25 mayo 2020

Séptimo Domingo de Pascua, Ascensión del Señor

Hoy la Iglesia celebra la fiesta de la Ascensión de Jesús al cielo. En la primera lectura, oímos a un ángel que le dice a los discípulos: “Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?

Es ocasión apropiada para preguntarnos, ¿qué entendemos por cielo?

-El Cielo se identifica con la morada de Dios. “Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres”. A diferencia de Dios, que está en el cielo. El hombre está en la tierra, después de la muerte, baja bajo tierra en el reino de la muerte. Con Jesús, que resucita de entre los muertos y sube al cielo, esta separación está rota. Con Él el primer hombre ha subido al cielo y con Él le ha sido dada una esperanza y una garantía de subir al cielo toda la humanidad.

-El cielo es un espacio dentro del que se mueve nuestro planeta y el sistema solar, nada más. Esta es una visión puramente científica.

-Debemos esclarecer que entendemos nosotros cuando decimos: “Padre nuestro que estás en el cielo” o cuando decimos que “alguno ha ido al cielo”. Que Dios esté en el cielo significa que habita en una luz inaccesible, que dicta de nosotros cuando el cielo está sobre la tierra. Que es infinitamente distinto a nosotros.

-El cielo es más un estado que un lugar. Dios está fuera del espacio, del tiempo y así es su paraíso. Cuando se habla de Él, no tiene sentido alguno decir que está sobre, arriba o abajo. Pero con ello no afirmamos que Dios no exista o que el paraíso no exista, solo constatamos que nos faltan categorías para explicarlo.

Cojamos a una persona ciega y pidámosle que describa que son los colores. No podría decir absolutamente nada, ni nadie estará a disposición de explicárselo porque los colores se perciben con el ojo. Así nos sucede a nosotros con relación con el más allá que están fuera del tiempo y del espacio. Esto no afecta solo a las cosas de Dios, el científico se encuentra en la misma postura, sólo que no reflexiona.

A la luz de lo que hemos dicho, ¿qué significa proclamar que Jesús ha ascendido a los cielos? La respuesta la encontramos en el credo. “Subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios Padre todopoderoso”, esto es, que también como hombre Él ha entrado en el mundo de Dios, que ha sido constituido Señor y cabeza de todas las cosas.

Las palabras del ángel contienen por tanto una advertencia, no es necesario estar mirando arriba al cielo, para descubrir dónde podrá estar Cristo, sino más bien vivir en la espera de su retorno, proseguir su misión, llevar su evangelio y mejorar la vida en la tierra. Él ha ido al cielo pero sin dejar la tierra. Sólo ha salido de nuestro campo visual: “Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”.

¿Qué significa ir al cielo?, significa ir a estar con Cristo, Flp 1.

El cielo entendido como lugar de reposo, como premio eterno para los buenos se forma en el momento que Cristo resucita y sube al cielo. Nuestro verdadero cielo es Cristo resucitado. Jesús no ha ascendido a un cielo ya existente que le esperaba sino que ha ido a formar o crear el cielo para nosotros.

Alguno se pregunta, ¿qué haremos en el cielo con Cristo toda la eternidad?, ¿no nos aburriremos?

Respondo: Quizás. Pregunta: ¿nos aburrimos por estar bien y tener óptima salud? Cuando nos acontece vivir un momento de alegría, ¿no nace en nosotros el deseo de que dure para siempre?

Aquí en la tierra no duran para siempre, porque no hay un objeto al que se pueda satisfacer infinitamente. Con Dios es distinto.

Se cierra el círculo con una promesa
Parece que el final del texto del evangelio de hoy y el de la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles nos sitúan en una escena parecida. Los discípulos están viviendo los últimos momentos junto al Maestro, ya resucitado y recibiendo sus últimas promesas y enseñanzas.

