naturalidad la conexión de esa realidad con el Dios de la encarnación y, como consecuencia, con la misión eclesial.

La pista de esa conexión la hallamos en el evangelio. Jesús sale de la sinagoga y sana a cuantas personas encuentra en su camino. La primera la suegra de Simón, que le acoge en su casa. Después a las multitudes que acuden a la puerta (“curó a muchos enfermos de diversos males y expulsó muchos demonios”). El Nazareno no especula ante el sufrimiento, sencillamente intenta aliviarlo o hacerlo desaparecer. Expresado en otros términos: el Dios revelado por Jesucristo no quiere que la gente padezca el mal. Por eso hace todo lo posible por evitarlo. La misión del Hijo de Dios, el servicio del Reino, es la prueba palmaria de este hecho. La palabra y la actuación del Maestro de Nazaret son, por así decirlo, una especie de cruzada contra el mal, sea cual sea su causa.

Es relevante subrayar que este camino práctico contra el mal de Jesús solo se entiende desde la experiencia de Dios. Y hay aquí un dato que no se debe olvidar. Jesús, antes de curar, viene del encuentro con Dios en la sinagoga (en la Palabra) y, después, se retira a solas a orar. Lo que Jesús dice o hace para romper la experiencia del dolor de los hermanos brota de su relación con Dios (con el Padre). La auténtica experiencia de Dios no aleja, sino que acerca al mundo del dolor.

En este sentido, el Dios de Jesús es un Dios compasivo y cercano que se identifica con el doliente y hace lo posible por amainar su dolor. Esta cercanía es fruto del amor y llega, como sabemos, hasta el extremo de cargar con el sufrimiento de los demás. Hay aquí una enseñanza a retener. Dios no quiere el mal, como el ser humano no quiere el mal. La única receta es el amor, vía práctica que lo combate en términos de caridad y cercanía, de entrega generosa y ofrecimiento, de asunción en la propia carne…

2. La universalidad de la lucha contra el mal de Jesús. Los discípulos encuentran a Jesús, que está en oración, y le dicen: “todo el mundo te busca”. Él responde: “Vámonos a otra parte para predicar también allí, que para eso he venido”. La misión del Maestro de Nazaret es una misión abierta. Tan abierta como los horizontes de lo humano y del mundo. Se trata de una misión universal. Ha de llegar a todos. Y esto porque el dolor y el mal, en la forma que sea, afectan a todos los hombres y mujeres del mundo.

En clara correspondencia, la universalidad de la misión de Jesús conecta con la misión de sus discípulos enviados al mundo entero, como él, a anunciar la buena noticia y a sanar a los enfermos. En la segunda lectura, Pablo da cuenta de ese ministerio, que es el que da sentido a su vida. Ministerio sostenido por la clave del amor y del servicio que brota del camino abierto por Jesucristo: “me he hecho débil con los débiles, para ganar a los débiles; me he hecho todos a todos para ganar, sea como sea, a a algunos. Y lo hago por el Evangelio, para participar yo también de sus bienes”. En este sentido, la Iglesia, como dice el papa Francisco es (o ha de ser) “un hospital de campaña”, “una Iglesia samaritana”. Su labor es la de luchar con las armas del evangelio contra el mal.

¿Tiene sentido la vida si hay mal? Según lo que la Palabra nos enseña en este quinto domingo del tiempo ordinario, desde la fe en el Dios encarnado, el sentido de la vida es, con y por Jesús, a través de la palabra y la acción movidas por el amor, tratar de acabar con el mal y el sufrimiento. ¡Todo un desafío!

3.-“Atrapados en el tiempo”. Pensemos, por ejemplo, en un día laborable cualquiera: levantarse, trabajo o tareas de casa, las noticias del día, la comida, la compra, más trabajo, los niños o nietos, quizá alguna actividad, cena, un rato de lectura o televisión, y a la cama. Y al día siguiente, más de lo mismo.
La mayoría de los días son prácticamente “iguales” y así van pasando las semanas, los meses... y acabamos experimentado lo mismo que Job, y que hemos escuchado en la 1ª lectura: El hombre está en la tierra cumpliendo un servicio, sus días son los de un jornalero. Como el esclavo… Mis días se consumen sin esperanza. Nos sentimos “atrapados en el tiempo” y sin que nuestra vida tenga una meta o sentido.

Pero la Palabra de Dios de este domingo nos indica cómo podemos romper, como cristianos, ese “bucle temporal” en el que podemos sentirnos inmersos. En el Evangelio hemos escuchado lo que sería un día cualquiera en la vida de Jesús: enseñanza, curaciones, atención a las personas... Es lo que se repetía más o menos cada día. Pero Jesús nos enseña cómo hacer que cada día sea único, que cada día sea diferente al anterior, que la actividad de cada día nos haga avanzar y tenga un sentido: Se levantó de madrugada, se marchó al descampado y allí se puso a orar.
Jesús, cada jornada, tenía su tiempo de oración, aunque tuviera que levantarse de madrugada para ello. Las cosas de cada día, la preocupación por los demás, no le impedían su encuentro a solas con el Padre. Y si tenía que madrugar para orar, lo hacía, porque necesitaba alimentar su relación con el Padre, porque así sabía que su acción de cada día tenía una dirección y un sentido porque estaba cumpliendo la voluntad del Padre.

Pero, aunque oremos, también podemos llegar a sentirnos “atrapados en el tiempo”, en el estancamiento y la pérdida de sentido, y nos surge la pregunta de san Pablo en la 2ª lectura: Si yo lo hiciera por mi propio gusto, eso mismo sería mi paga. Pero si lo hago a pesar mío… ¿cuál es la paga? La oración, como encuentro con Dios, nos debe llevar a descubrir la motivación, el sentido de nuestra actividad como discípulos y apóstoles: Precisamente dar a conocer el Evangelio, porque ése es el camino de la santidad. Esos días prácticamente “iguales” no son para sentirnos “atrapados en el tiempo”: cada día, da igual lo que hagamos, es una oportunidad para dar a conocer el Evangelio: Siendo libre… me he hecho esclavo. Me he hecho débil con los débiles. Me he hecho todo a todos… Cualquier actividad que hagamos un día cualquiera, si lo hacemos movidos desde nuestro encuentro con Dios, tiene sentido y nos hace avanzar porque hago todo esto por el Evangelio, para participar yo también de sus bienes. Cuando anunciamos el Evangelio a otros, también nosotros nos beneficiamos de ese anuncio.      

¿Me siento “atrapado en el tiempo”, sin avanzar ni crecer? ¿No encuentro sentido a mi actividad cotidiana? ¿Cuido mi encuentro con Dios, en la oración, en la Eucaristía, en la reconciliación, en la formación… aunque me suponga un esfuerzo? ¿Soy consciente de que cada día es una oportunidad para anunciar el Evangelio? ¿“Me hago todo a todos”, hago cercano y comprensible mi testimonio de fe? ¿Experimento que así yo también participo del Evangelio, que me hace bien?

06 febrero 2021

La Parroquia y su sostenimiento

La Parroquia Nuestra Señora de Consolación de El Coronil, realiza su misión de ser el corazón de Cristo Resucitado, en medio de nuestro pueblo. Su misión nace del encuentro comunitario con el Señor en la Eucaristía y en los Sacramentos. 

La vida de la Parroquia gira en torno:

1. Sacramentos (Liturgia)
  • Eucaristía, Penitencia, Bautizos, Matrimonios y Unción de los Enfermos
  • Sacramentales: Liturgias Exequiales.
  • Oración personal y comunitaria (Adoración del Santísimo)
2. Servicio (Diaconía)

  • Cáritas Parroquial (Atención a los mas necesitados)
  • Colaboración con tareas de misión y desarrollo en otros lugares del mundo (Manos Unidas, Domund, Tierra Santa, Venezuela…)

3. Misión (Kerigma-anuncio)

  • Catequesis
  • Formación
  • Retiros 

Además de cumplir con esta misión urgente, la Parroquia custodia y protege un basto patrimonio histórico-artístico, que es utilizado en su misión evangelizadora. 

1. Conservación del edificio de la Parroquia y la Capilla de los Remedios.

  • La limpieza y desinfección es permanente para cumplir con los protocolos de seguridad del Covid19. El presupuesto que se está dedicando a esto es mayúsculo.
  • El mantenimiento de unos edificios tan antiguos es permanente (limpieza de los tejados, por el elevado número de palomas, se hace varias veces al año, por poner un ejemplo)
  • Pago de suministros: luz, agua, teléfono, alarma…
  • Urge la pintura de las bóvedas (techo interior, lleva varias décadas sin pintar y se esta quebrando)
  • Urge el saneado y pintura de las puertas de acceso: plaza y calle San Francisco.
  • Pintura de la fachada trasera de la Parroquia.

2. Conservación de los bienes muebles del extenso inventario de la parroquia.

  • Restauración de las imágenes pendientes del retablo mayor y en peligro: San Roque, San Pedro y San Pablo.

Todo esto se financia con las colectas, donativos, cuotas parroquiales y lotería.

Se va a proceder a cobrar la cuota parroquial 2021, que será de 15€
     
Normalmente se hacía por las casas, os pedimos que domiciliéis el recibo en el banco.

Se puede colaborar por transferencia bancaria:
     ES58 2100 4410 5401 0019 8935 (Cuenta de Cáritas Parroquial)
     ES91 2100 8095 9021 0021 1788 (Cuenta de la Parroquia) 

- Puede ser un donativo anual, mensual o trimestral.
- Todos los donativos desgravan en la Declaración de la Renta, presentando el recibo de la Parroquia. 

01 febrero 2021

«Amaos como yo os he amado»

Comunicado de Cáritas Parroquial de El Coronil

El trabajo que realiza nuestro equipo de Cáritas Parroquial, encabezado por nuestro Director, Juan Manuel Maneses y ayudado por María Dolores Benítez, María Luisa Muñoz y Juani Álvarez, juntamente con el acompañamiento del Técnico de Cáritas Diocesana de Sevilla, José, es una labor insustituible e impagable. ¡Dios os lo pague!

Ellos de manera cariñosa, atenta, discreta, callada... atienden a los que llaman a la puerta de la Parroquia, para ser atendidos. Los atienden en nombre de nuestra comunidad. Son las manos, los pies, el corazón de Cristo, cuidando de sus pobres.

¿Con qué ayuda contamos? ¿De dónde sale lo material que tenemos para ayudar?

De dos fuentes: la colecta de cada domingo primero de mes, que la colecta de las misas es íntegra, para nuestra Cáritas, y los donativos que se le suman puntualmente y en segundo lugar los alimentos que recibimos del Banco de Alimentos de Sevilla.

Con esto se ayuda a las familias que acuden a la Parroquia. 

Hay excepciones, en función del dinero con el que contamos, por ejemplo, con los donativos y la colecta de diciembre que fueron muy generosos; se pagaron “vales” por valor de 1000€ para comprar en el supermercado alimentos de primera necesidad.

¿Cuántas familias son beneficiarias? Desde el comienzo de la pandemia, se ha agravado la situación. 

-Se atiende a 27 familias. Unas 71 personas. 

El próximo domingo, primero del mes de febrero, os pido que seáis muy generosos y colaboréis.  La media de la colecta de caritas es de 250€/mes, si la colecta se mantiene estaríamos ayudando a cada persona con unos 10€/mes. Os pido que si podéis os esforcéis en ayudar. 

Nos han llegado necesidades como el pago de un alquiler,... y es muy necesario el fondo...

Aquellos que no podáis acudir a la parroquia por la Pandemia, podéis colaborar con una transferencia bancaria.

ES58 2100 4410 5401 0019 8935 (La Caixa) 

Un fuerte abrazo y Dios os lo pague. 

31 enero 2021

IV Domingo del Tiempo Ordinario – 31/01/2021

1. Un nuevo modo de enseñar con autoridad

Así es percibido Jesús por el pueblo. Y así el pueblo lo ensalza en contraposición con los letrados. A Jesús se atribuye la “autoridad”, y se niega a los letrados. Su enseñanza se califica como «nueva»; esto implica que la de los letrados es vista como «antigua». Jesús, sin “autorización legal” para enseñar lo realiza y con autoridad, en favor de los que sufren y los marginados; los que tienen autoridad legal para enseñar sólo realizan, en cambio, una práctica ideológica y estéril para la vida del pueblo.

En definitiva, lo que le llamaba la atención a la gente es que les hablaba de Dios de una manera muy cercana, tan cercana que hasta la gente más sencilla lo podía entender. Dios estaba al alcance de la mano. Dios estaba en la vida cotidiana, entre las personas, preocupado y ocupado de nuestras cosas, de nuestras alegrías y de nuestros problemas, y no allá en el cielo, distante y lejano, solo accesible para los que tenían estudios y podían leer y profundizar la Palabra de Dios. Jesús estaba acercando la Buena Noticia del evangelio a la gente más sencilla, a los más pobres. Y la gente lo entendía y lo acogía con alegría.

Jesús quiere acercar a Dios a las personas sencillas

Por eso usa un lenguaje sencillo, usa parábolas, para que la gente más humilde le pueda entender y puedan reconocer que en Él está Dios. Un Dios que viene a decirles que está de su parte, que ama a todas las personas, porque todos somos sus hijos, pero especialmente a los más pobres y desfavorecidos. Que no quiere más injusticias, ni más abusos hacia los pobres. Y que ha enviado a su hijo Jesús como el Mesías esperado, para que anuncie el Reino de Dios y la Buena Noticia. Jesús es esa Buena Noticia de parte de Dios.

En la sinagoga se interpreta con precisión y rigor la ley, pero el endemoniado sigue dominado por su enfermedad y aplastado por su misma sensación de desamparo y dependencia. Hasta que llega Je­sús. Después de enseñar, toca actuar. Jesús pasa a la acción que es como mejor se aprende. Si Jesús ha dicho que Dios está cerca de los más desfavorecidos, allí hay una persona atrapada, esclavizada, impedida, atemorizada, marginada por su propia gente.

Su práctica revoluciona el ambiente. Los letrados callan, pero la gente sabe discernir. Jesús libera y sana, enseña con autoridad, no como los letrados. Esto es nuevo, una buena noticia, y causa asom­bro en el pueblo. Pero quienes se sienten desenmascarados y despo­seídos de su poder por su práctica, callan o gritan, no disciernen, se evaden de la conversión. Y no aceptan los signos del Reino.