Según Mateo, han regresado a su Galilea natal y allí, donde el Resucitado, por medio de las mujeres, les mandó que regresaran, se vuelven a topar con él. Jesús se reencuentra con los suyos en lo cotidiano, en un lugar cercano a aquel donde lo encontraron por primera vez, donde “primerearon”, como diría Francisco, donde escucharon por primera vez su voz y su llamada.

Jesús ha querido que regresen a ese contexto para volver a verlos y hacerse presente en sus vidas aparentemente normales: aunque ya no son normales, no pueden serlo porque Él ha pasado por ellas y las ha transformado. Algo así nos sucede a nosotros ahora.

Nuestras vidas ya no pueden ser como eran, después de haber vivido estas situaciones tan extrañas y, sin embargo, esta Pascua hemos sido invitados a seguir reconociendo al Resucitado y sus signos en nuestra “cotidianeidad extraña”, casi convulsa; a descubrirlo en los pequeños gestos de vida que han ocurrido a nuestro alrededor en estos días confinados, a seguir encontrándolo donde él quiere estar, entre la gente sencilla, en la vida “normal”, entre quienes trabajan y se entregan para que salgamos adelante y entre quienes más están sufriendo los embates de esta nueva crisis que, como todas, daña más a quien es más débil.

En el texto de Hechos se nos dice que cuando Jesús se aparece vuelven a estar comiendo. De nuevo en el banquete, en la comida fraterna se manifiesta, como tantas veces hizo durante su vida. Nos llama la atención que los discípulos parece que no se han enterado de nada, pero, en el fondo actúan como nosotros mismos, queriendo comprender, deseando que las cosas vuelvan a ser como las habían imaginado: «Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino a Israel?». Y Cristo, que ya es otro tras su resurrección se preguntará si era posible que después de todo ese tiempo no se hubieran enterado de nada…

Aún así, les promete: «recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y “hasta el confín de la tierra”».

En ese reencuentro, según nos lo cuenta Mateo, que suena a despedida, Cristo les deja un mensaje que es doble. Les hace, y por tanto, nos hace, una invitación, a contar lo que han/hemos visto y oído y a vivir lo que les/nos ha enseñado y les/nos entrega una promesa: no les/nos abandona. Ese es su legado, porque al fin y al cabo, este mensaje, el último del evangelio, es en resumen el testamento de Jesús: ser sus testigos, vivir como le hemos visto hacer a Él y, siempre, sintiéndolo a nuestro lado, que es donde promete quedarse.

El anuncio del que está por venir
Pablo pide para los de Éfeso un don: «El Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo, e ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis…». Espíritu de sabiduría y revelación, iluminación, para comprender. En el fondo, una suerte de concentración, de estar donde estamos para saber y poder hallarlo en nuestro alrededor. Una vuelta, otra vez, a la cotidianeidad para poder descubrir allí: «cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder en favor de nosotros, los creyentes». Será el Espíritu, ese a quien celebraremos la semana que viene, pero que está entre nosotros desde el inicio, quien nos enseñe y nos muestre la Vida en su plenitud.

La Pascua llega a su fin y la promesa del Espíritu se va haciendo más visible y más necesaria. La presencia de Jesús hasta el final de los tiempos, una vez lo vemos alejarse entre las nubes, es en la forma en la que el Espíritu hace las cosas: sin atosigamientos, sin manifestaciones escandalosas, sin imposiciones. Como una brisa suave, que intuyó Elías. La forma de comprender su presencia en nuestras vidas sigue siendo mirando y escudriñando bien a nuestro alrededor para ver dónde despunta, dónde se deja ver sin grandes aspavientos. Y es, como deja claro Pablo un don, así que, pidámoslo sin descanso.

¿No es suficiente para celebrar, cada día, una gran fiesta?

17 mayo 2020

Sexto Domingo de Pascua

1.- Los discípulos de Jesús se sienten apesadumbrados por la inminente partida del Maestro, el futuro se presenta sombrío pues su voz y su presencia dejarán de ser visibles y audibles. ¿Cómo afrontar la vida de la comunidad sin Él? ¿El proyecto del Reino quedará frustrado por su ausencia? ¿Se cumplirá la profecía de que las ovejas se dispersarán cuando se hiera al pastor? Estos sentimientos, sin lugar a duda comprensibles, son apaciguados por el anuncio del envío de otro defensor, del Paráclito que les enseñará la verdad y por medio del cual Jesús cumplirá su promesa de no dejarlos solos.

En Samaría muchos han acogido el mensaje cristiano. Dos Apóstoles vienen de Jerusalén para confirmarles en la fe y no tardan en darse cuenta de una cosa: las personas han sido regularmente bautizadas; pero no muestran ninguno de los signos que solían acompañar a la venido del Espíritu Santo: alegría, entusiasmo, hechos prodigiosos... Entonces los Apóstoles realizaron un gesto que pronunciaban nuestro actual sacramento de la confirmación: “les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo”

En el Evangelio, Jesús hablo a los discípulos del Espíritu con el término característico del Paráclito: “yo le pediré al Padre que os de otro defensor, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad”.

Paráclito es un término griego que significa: o bien consolador o bien defensor o bien ambas cosas a la vez.

La Iglesia después de la Pascua ha hecho una experiencia viva y fuerte del Espíritu como consolador, defensor y aliado en las dificultades externas e internas, en las persecuciones, en los procesos y en la vida de cada día.

Paráclito, puede significar: defensor y consolador. En los primeros siglos, cuando la iglesia estaba siendo perseguida, se ve en el Paráclito sobre todo el abogado y el defensor divino contra los acusadores humanos. Él se ha ejercitado como el que asiste a los mártires y ante los jueces en los tribunales; el que pone en la boca la palabra que nadie está a disposición de contradecir.
Después de las persecuciones significará consuelo en las tribulaciones y en las angustias de la vida.

Debemos sacar en nuestra contemplación del Paráclito una consecuencia práctica y operativa. No basta sólo conocer el término, ¡es necesario que nosotros lleguemos a ser paráclitos.!
Si es verdad que el cristiano debe ser un alter Chritus u otro Cristo, es asimismo verdadero que debe ser otro Paráclito. Este es un título para imitar y para vivir, no sólo para comprender.

Mediante el Espíritu Santo que ha sido derramado en nuestros corazones (Rom 5,5), bien sea el amor con que somos amados por Dios, o bien sea el amor por el que somos hemos capaces, de amar a Dios y al prójimo. Aplicada a la consolación la palabra del Apóstol viene a decirnos una cosa importantísima: que el Paráclito no se limita a darnos algo de consuelo, como un deleite, sino que nos enseña el arte de consolar. No sólo nos consuela sino que también por nuestra parte nos hace capaces de consolar.

Pero, ¿Cómo consolar? Aquí esta lo importante. Con la consolación misma con que él ha sdio consolado por Dios; con un consuelo divino, no humano. No contentándose con repetir inútiles palabras de circunstancias, que pronto abandonan el terreno que encuentran (¡ánimo, no te desanimes; verás que todo se resolverá según lo mejor!), sino “para que con la paciencia y el consuelo que dan las Escrituras mantengamos la esperanza” (Rom 15, 4). Así se explican los milagros que una sencilla palabra o un gesto, puesto en un clima de oración, son capaces de realizar junto a la cabecera de un enfermo con la fe en la presencia del Espíritu. Es Dios el que está consolando a través de tí.

El Espíritu Santo tiene la necesidad de nosotros para ser Paráclito. Él quiere consolar, defender, exhortar; pero no tiene boca, ni manos,ni ojos, para “dar cuerpo” a su consuelo. O mejor tiene nuestras manos, nuestros ojos y nuestra boca. Como el alma actúa, se mueve, sonríe, a través de los miembros de nuestro cuerpo, así es el Espíritu Santo actúa con los miembros de “su” cuerpo, que es la Iglesia.