Para aquel hombre, el encuentro con Jesús fue una Buena Noticia, porque salió de allí como una persona nueva, libre, con posibilidad de hacer de nuevo una vida normal y reincorporarse a su familia, a la vida social y laboral, y también a la vida religiosa. Seguramente, no pasaría ni un día en adelante en que no diera testimonio a sus paisanos de lo que Jesús había hecho con él. Por eso dice también el evangelio que la fama de Jesús se extendió por toda la comarca.

¿Qué nos quiere decir el Señor con todo esto?

Que el mensaje de Jesús es una Buena Noticia y que hay que vivirla como tal. Que no tengamos miedo de acercarnos a su Palabra y dejarnos transformar por ella, como a aquel hombre le pasó. Y que hagamos de nuestra vida un gran testimonio, un gran mensaje para todas las personas, de lo mucho y lo bueno que hace Dios con cada uno de nosotros. La fe es para vivirla con alegría, con esperanza y con gozo. Y la Eucaristía es el momento donde compartimos todo eso, como hermanos, como hijos todos de un mismo Padre que nos quiere. Vivámoslo así.

 2. “Globalización de la indiferencia”

    El Papa Francisco se ha referido en múltiples ocasiones a una actitud que, desde hace años, ha venido desarrollándose y creciendo en las sociedades desarrolladas: ya sea ante los grandes problemas y dramas de la humanidad o ante los hechos más cotidianos, pasando por nuestras relaciones humanas, temas laborales o sociales... Si lo pensamos, son muchas las ocasiones que se nos presentan en las que, de modo más o menos consciente, nos preguntamos: “¿Qué tengo que ver yo con esto?” Y, salvo que nos afecte directamente, optamos por no implicamos y cada vez nos vamos volviendo más insensibles a todo . 

Una desilusión que brota de haber comprobado que implicarnos en algunos temas en los que personal o directamente no tenemos nada que ver ha supuesto para nosotros mucho trabajo, complicaciones, a menudo también nos ha acarreado serios problemas… sin que realmente se haya obtenido ningún logro ni avance significativo. Por eso acabamos desilusionándonos, renunciamos a asumir nuevos compromisos, y cada vez nos vamos volviendo más indiferentes e insensibles.

La indiferencia afecta también a nuestra vida de fe. En el Evangelio hemos escuchado que un hombre que tenía un espíritu inmundo se puso a gritar: ¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? Hoy se nos invita a hacernos también esta pregunta, porque es innegable que la mayoría de la gente no tiene mucho que ver con Jesús: la religión se considera algo arcaico, propio de épocas pasadas o de personas crédulas y en la práctica se vive como si Dios no existiera.

También muchos que se autocalifican como cristianos en realidad no tienen mucho que ver con Jesús: han asumido unas creencias heredadas, se limitan a prácticas religiosas esporádicas… pero como no han profundizado en su fe, ésta no es el motor y la guía de sus vidas.

Incluso quienes procuramos tomarnos en serio nuestra fe también nos debemos plantear qué tenemos que ver nosotros con Jesús, porque también nos podemos sentir desilusionados. Unas veces porque, después de tantos años procurando seguir con fidelidad al Señor, con todo el esfuerzo y renuncia que eso supone, sentimos que no progresamos; otras veces, porque los compromisos que hemos ido asumiendo en la parroquia, en la base… tampoco nos hacen experimentar que se está avanzando, más bien todo lo contrario; y otras veces, como ocurre en este largo tiempo de pandemia, nos parece que la oración cae en el vacío, porque llevamos ya casi un año y no se ve el final del túnel, y la carga de sufrimiento es cada vez mayor.

Así que, desilusionados, acabamos preguntándonos: ¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? Y nos vamos volviendo cada vez más indiferentes y fríos.

Es comprensible que en muchos aspectos de nuestra vida vayamos cayendo en ese sentimiento de indiferencia y frialdad, “se nos ha endurecido el corazón” porque cada vez somos más individualistas, debemos ocuparnos de los asuntos del Señor, como decía la 2ª lectura. Recordemos también lo que dijo el Papa Francisco al inicio de la pandemia: no cabe la globalización de la indiferencia porque todos “estamos en la misma barca, todos frágiles y desorientados; pero, al mismo tiempo, importantes y necesarios, todos llamados a remar juntos, todos necesitados de confortarnos mutuamente. No podemos seguir cada uno por nuestra cuenta, sino sólo juntos”. (27 de marzo de 2020)

Y en lo que se refiere a la fe, también es necesario y positivo que, si nos sentimos indiferentes, desilusionados y fríos, nos preguntemos: ¿Qué tenemos que ver nosotros con Jesús? ¿Le tenemos realmente en cuenta en nuestra vida, o es algo accesorio? ¿Creemos en su autoridad, como hacían sus oyentes, o en realidad no nos fiamos de su Palabra? ¿Nos hemos “acostumbrado” a Él, hemos caído en la rutina en la oración y en la Eucaristía? ¿Ya no nos provoca asombro la enseñanza de Jesús, el Evangelio, hemos abandonado la formación cristiana?

Respondámonos con sinceridad a estas preguntas, para no caer en la indiferencia y la desilusión, recordando qué tenemos que ver nosotros con Jesús, que lo es todo: es nuestra vida (cfr. Flp 1, 21).

24 enero 2021

III Domingo del Tiempo Ordinario – 24/01/2021

1. «El tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva». Debemos eliminar los prejuicios.

·       Primero: la conversión no se refiere sólo a los no creyentes, o a aquellos que se declaran «laicos»; todos indistintamente tenemos necesidad de convertirnos; 

·       Segundo: la conversión, entendida en sentido genuinamente evangélico, no es sinónimo de renuncia, esfuerzo y tristeza, sino de libertad y de alegría; no es un estado regresivo, sino progresivo. 

Antes de Jesús, convertirse significaba siempre un «volver atrás» Indicaba el acto de quien, en cierto punto de la vida, se daba cuenta de estar «fuera del camino»; entonces se detiene, hace un replanteamiento; decide cambiar de actitud y regresar a la observancia de la ley y volver a entrara en la alianza con Dios. Hace un verdadero cambio de sentido, un «giro en U». La conversión, en este caso, tienen un significado moral; consiste en cambiar las costumbres, en reformar la propia vida. 

En labios de Jesús este significado cambia. Convertirse ya no quiere decir volver atrás, a la antigua alianza y a la observancia de la ley, sino que significa más bien dar un salto adelante y entrar en el Reino, aferrar la salvación que ha venido a los hombres gratuitamente, por libre y soberana iniciativa de Dios. 

Conversión y salvación se han intercambiado de lugar. Ya no está, como lo primero, la conversión por parte del hombre y por lo tanto la salvación como recompensa de parte de Dios; sino que está primero la salvación, como ofrecimiento generoso y gratuito de Dios, y después la conversión como respuesta del hombre. En esto consiste el «alegre anuncio», el carácter gozoso de la conversión evangélica. Dios no espera que el hombre dé el primer paso, que cambie de vida, que haga obras buenas, casi que la salvación sea la recompensa debida a sus esfuerzos. No; antes está la gracia, la iniciativa de Dios. En esto, el cristianismo se distingue de cualquier otra religión: no empieza predicando el deber, sino el don; no comienza con la ley, sino con la gracia. 

«Convertíos y creed»: esta frase no significa por lo tanto dos cosas distintas y sucesivas, sino la misma acción fundamental: ¡Convertíos, esto es, creed! ¡Convertíos creyendo! La fe es la puerta por la que se entra en el Reino. Si se hubiera dicho: la puerta es la inocencia, la puerta es la observancia exacta de todos los mandamientos, la puerta es la paciencia, la pureza, uno podría decir: no es para mí; yo no soy inocente, carezco de tal o cual virtud. Pero se te dice: la puerta es la fe. A nadie le es imposible creer, porque Dios nos ha creado libres e inteligentes precisamente para hacernos posible el acto de fe en Él. 

La fe tiene distintas caras: está la fe-asentimiento del intelecto, la fe-confianza. En nuestro caso se trata de una fe-apropiación. O sea, de un acto por el que uno se apropia, casi por prepotencia, de algo. San Bernardo hasta utiliza el verbo usurpar: «¡Yo, lo que no puedo obtener por mí mismo lo usurpo del costado de Cristo!». 

«¡Convertíos!» no es, como se ve, una amenaza, una cosa que ponga triste y obligue a caminar con la cabeza agachada y por ello a tardar lo más posible. Al contrario, es una oferta increíble, una invitación a la libertad y a la alegría. Es la «buena noticia» de Jesús a los hombres de todos los tiempos.

2. El segundo tema es la vocación. Sobre la vocación del hombre por parte de Dios habla también la primera lectura: “Levántate y vete a Nínive, la gran capital y pregona allí el pregón que te diré” (Jo 3,2). Jonás se levantó y se fue... 

La lectura del Evangelio recuerda la llamada de los primeros Apóstoles. En los dos casos allí citados se trata de dos hermanos: primero de Simón (denominado después Pedro) y de su hermano Andrés; luego de Santiago, hijo de Zebedeo, y de su hermano Juan. Cristo llamó a los dos primeros en la ribera del mar de Galilea cuando, al ser pescadores, “estaban echando el copo en el lago” (Mc 1,17). A los otros los llamó cuando, junto al mismo mar, “estaban en la barca repasando las redes” (Mc 1,19). Y también ellos, “dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros y se marcharon con Él” (Mc 1,20). 

Como se ve, la vocación significa llamada del hombre por parte de Dios. Dios llama al cumplimiento de tareas que asigna al hombre y, al llamarlo, le manda tener confianza de que llegará a realizar su misión. Así fue precisamente en el caso de Jonás, que incluso quería huir de la llamada de Dios, juzgando que era superior a sus fuerzas. Los hijos de Jonás y de Zebedeo, llamados junto al mar de Galilea, siguieron muy gustosamente a Cristo. Sin embargo, es sabido que, en el camino de su vocación apostólica, les esperaban diversas pruebas a cada uno de ellos. Al tema de la vocación se refieren también las palabras del Salmo (25/24,4-5) “Señor enséñame tus caminos, instrúyeme en tus sendas

Precisamente: la esperanza: Si Dios pone ante nosotros la misión, también nos da la gracia. Estos dos momentos –el momento de la conversión y el de la vocación– tiene una importancia determinada en la vida de cada uno de los cristianos. Se puede decir que en ellos se desarrolla toda la economía salvífica de Dios en relación con el hombre, y en el ámbito de esta economía divina del hombre madura desde dentro. 

Esta maduración presupone el alejamiento del mal, la ruptura con el pecado, la extirpación de las malas disposiciones, la lucha, a veces dura, con las ocasiones de pecado, la superación de las pasiones: todo el gran trabajo interior, gracias al cual, el hombre se aleja de todo lo que en él se opone a Dios y a su voluntad, y se acerca a la santidad cuya plenitud es Dios mismo. 

La conversión es un movimiento bipolar: el hombre se aparta del mal para orientarse hacia Dios. Y por esto en el camino de la conversión se encuentra la vocación. A medida que el hombre se dirige hacia Dios, encuentra la función que Dios le asigna en la vida. Esto se puede expresar todavía mejor: a medida que el hombre se dirige hacia Dios, descubre que su vida es una misión que Dios le ha asignado. Y la aceptación de esta misión significa una prueba de amor a Dios y a los hombres. Así el hombre “se convierte” de modo nuevo en el que “es”. 

Pienso que cada uno se encuentra en un momento de conversión, conocido sólo por él y por Dios mismo. ¿Alguno está aún muy lejano de Dios a causa de sus pecados? ¿Es tal vez el mundo quien le quita la visión de Dios? ¿Acaso no se deja ver en él la primera conversión?... Luego pienso que cada uno tiene aquí una vocación, aun cuando quizá alguno no sea consciente de tenerla. No sabe que todo lo que llena su vida, si es lícito en sí mismo, puede ser, más aún, es precisamente la misión que le ha asignado Dios.  

¡Solo Dios no pasa! Y por esto tiene la vida un valor estable, en la medida en que nos alejamos del mal y nos acercamos a Él mismo por el camino de la conversión. Y tiene un valor estable la vida, en la medida en que aceptamos la misión que Él nos asigna y la cumplimos.

17 enero 2021

II Domingo del Tiempo Ordinario – 17/01/2021

1. Pregunta de Jesús a los discípulos

Los discípulos de Juan se interesan por Jesús, y él les pregunta, ¿qué buscáis? Ellos responden diciendo que quieren saber de él, empezando por saber dónde reside, donde le pueden encontrar para hablar con él. Venid y veréis. Fueron y se quedaron un día, y luego toda la vida, con él. Él acabó dando sentido a su vida. ¿Qué les dijo? ¿Qué les entusiasmó de la persona de Jesús? ¿Qué vieron?

2. Buscadores

A Cristo le oirían decir después en su catequesis, “buscad y hallaréis”. Dicen que, existe hoy una generación llamada la de los “seekers”, “buscadores”, que lo que buscan es una religión. Se busca, una verdad que dé sentido a la vida, que satisfaga, que libere de la insatisfacción de las pequeñas verdades, de las pequeñas y vacías satisfacciones; sobre todo se buscar a alguien en quien confiar, que sea referencia de su vida.

Pensemos si notamos que crecemos en nuestra fe, si experimentamos que el Señor está con nosotros, o somos todavía “niños” en la fe.

Pensemos también en cómo vivimos nuestro discipulado, si tenemos la actitud de búsqueda de Andrés y Juan, si nos interesa conocer mejor al Señor (¿dónde vives?) o nos limitamos a “cumplir”.

Ellos fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con Él aquel día. Pensemos si tenemos disponibilidad para acudir a convocatorias, encuentros, retiros, celebraciones, oraciones, reuniones… Si “nos quedamos con el Señor”, sin prisa, o bien “nunca tenemos tiempo” para Él.

Pedro, tras encontrarse con Cristo, recibe un nuevo nombre. ¿El encuentro con Cristo me ha cambiado sustancialmente, o en realidad sigo siendo el mismo? El nombre también nos identifica frente a otros. ¿Mi fe cristiana “me identifica”, doy buen testimonio, “se me nota” la fe en Cristo?