2.- Jesús, hoy como ayer, vive y está en la comunidad a través de su Espíritu:

Como aliento para la esperanza…
Como la luz que disipa nuestras dudas y nos aclara el camino que estamos llamados a recorrer para llevar a buen término la misión que se nos ha encomendado...
Como fuerza que nos levanta en los momentos de dificultad o cuando las adversidades de la vida hacen que flaquee nuestra ilusión y se desmoronen nuestras utopías…
Como aire que nos mueve a un mayor compromiso con la causa del Reino, a optar sin miedo por los valores del Evangelio, aunque éstos sean entendidos como una fuerza contracultural…
Como fuego que nos hace arder de un entusiasmo renovado por hacer presente, a tiempo y a destiempo, el modelo de humanidad y de sociedad del Evangelio…
Como lazo de amor que nos hace salir de nuestro propio amor, querer e interés para construir un “nosotros”, una comunidad que sea signo de que hoy es posible ser y estar en el mundo viviendo relaciones de igualdad, fraternidad, comensalía, solidaridad y libertad…

La lista de características de la nueva presencia de Jesús a través de su Espíritu seguro que es más amplia y cada uno de vosotros, desde vuestra propia experiencia de encuentro y relación con Él, podrá agregar unas cuantas. Una llamada final para los navegantes de la historia: es importante, como vía segura para percibir, vibrar y dejarnos tocar por esta nueva presencia de Jesús, abrir la mirada y la mente; no permitir que se encasille el Espíritu y dejarlo fluir con sus nuevos lenguajes y sus nuevas expresiones de manera que, a diferencia del “mundo”, que no lo vio y no lo conoció, podamos ser testigos de aquél que no nos dejó huérfanos y sigue siendo la razón de nuestra vida.


3.- “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos”

El amor auténtico no es solo efectivo, compuesto sólo de sentimientos, sino efectivo, hecho a base de actos generosos.

Cuando amamos verdaderamente a una persona, deseamos su bien y hacer lo que ella desea. De otro modo, el amor no es verdadero, sino unicamente una búsqueda de satisfacción sentimental. El amor es una realidad mucho mas profunda que una simple satisfacción sentimental: es la entrega de nosotros mismos al otro, y esto se lleva a cabo con actos que corresponden a los deseos de la persona amada. Si amamos a Jesús debemos desear complacerle, honrarle con nuestra vida, observando sus mandamientos.

Reflexiona ¿Cómo es tu amor?


4.- Pedro invita a los creyentes a que estén dispuestos a responder a todo el que les pida razón de la esperanza que habita en ellos. Vemos aquí que la actitud y el comportamiento de los cristianos revelaba una gran esperanza.

La gente quería saber la razón de tal esperanza, de la alegría que sentían incluso cuando les perseguían. Nosotros debemos difundir esperanza a nuestro al rededor.

¿Cuáles son las razones de tu fe? ¿las explicas con paciencia? ¿Contagias esperanza?


16 mayo 2020

Volvemos a celebrar juntos

Video:

En un rato comienza la primera misa comunitaria tras el decreto del estado de alarma. Lo tenemos todo preparado ¡Volvemos a celebrar juntos!

Publicada por Parroquia N. S. de Consolación en Sábado, 16 de mayo de 2020

10 mayo 2020

Quinto Domingo de Pascua

1. “Nos hiciste, Señor, para tí, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Tí” San Agustín. Esta es nuestra continua aspiración en la vida.

Lo primero que podemos admirar en el Evangelio es la delicadeza de Jesús.

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* “No estéis turbados. Creed en Dios y creed en mi”. Se preocupa de que no se turbe el corazón de los discípulos. La Pasión estaba cerca. Jesús sabe que este acontecimiento será causa de gran desconcierto para los discípulos y se preocupa de ellos.

* “Voy a prepararos sitio en la casa del Padre...” Muestra delicadeza en el modo de hablar del misterio Pascual. Se trata de un misterio trágico, pero el lo presenta con imágenes familiares y sencillas.

* ¿Cómo se prepara el sitio? Mediante su sufrimiento, su pasión y su resurrección.

El sitio que Jesús nos prepara está en su cuerpo martirizado y después resucitado. Ahora todos somos miembros de su cuerpo, porque nos ha preparado un sitio en Él. Podemos decir que el sitio que nos ha preparado está en su corazón. Él no permitió que su corazón fuera traspasado para que, en cierto sentido, pudiéramos entrar en Él, para darnos este corazón suyo.

* Delicadeza y generosidad, para la preparación del sitio, a través de una acción que ha sido muy costosa. Pero es una acción realizada con un inmenso amor: “los amó hasta el extremo”


2. Jesús se presenta como el camino para llegar al Padre, Jesús es todo para nosotros, es el camino, es el sitio adonde vamos. Debemos seguirle como se sigue un camino; debemos imitarle. Y le imitamos si vivimos su amor, porque Jesús es camino por el hecho de que nos amó hasta el extremo. Reconociendo a Jesús como el camino ¿habrá quien no encuentre la ruta hasta el Padre?. Sabiendo que Jesús es Verdad, ¿habrá quien la busque en otro lugar?. Teniéndolo como Vida, ¿habrá quien deje a la muerte la última palabra?

* Jesús es un camino de amor generoso. Este tipo de amor no es fácil de realizar. El amor nos atrae, pero el amor generoso nos da miedo, porque es costoso.

* Si queremos contemplar al Padre, debemos contemplar a Jesús, escucharle y después seguirle. Así conocemos mejor a Dios, y así se nos ha revelado Dios en sus gloria, que es una gloria de amor. El misterio Pascual y el rostro de Jesús nos han revelado la grandeza y la bondad de Dios.

* “Quien cree en mí, hará las obras que yo hago, e incluso mayores, porque yo me voy al Padre” la obra de la Iglesia es obra del mismo Jesús, del Jesús resucitado. Nosotros estamos llamados a realizar la obra de Dios, de una manera mas modesta, pero real, en nuestra vida. Cada cristiano tiene la vocación de realizar la obra de Cristo, en unión con él por medio de la oración y del amor.

En nuestra vida debemos transformar poco a poco el mundo según el designio del Padre, gracias a nuestra oración y a nuestra unión con Jesús en el amor generoso.

3. “El es la piedra viva, desechada por los hombres, escogida y estimada por Dios, por eso, acercándoos a él, también vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción de un templo espiritual y formáis un sacerdocio santo, que ofrece sacrificios espirituales, aceptables a Dios por medio de Jesucristo”. Tenemos aquí en la segunda lectura una presentación espléndida de la vida cristiana.

* Cristo es la piedra Viva, es el fundamento de todo el edificio.

* El que cree en Cristo se transforma en piedra viva, para la construcción de un templo espiritual, animado por el Espíritu Santo.

* En esto consiste nuestra vocación en ofrecer sacrificios espirituales, actividades normales de nuestra vida, que se transforman gracias a la unión con Cristo muerto y resucitado.

* En la primera lectura leemos que las circunstancias difíciles contribuyeron al progreso de la construcción. En la iglesia primitiva había judíos de lengua hebrea y otros judios de lengua griega. Existía rivalidad entre ellos. Nos cuenta la lectura como unos se quejan de los otros. El descontento era porque según los de lengua griega sus viudas no eran atendidas en el reparto diario. Frente a esta situación, los Doce convocan al grupo de los discípulos y distribuyen el trabajo apostólico. En nuestra iglesia actual también hay problemas, ¿Cuáles? Demos hacer un reparto de tareas para atenderlo todo: lo espiritual y lo material. Todos debemos contribuir en la construcción de la Iglesia. De modo que la paz y la alegría de Cristo resucitado llenen nuestros corazones.