3.- Saber distinguir quién nos llama entre tantas voces y ecos

Nuestra generación no puede menos de sentir, como Samuel, primera lectura, una voz que le llama, que le saca del sueño: del sueño del tener, del sueño del placer inmediato corporal, -segunda lectura – y que ofrece algo distinto. Es fácil confundir la voz con los ecos, y no descubrir, de inmediato quién nos llama – primera lectura –; no percibir quién nos dice “venid y veréis”. Hace falta atención continuada reiterada. Despertar del sueño, de estar narcotizados por las llamadas para satisfacer ansias de poder, de placer, de tener...

¿Tengo personas en mi entorno cercano que se han encontrado con Cristo? ¿Alguien me ha invitado alguna vez a participar en alguna celebración, reunión, encuentro…, en la parroquia o en la diócesis?¿pregunto a sacerdotes o personas consagradas cómo reconocer la voz de Dios, que me llama? En el caso de Andrés y Juan, es el Bautista quien les señala a Jesús, que pasaba: ¿presto atención a quienes me indican por dónde pasa Jesús hoy?

4.- Quedarse con Jesús

Jesús sigue preguntándonos, ¿qué buscáis? Y sigue ofreciéndose como respuesta: venid y veréis. Porque somos llamados a seguirle. Esa es nuestra vocación de cristianos. Lo que da sentido a nuestro vivir. Para ello escuchamos, meditamos la Palabra de Dios. Dejamos que nos interrogue. Percibimos en ella que alguien nos llama, a conocerle mejor, pasar tiempo con él, a seguirle. ¿Es para nosotros una satisfacción responder positivamente a su invitación?  En definitiva, ¿la convivencia, el sentir con Jesús es nuestro objetivo existencial, que da sentido a otros proyectos, a otros objetivos? Venid y veréis; fueron, vieron, ... y se quedaron con Jesús.

5.- Identidad del cristiano:

Pero este inicio del Evangelio también plantea algunos rasgos de la identidad del discípulo, del cristiano o de la cristiana y, concretamente, del apóstol:

  • en primer lugar, la actitud de Juan Bautista es la del testigo: él no es el protagonista, no es “la luz” (1 ,6-7); él señala, indica a quién hay que “mirar” (36); el testigo se desprende de sus propios discípulos que, a partir de ahora, seguirán al único “maestro” (38) y vivirán con Él (39);

  • el discípulo, el seguidor de Jesús (el cristiano) es quien “escucha” el anuncio-Palabra (37) y “sigue a Jesús” (37) y “busca” (38) y se abre al “Maestro” (38) y va y vive con Él (39) y eso hace que conozca más al “maestro” y pueda decir de él algo más -es el “Mesías” (41 )-;
  • el discípulo se convierte en apóstol: lo comunica a los demás, a los que encuentra en el propio ambiente (40-41), y lo hace implicándolos activamente, “llevándolos a Jesús” (42) -Jesús lo había hecho con ellos: “venid y lo veréis” (39)- de modo que se hagan discípulos de Él;
  • en definitiva, quien sigue a Jesús de veras recibe una nueva identidad, representada aquí en el cambio de nombre -“Cefás” o “Pedro” (42)-, manera bíblica de expresar que Dios da una misión. 

10 enero 2021

10/01/2021 - Bautismo del Señor

Descubrir el propio Bautismo cuando recordamos el Bautismo de Jesús en el Jordán.
«“Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto”»

En la Epifanía Cristo estaba en brazos de su madre; el domingo siguiente, nos encontramos con un hombre de de 30 años, confundido entre la muchedumbre que se agolpa sobre la orilla del Jordán donde Juan Bautista está bautizando.

Jesús viene a solicitar su bautismo junto con los pecadores, como alguien que espera su turno ante un confesionario lleno de penitentes. Pero misterio más grande es el que la liturgia y el evangelio dejan de narrar: esos treinta años de silencio en los que Jesús manifestó su condición humana haciéndose en todo semejante a los hombres menos en el pecado (Fil. 2,7; Hebr. 4,15). También esto es evangelio: evangelio del silencio. Ese vacío de 30 años deben enseñamos precisamente esto: en Nazaret, Jesús vivió lo cotidiano de la vida.

1.Realidades del bautismo cristiano: la remisión de los pecados, el don del Espíritu, la filiación divina y la misión profética a ser instrumentos de salvación para los demás.

Reflexionemos de la misión profética. Con el bautismo, el cristiano entra a tomar parte de la misión profética de Jesús y del pueblo mesiánico fundado por él. El mismo nombre de “cristiano”, con el cual desde ese día tiene el derecho de llamarse, significa “ungido” o consagrado, junto con Cristo. Isaías dice en la primera lectura en qué consiste tal unción recibida de Jesús: Yo he puesto mi espíritu sobre él para que lleve el derecho a las naciones... (Is. 61, 1).

Jesús es, por tanto, consagrado a un servicio para todos los hombres: un servicio de salvación, de liberación, de justicia. Y nosotros por nuestro Bautismo, recibimos la misma tarea: éste nos ha consagrado a un servicio de salvación para los demás, especialmente para los pobres, los afligidos... Entonces, no un privilegio, es una tarea, debemos dar testimonio del amor de Dios y comunicar el mensaje de la Navidad: “Dios está con nosotros”

¿Jesús, tenía necesidad de ser bautizado como nosotros? Ciertamente, no. Él quiso mostrar con aquel gesto que se había hecho uno como nosotros en todo. Sobre todo, quería poner término al bautismo «de agua» e inaugurar el «del Espíritu». En el Jordán no fue el agua la que santificó a Jesús, sino que Jesús santificó el agua. No sólo el agua del Jordán, sino la de todos los baptisterios del mundo.

2.- Rito del bautismo. Sacramento.

Como todo sacramento, el bautismo está hecho de dos cosas: de gestos y de palabras. Asemeja a una representación, a un teatro. La diferencia está en que en el teatro el acontecimiento está representado, en el sacramento está renovado. Podemos decir que también en el sacramento el acontecimiento está representado, siempre que entendamos el verbo en el sentido fuerte de que está hecho presente. El sacramento, se dice en teología, «causa lo que significa». Recorramos los momentos principales del rito.

  •     Imposición del nombre.«¿Qué nombre habéis elegido para vuestro hijo?» En este momento, viene pronunciado en público por vez primera el que será nuestro nombre para la eternidad. La Biblia nos asegura que también Dios nos conoce y nos llama por el nombre (cfr. Isaías 43, 1).
  •     La renuncia a Satanás y la profesión de fe.
  •     El agua: el agua del Jordán/el agua que brotó del costado de Cristo. El celebrante pide a los padres que se acerquen a la fuente, toma entre los brazos al niño o a la niña y, llamándole por su nombre, por tres veces lo sumerge en el agua, pronunciando las sencillas y solemnes palabras señaladas por Jesús mismo en el Evangelio: «Yo te bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo».