09 mayo 2020

Vuelta a las celebraciones comunitarias

03 mayo 2020

Cuarto Domingo de Pascua

Celebramos el cuarto Domingo de Pascua, mientras el mundo entero se va replegando de distintas formas ante la realidad de un virus que nos ha descolocado por completo a todos los niveles: sociales, sanitarios, laborales, familiares y personales, y también de fe. Apenas vamos siendo capaces de articular palabra ante una experiencia que no alcanzamos a comprender del todo. Llegan a nuestros oídos cifras de muertos e informaciones siempre incompletas, mientras en muchos hogares se llora con dolor la pérdida de seres queridos.

Es Pascua. El Señor Resucitado nos visita en este Domingo del Buen Pastor. Él nos recuerda que no estamos abandonados ni caminamos errantes: tenemos un pastor que nos conoce, para el que somos importantes, que se sabe nuestros nombres y al que le importa profundamente todo lo nuestro. Tampoco somos ovejas descarriadas, condenadas a vivir confinadas o en solitario: pertenecemos a un rebaño, al grupo de aquellos que “quieren seguir las huellas” del Pastor.

“Jesús vive y te quiere vivo”: con este lema (comienzo de la Exhortación del Papa Francisco a los jóvenes) celebramos, también hoy, la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones y el día de las Vocaciones Nativas. ¡Buen y esperanzador mensaje para estos momentos difíciles!

https://www.facebook.com/parroquiade.elcoronil/videos/2598231760432196/¿Qué tenemos que hacer?
Es la pregunta que también nosotros nos hacemos en estos momentos de incertidumbre e inseguridad, cuando nos sentimos especialmente frágiles. Ahora que no hay respuestas para ninguna de nuestras cuestiones, al menos de forma inmediata. Se nos invita a convivir con interrogantes y dudas, a asumir que no lo podemos saber ni controlar todo. A adentrarnos en el silencio, puerta del Misterio, que acoge, acepta, contempla y deja a Dios seguir trabajando. A Pedro le preguntaban desde el descontento y la culpabilidad (“vosotros le crucificasteis”) y el fracaso de experiencias religiosas frustrantes. El apóstol no tiene una receta mágica. Sólo invita al cambio de vida y a la acogida de un Dios que se vive, no que se conoce intelectualmente (“convertíos y bautizaos”). ¿No seguirá siendo actual la invitación en esta realidad presente? Cuando todo nos empuja a dar un giro a nuestros hábitos diarios y a buscar lo más auténtico y real de la vida humana…

Sus heridas nos han curado
La muerte, la enfermedad y el dolor nos han visitado, nos han herido y aún sangran en muchas de nuestras familias. La herida desconcierta y urge a defenderse de ella. ¡Es una pelea frustrante! Y solemos perder en el intento. Vivir con heridas es propio de lo humano. En la Pascua se nos permite ver a un Resucitado con heridas aún calientes, que no lucha contra ellas, sino que las muestra victorioso, como la marca de su triunfo, la señal de una vida fuerte e inmortal. A nuestras heridas, que tenemos el derecho a llorarlas, les quiere hablar un Dios herido. Él nos entiende, nos escucha, nos puede abrazar con autoridad en nuestro dolor. ¿Cuáles son tus heridas y cómo Cristo puede hablarles?

Habéis vuelto al pastor y guardián de vuestras vidas
Muchos, en este deseo de cambiar de hábitos y de estilos de comportamiento, se plantean volver. ¿A dónde? A lo real, a lo que es humano y humaniza, a lo que toca el encuentro, lo profundo, lo auténtico. Volver al espacio en el que ya estuvimos porque fuimos engendrados. En ese regreso, la experiencia de fe, que toca con lo más sagrado de la persona, tiene mucho que aportar. Volver es el verbo de la conversión, de la experiencia esencial cristiana. Volver a Cristo es urgencia para nosotros, creyentes, en todo tiempo. Y acompañar a los que quieren volver parece una misión de auténtica evangelización en este momento. ¿Cómo, a quién podemos acompañar hacia Cristo en estas circunstancias?

Hay una puerta
Los pastores que trashumaban con los rebaños buscaban, para pasar la noche y recogerlos, espacios naturales más o menos protegidos. Sin puerta física que sirviera de protección, el pastor a quien le tocaba velar por la noche, se acurrucaba en la entrada, vigilando y defendiendo frente a las fieras. ¡Él era la puerta! No era entonces un instrumento de paso, sino de defensa. Frente al ladrón que solo quiere hacer daño o los rapaces que buscan su alimento… ¿Quién nos defiende ahora? El Resucitado vigila y cuida de los suyos. No estamos a merced de la incertidumbre y la inseguridad. Él tiene en sus manos nuestro destino, y eso es consolador… ¡Cristo no es puerta que cierra, limita o separa, sino guarda que protege, cuida y prepara para un futuro mejor!

Tenemos un pastor
Estamos cuidados. No vivimos desamparados o a merced de repentinos brotes (o rebrotes) víricos. Sentir esa sensación desde lo profundo nos fortalece y empuja a vivir con sentido todo lo que nos pasa. El pastor conoce a las ovejas y ellas se sienten seguras ante su voz; las saca, camina delante de ellas, las llama, le siguen… ¡Qué sensación de acompañamiento y de seguridad! Estamos cuidados, protegidos. O lo que es lo mismo: en medio de este caos somos conocidos, somos amados. ¿Lo experimentamos así? ¿Damos a conocer que éste es el núcleo de nuestra fe?

Jesús vive y te quiere vivo
En estas semanas estamos reconociendo a los “nuevos héroes”: los que realizan a conciencia su trabajo, incluso jugándose la salud en él. ¡Lo hacen por vocación, nos dicen ellos! Porque se han sentido llamados y han encontrado su sitio en un servicio que viven con pasión. Estos “héroes” de ahora viven en plenitud y contagian vida… En este Domingo oramos para que, como ellos, muchos encuentren su vocación en el servicio. A cualquier estado de vida, pero desde Cristo Servidor. Pedimos que ellos, los jóvenes y todos, no nos quedemos a medias en la vida. Pedimos que se despierte en nosotros, como nos invita el Papa Francisco, ánimo frente a la fatiga; gratitud porque no estamos solos y alabanza porque el Señor calma nuestras tempestades.

26 abril 2020

Homilía Tercer Domingo de Pascua

1.- Durante los días de confinamiento domiciliario, en un programa de radio hicieron una pregunta a los oyentes: “Cuando esto termine, ¿qué es lo que harás?” Las respuestas fueron muy variadas: la mayoría querían recuperar cuanto antes el ritmo de vida normal, tener reencuentros con familiares y amigos, comidas o cenas y fiestas… Varias personas manifestaban su preocupación por la situación laboral y económica en la que esta crisis les ha dejado, que había sido para ellos una ruptura total. Y alguna respuesta señalaba que no sabía todavía qué haría, porque esta situación había supuesto un antes y un después y les estaba haciendo replantearse algunos aspectos y prioridades de su vida.

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2.- Este año, la Cuaresma, la Semana Santa y la Pascua han sido muy diferentes respecto a cómo estábamos acostumbrados a celebrarlas. Y nos podemos sentir como los discípulos de Emaús. Para ellos, como para los demás discípulos, la Pasión y Muerte de Jesús ha supuesto una ruptura con sus proyectos: “Nosotros esperábamos que Él fuera el futuro liberador de Israel, y ya ves…” Después del “fracaso” de Jesús, ahora deben volver con tristeza a su aldea para tratar de recuperar su vida anterior.