Aquí se ve cómo en los sacramentos es importante ver y oír. Hemos visto realizar un gesto y hemos oído pronunciar algunas palabras. En esto está la clave para entender el significado profundo del bautismo. Ante todo, el gesto. Por tres veces el niño se sumerge enteramente o sólo con la cabeza en el agua y por tres veces ha surgido. Esto simboliza a Jesucristo que durante tres días fue sepultado bajo tierra y al tercer día resucitó. San Pablo en efecto explica así el bautismo: «¿Es que ignoráis que cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús, fuimos bautizados en su muerte? Fuimos, pues, con él sepultados por el bautismo en la muerte, a fin de que, al igual que Cristo resucitó de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva».

3. Efectos del Bautismo.

En el actuar de Dios se nota siempre una desproporción entre los medios empleados y los resultados obtenidos. Los medios son sencillísimos (en el bautismo, un poco de agua junto con alguna palabra); los resultados, grandiosos. El bautizado es una criatura nueva, ha renacido del agua y del Espíritu; ha llegado a ser hijo de Dios, miembro del cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, y templo vivo del Espíritu Santo. El Padre celestial pronuncia sobre cada niño o adulto, que sale de la fuente bautismal, las palabras que dijo sobre Jesús cuando salió de las aguas del Jordán: «Tú eres mi Hijo amado, mi predilecto o mi hija predilecta: en ti me he complacido».

4. ¿Por qué bautizar a los niños siendo pequeños? ¿Por qué no esperar a que sean mayores y decidan ellos mismos libremente? El mundo y el maligno no esperan a que vuestros hijos tengan veinte años para inocularles las semillas del mal. Por otra parte, queriendo ser coherentes, con este paso sería necesario no enseñarles a los niños ninguna lengua, no darles educación alguna, ni inculcarles principio alguno, dejando que un día decidan por sí mismo cuál adoptar. Pero, hay una razón mucho más seria que éstas. Cuando habéis procreado a vuestro hijo y le habéis dado vida, ¿quizás le habéis pedido primero su permiso? No era posible; pero, sabiendo que la vida es un don inmenso, habéis supuesto justamente que el niño un día os habría sido agradecido por ello. Acaso, ¿se le pide permiso a una persona antes de hacerle un regalo? ¿Qué regalo sería? Ahora bien, el bautismo es la vida divina que nos viene gratuitamente «donada» a nosotros. No es violar la libertad de los hijos; hacer, sí, que puedan recibir este don en el alba misma de la vida. Cierto, todo esto supone que los padres sean ellos mismos creyentes y quieran ayudar al niño a desarrollar el don de la fe. La Iglesia les reconoce a ellos una competencia decisiva en este campo. Por esto no quiere que un niño sea bautizado contra la voluntad de sus padres.

¿Qué finalidad puede haber tenido para adultos como nosotros el haber revisado los ritos de nuestro bautismo y escuchado su explicación? ¿Sólo una finalidad informativa? No, ciertamente. Ésta es la ocasión, si somos creyentes, para renovar y ratificar nuestro mismo bautismo. En el bautismo, otros han prometido por nosotros, se han hecho garantes. A la pregunta del sacerdote: «¿Qué pedís a la Iglesia de Dios?», han respondido en nombre nuestro: «La fe»; a la pregunta: «¿Renuncias a Satanás?» han respondido: «Sí, renuncio»; ala pregunta: «¿Crees?» han respondido: «Creo»; a la pregunta: «¿Quieres ser bautizado?», han respondido, siempre en nombre nuestro: «Sí, quiero». Es necesario que, una vez en la vida, nosotros decidamos por sí solos, en libertad, qué responder a todas estas preguntas. Sólo entonces nuestro bautismo viene «liberado» y puede expresar toda su fuerza. Sólo entonces viene como «descongelado» y nosotros, de cristianos nominales, llegamos a ser cristianos reales, maduros. 

06 enero 2021

06/01/2021 - Epifanía del Señor

«¿Dónde está el Rey de los judíos que acaba de nacer? Porque vimos su estrella y hemos venido a adorarlo» (Mt 2, 2).

Con estas palabras, los magos, venidos de tierras lejanas, nos dan a conocer el motivo de su larga travesía: adorar al rey recién nacido. Ver y adorar, dos acciones que se destacan en el relato evangélico: vimos una estrella y queremos adorar.

Estos hombres vieron una estrella que los puso en movimiento. El descubrimiento de algo inusual que sucedió en el cielo logró desencadenar un sinfín de acontecimientos. No era una estrella que brilló de manera exclusiva para ellos, ni tampoco tenían un ADN especial para descubrirla. Como bien supo decir un padre de la Iglesia, «los magos no se pusieron en camino porque hubieran visto la estrella, sino que vieron la estrella porque se habían puesto en camino» (cf. San Juan Crisóstomo). Tenían el corazón abierto al horizonte y lograron ver lo que el cielo les mostraba porque había en ellos una inquietud que los empujaba: estaban abiertos a una novedad.

Los magos, de este modo, expresan el retrato del hombre creyente, del hombre que tiene nostalgia de Dios; del que añora su casa, la patria celeste. Reflejan la imagen de todos los hombres que en su vida no han dejado que se les anestesie el corazón.

La santa nostalgia de Dios brota en el corazón creyente pues sabe que el Evangelio no es un acontecimiento del pasado sino del presente. La santa nostalgia de Dios nos permite tener los ojos abiertos frente a todos los intentos reductivos y empobrecedores de la vida. La santa nostalgia de Dios es la memoria creyente que se rebela frente a tantos profetas de desventura. Esa nostalgia es la que mantiene viva la esperanza de la comunidad creyente la cual, semana a semana, implora diciendo: «Ven, Señor Jesús».

Precisamente esta nostalgia fue la que empujó al anciano Simeón a ir todos los días al templo, con la certeza de saber que su vida no terminaría sin poder acunar al Salvador. Fue esta nostalgia la que empujó al hijo pródigo a salir de una actitud de derrota y buscar los brazos de su padre. Fue esta nostalgia la que el pastor sintió en su corazón cuando dejó a las noventa y nueve ovejas en busca de la que estaba perdida, y fue también la que experimentó María Magdalena la mañana del domingo para salir corriendo al sepulcro y encontrar a su Maestro resucitado. La nostalgia de Dios nos saca de nuestros encierros deterministas, esos que nos llevan a pensar que nada puede cambiar. La nostalgia de Dios es la actitud que rompe aburridos conformismos e impulsa a comprometerse por ese cambio que anhelamos y necesitamos. La nostalgia de Dios tiene su raíz en el pasado pero no se queda allí: va en busca del futuro. Al igual que los magos, el creyente «nostalgioso» busca a Dios, empujado por su fe, en los lugares más recónditos de la historia, porque sabe en su corazón que allí lo espera el Señor. Va a la periferia, a la frontera, a los sitios no evangelizados para poder encontrarse con su Señor; y lejos de hacerlo con una postura de superioridad lo hace como un mendicante que no puede ignorar los ojos de aquel para el cual la Buena Nueva es todavía un terreno a explorar.

Como actitud contrapuesta, en el palacio de Herodes ―que distaba muy pocos kilómetros de Belén―, no se habían percatado de lo que estaba sucediendo. Mientras los magos caminaban, Jerusalén dormía. Dormía de la mano de un Herodes quien lejos de estar en búsqueda también dormía. Dormía bajo la anestesia de una conciencia cauterizada. Y quedó desconcertado. Tuvo miedo. Es el desconcierto que, frente a la novedad que revoluciona la historia, se encierra en sí mismo, en sus logros, en sus saberes, en sus éxitos. El desconcierto de quien está sentado sobre la riqueza sin lograr ver más allá. Un desconcierto que brota del corazón de quién quiere controlar todo y a todos. Es el desconcierto del que está inmerso en la cultura del ganar cueste lo que cueste; en esa cultura que sólo tiene espacio para los «vencedores» y al precio que sea. Un desconcierto que nace del miedo y del temor ante lo que nos cuestiona y pone en riesgo nuestras seguridades y verdades, nuestras formas de aferrarnos al mundo y a la vida. Y Herodes tuvo miedo, y ese miedo lo condujo a buscar seguridad en el crimen: «Necas parvulos corpore, quia te necat timor in corde» (San Quodvultdeus, Sermo 2 sobre el símbolo: PL, 40, 655). Matas los niños en el cuerpo porque a ti el miedo te mata el corazón.

Queremos adorar. Los hombres de Oriente fueron a adorar, y fueron a hacerlo al lugar propio de un rey: el Palacio. Y esto es importante, allí llegaron ellos con su búsqueda, era el lugar indicado: pues es propio de un rey nacer en un palacio, y tener su corte y súbditos. Es signo de poder, de éxito, de vida lograda. Y es de esperar que el rey sea venerado, temido y adulado, sí; pero no necesariamente amado. Esos son los esquemas mundanos, los pequeños ídolos a los que le rendimos culto: el culto al poder, a la apariencia y a la superioridad. Ídolos que solo prometen tristeza, esclavitud, miedo.

Y fue precisamente ahí donde comenzó el camino más largo que tuvieron que andar esos hombres venidos de lejos. Ahí comenzó la osadía más difícil y complicada. Descubrir que lo que ellos buscaban no estaba en el palacio sino que se encontraba en otro lugar, no sólo geográfico sino existencial. Allí no veían la estrella que los conducía a descubrir un Dios que quiere ser amado, y eso sólo es posible bajo el signo de la libertad y no de la tiranía; descubrir que la mirada de este Rey desconocido ―pero deseado― no humilla, no esclaviza, no encierra. Descubrir que la mirada de Dios levanta, perdona, sana. Descubrir que Dios ha querido nacer allí donde no lo esperamos, donde quizá no lo queremos. O donde tantas veces lo negamos. Descubrir que en la mirada de Dios hay espacio para los heridos, los cansados, los maltratados, abandonados: que su fuerza y su poder se llama misericordia. Qué lejos se encuentra, para algunos, Jerusalén de Belén.

Herodes no puede adorar porque no quiso y no pudo cambiar su mirada. No quiso dejar de rendirse culto a sí mismo creyendo que todo comenzaba y terminaba con él. No pudo adorar porque buscaba que lo adorasen. Los sacerdotes tampoco pudieron adorar porque sabían mucho, conocían las profecías, pero no estaban dispuestos ni a caminar ni a cambiar.

Los magos sintieron nostalgia, no querían más de lo mismo. Estaban acostumbrados, habituados y cansados de los Herodes de su tiempo. Pero allí, en Belén, había promesa de novedad, había promesa de gratuidad. Allí estaba sucediendo algo nuevo. Los magos pudieron adorar porque se animaron a caminar y postrándose ante el pequeño, postrándose ante el pobre, postrándose ante el indefenso, postrándose ante el extraño y desconocido Niño de Belén, allí descubrieron la Gloria de Dios.

No basta saber dónde nació Jesús, como los escribas, si no alcanzamos ese dónde. No basta saber, como Herodes, que Jesús nació si no lo encontramos. Cuando su dónde se convierte en nuestro dónde, su cuándo en nuestro cuándo, su persona en nuestra vida, entonces las profecías se cumplen en nosotros. Entonces Jesús nace dentro y se convierte en Dios vivo para mí. Hoy, hermanos y hermanas, estamos invitados a imitar a los magos. Ellos no discuten, sino que caminan; no se quedan mirando, sino que entran en la casa de Jesús; no se ponen en el centro, sino que se postran ante él, que es el centro; no se empecinan en sus planes, sino que se muestran disponibles a tomar otros caminos. En sus gestos hay un contacto estrecho con el Señor, una apertura radical a él, una implicación total con él. Con él utilizan el lenguaje del amor, la misma lengua que Jesús ya habla, siendo todavía un infante. De hecho, los magos van al Señor no para recibir, sino para dar. Preguntémonos: ¿Hemos llevado algún presente a Jesús para su fiesta en Navidad, o nos hemos intercambiado regalos solo entre nosotros?

Si hemos ido al Señor con las manos vacías, hoy lo podemos remediar. El evangelio nos muestra, por así decirlo, una pequeña lista de regalos: oro, incienso y mirra. El oro, considerado el elemento más precioso, nos recuerda que a Dios hay que darle siempre el primer lugar. Se le adora. Pero para hacerlo es necesario que nosotros mismos cedamos el primer puesto, no considerándonos autosuficientes sino necesitados. Luego está el incienso, que simboliza la relación con el Señor, la oración, que como un perfume sube hasta Dios (cf. Sal 141,2). Pero, así como el incienso necesita quemarse para perfumar, la oración necesita también “quemar” un poco de tiempo, gastarlo para el Señor. Y hacerlo de verdad, no solo con palabras. A propósito de hechos, ahí está la mirra, el ungüento que se usará para envolver con amor el cuerpo de Jesús bajado de la cruz (cf. Jn 19,39). El Señor agradece que nos hagamos cargo de los cuerpos probados por el sufrimiento, de su carne más débil, del que se ha quedado atrás, de quien solo puede recibir sin dar nada material a cambio. La gratuidad, la misericordia hacia el que no puede restituir es preciosa a los ojos de Dios. La gratuidad es preciosa a los ojos de Dios. En este tiempo de Navidad que llega a su fin, no perdamos la ocasión de hacer un hermoso regalo a nuestro Rey, que vino por nosotros, no sobre los fastuosos escenarios del mundo, sino sobre la luminosa pobreza de Belén. Si lo hacemos así, su luz brillará sobre nosotros.

01 enero 2021

01/01/2021 - Año Nuevo

«Todos los que lo oían se admiraban de lo que les habían dicho los pastores» (Lc 2,18). Admirarnos: a esto estamos llamados hoy, al final de la octava de Navidad, con la mirada puesta aún en el Niño que nos ha nacido, pobre de todo y rico de amor. Admiración: es la actitud que hemos de tener al comienzo del año, porque la vida es un don que siempre nos ofrece la posibilidad de empezar de nuevo, incluso en las peores situaciones.

Pero hoy es también un día para admirarse delante de la Madre de Dios: Dios es un niño pequeño en brazos de una mujer, que nutre a su Creador. La imagen que tenemos delante nos muestra a la Madre y al Niño tan unidos que parecen una sola cosa. Es el misterio de este día, que produce una admiración infinita: Dios se ha unido a la humanidad, para siempre. Dios y el hombre siempre juntos, esta es la buena noticia al inicio del año: Dios no es un señor distante que vive solitario en los cielos, sino el Amor encarnado, nacido como nosotros de una madre para ser hermano de cada uno, para estar cerca: el Dios de la cercanía. Está en el regazo de su madre, que es también nuestra madre, y desde allí derrama una ternura nueva sobre la humanidad. Y nosotros entendemos mejor el amor divino, que es paterno y materno, como el de una madre que nunca deja de creer en los hijos y jamás los abandona. El Dios-con-nosotros nos ama independientemente de nuestros errores, de nuestros pecados, de cómo hagamos funcionar el mundo. Dios cree en la humanidad, donde resalta, primera e inigualable, su Madre.

Al comienzo del año, pidámosle a ella la gracia del asombro ante el Dios de las sorpresas. Renovemos el asombro de los orígenes, cuando nació en nosotros la fe. La Madre de Dios nos ayuda: Madre que ha engendrado al Señor, nos engendra a nosotros para el Señor. Es madre y regenera en los hijos el asombro de la fe, porque la fe es un encuentro, no es una religión. La vida sin asombro se vuelve gris, rutinaria; lo mismo sucede con la fe. Y también la Iglesia necesita renovar el asombro de ser morada del Dios vivo, Esposa del Señor, Madre que engendra hijos. De lo contrario, corre el riesgo de parecerse a un hermoso museo del pasado. La “Iglesia museo”. La Virgen, en cambio, lleva a la Iglesia la atmósfera de casa, de una casa habitada por el Dios de la novedad. Acojamos con asombro el misterio de la Madre de Dios, como los habitantes de Éfeso en el tiempo del Concilio. Como ellos, la aclamamos «Santa Madre de Dios». Dejémonos mirar, dejémonos abrazar, dejémonos tomar de la mano por ella.

Dejémonos mirar. Especialmente en el momento de la necesidad, cuando nos encontramos atrapados por los nudos más intrincados de la vida, hacemos bien en mirar a la Virgen, a la Madre. Pero es hermoso ante todo dejarnos mirar por la Virgen. Cuando ella nos mira, no ve pecadores, sino hijos. Se dice que los ojos son el espejo del alma, los ojos de la llena de gracia reflejan la belleza de Dios, reflejan el cielo sobre nosotros. Jesús ha dicho que el ojo es «la lámpara del cuerpo» (Mt 6,22): los ojos de la Virgen saben iluminar toda oscuridad, vuelven a encender la esperanza en todas partes. Su mirada dirigida hacia nosotros nos dice: “Queridos hijos, ánimo; estoy yo, vuestra madre”.

Esta mirada materna, que infunde confianza, ayuda a crecer en la fe. La fe es un vínculo con Dios que involucra a toda la persona, y que para ser custodiado necesita de la Madre de Dios. Su mirada materna nos ayuda a sabernos hijos amados en el pueblo creyente de Dios y a amarnos entre nosotros, más allá de los límites y de las orientaciones de cada uno. La Virgen nos arraiga en la Iglesia, donde la unidad cuenta más que la diversidad, y nos exhorta a cuidar los unos de los otros. La mirada de María recuerda que para la fe es esencial la ternura, que combate la tibieza. Ternura: la Iglesia de la ternura. Ternura, palabra que muchos quieren hoy borrar del diccionario. Cuando en la fe hay espacio para la Madre de Dios, nunca se pierde el centro: el Señor, porque María jamás se señala a sí misma, sino a Jesús; y a los hermanos, porque María es Madre.

Mirada de la Madre, mirada de las madres. Un mundo que mira al futuro sin mirada materna es miope. Podrá aumentar los beneficios, pero ya no sabrá ver a los hombres como hijos. Tendrá ganancias, pero no serán para todos. Viviremos en la misma casa, pero no como hermanos. La familia humana se fundamenta en las madres. Un mundo en el que la ternura materna ha sido relegada a un mero sentimiento podrá ser rico de cosas, pero no rico de futuro. Madre de Dios, enséñanos tu mirada sobre la vida y vuelve tu mirada sobre nosotros, sobre nuestras miserias. Vuelve a nosotros tus ojos misericordiosos.

Dejémonos abrazar. Después de la mirada, entra en juego el corazón, en el que, dice el Evangelio de hoy, «María conservaba todas estas cosas, meditándolas» (Lc 2,19). Es decir, la Virgen guardaba todo en el corazón, abrazaba todo, hechos favorables y contrarios. Y todo lo meditaba, es decir, lo llevaba a Dios. Este es su secreto. Del mismo modo se preocupa por la vida de cada uno de nosotros: desea abrazar todas nuestras situaciones y presentarlas a Dios.

En la vida fragmentada de hoy, donde corremos el riesgo de perder el hilo, el abrazo de la Madre es esencial. Hay mucha dispersión y soledad a nuestro alrededor, el mundo está totalmente conectado, pero parece cada vez más desunido. Necesitamos confiarnos a la Madre. En la Escritura, ella abraza numerosas situaciones concretas y está presente allí donde se necesita: acude a la casa de su prima Isabel, ayuda a los esposos de Caná, anima a los discípulos en el Cenáculo… María es el remedio a la soledad y a la disgregación. Es la Madre de la consolación, que consuela porque permanece con quien está solo. Ella sabe que para consolar no bastan las palabras, se necesita la presencia; allí está presente como madre. Permitámosle abrazar nuestra vida. En la Salve Regina la llamamos “vida nuestra”: parece exagerado, porque Cristo es la vida (cf. Jn 14,6), pero María está tan unida a él y tan cerca de nosotros que no hay nada mejor que poner la vida en sus manos y reconocerla como “vida, dulzura y esperanza nuestra”.

Entonces, en el camino de la vida, dejémonos tomar de la mano. Las madres toman de la mano a los hijos y los introducen en la vida con amor. Pero cuántos hijos hoy van por su propia cuenta, pierden el rumbo, se creen fuertes y se extravían, se creen libres y se vuelven esclavos. Cuántos, olvidando el afecto materno, viven enfadados consigo mismos e indiferentes a todo. Cuántos, lamentablemente, reaccionan a todo y a todos, con veneno y maldad. La vida es así. En ocasiones, mostrarse malvados parece incluso signo de fortaleza. Pero es solo debilidad. Necesitamos aprender de las madres que el heroísmo está en darse, la fortaleza en ser misericordiosos, la sabiduría en la mansedumbre.

Dios no prescindió de la Madre: con mayor razón la necesitamos nosotros. Jesús mismo nos la ha dado, no en un momento cualquiera, sino en la cruz: «Ahí tienes a tu madre» (Jn 19,27) dijo al discípulo, a cada discípulo. La Virgen no es algo opcional: debe acogerse en la vida. Es la Reina de la paz, que vence el mal y guía por el camino del bien, que trae la unidad entre los hijos, que educa a la compasión.

Tómanos de la mano, María. Aferrados a ti superaremos los recodos más estrechos de la historia. Llévanos de la mano para redescubrir los lazos que nos unen. Reúnenos juntos bajo tu manto, en la ternura del amor verdadero, donde se reconstituye la familia humana: “Bajo tu protección nos acogemos, Santa Madre de Dios”. Digámoslo todos juntos a la Virgen: “Bajo tu protección nos acogemos, Santa Madre de Dios”.