En nosotros, aunque seamos creyentes, pueden darse sentimientos parecidos, como el Papa Francisco lo describió en su oración del pasado 27 de marzo, refiriéndose a otro pasaje del Evangelio: “Desde hace algunas semanas parece que todo se ha oscurecido. Densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades; se fueron adueñando de nuestras vidas llenando todo de un silencio que ensordece y un vacío desolador que paraliza todo a su paso: se palpita en el aire, se siente en los gestos, lo dicen las miradas. Nos encontramos asustados y perdidos”.

Aunque “sepamos” que es Pascua y que estamos celebrando la Resurrección del Señor, quizá nos falta “sentirla”, como les ocurría a esos dos discípulos: algunas mujeres… vinieron diciendo que habían visto una aparición de ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron también al sepulcro… pero a él no lo vieron. Ellos, como nosotros, han oído hablar de que Jesús está vivo pero, tanto para ellos como para nosotros, las circunstancias que viven hacen que resulte difícil creerlo.

Pero como estamos celebrando, Cristo sí Ha Resucitado y hoy, como entonces, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo. Si no hubiera Resucitado, la Pasión y Muerte de Jesús hubieran sido una ruptura, un fracaso, un punto final. Es la Resurrección la que transforma la Pasión y Muerte de Jesús no en un fracaso sino en un antes y un después para los discípulos, los de antes y los de ahora. Y esto lo cambia todo, porque si hay un “después”, es posible la esperanza, incluso en estos tiempos difíciles.

Celebrar la Pascua es una oportunidad para vivir la Eucaristía de un modo más consciente, aunque sea en comunión espiritual, para que también “se nos abran los ojos y reconozcamos a Jesús”. Es una oportunidad para profundizar en las Escrituras y que “arda nuestro corazón”.

Y si hemos reconocido al Señor Resucitado, es también el momento de “levantarnos”, de dejar la postración “de antes” e iniciar ese “después” que marca su Resurrección. Como dijo el Papa Francisco: “Nos llamas a tomar este tiempo de prueba como un momento de elección (…) el tiempo para elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo que es necesario de lo que no lo es. Es el tiempo de restablecer el rumbo de la vida hacia ti, Señor, y hacia los demás”.

3.- ¿La crisis del coronavirus ha supuesto para mí una ruptura, o un antes y un después? ¿Cómo voy a orientar mi vida a partir de ahora? ¿Esta Pascua ha supuesto para mí un antes y un después? ¿Cómo voy a orientarme mejor hacia el Señor Resucitado?

Lamentablemente, las consecuencias de la crisis del coronavirus se dejarán notar durante mucho tiempo. Celebrar la Resurrección de Jesús no es situarse en un optimismo vacío; se trata de hacer lo que decía San Pablo en la 2ª lectura: Tomad en serio vuestro proceder en esta vida. Iniciemos el “después” empezando por tomarnos más en serio la Eucaristía y la Escritura para que “arda nuestro corazón” y “en medio del aislamiento donde estamos sufriendo la falta de los afectos y de los encuentros, experimentando la carencia de tantas cosas, escuchemos una vez más el anuncio que nos salva: ha resucitado y vive a nuestro lado”.

4.- En estos domingos de la cincuentena pascual en los que estamos celebrando la Vida, la victoria de Cristo sobre el dolor, el sufrimiento, el pecado y la muerte, las lecturas de la Sagrada Escritura nos ponen delante el misterio de estas realidades que afectan a todo ser humano y sus interrogantes, al que Cristo ha venido a responder y a dar sentido con su vida, con su muerte y con su resurrección.

En el pasaje de los dos discípulos de Emaús, el Evangelio nos presenta el mundo de la increencia, de la ignorancia, de la duda y de la desesperanza, cuando hacemos de la realidad una lectura puramente horizontal: «nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió».(Lc 24,21). Mucha gente elude hoy plantearse los interrogantes de la búsqueda del sentido de la vida y de la muerte. Se prefiere mirar para otro lado y pasar de hacerse ahora la pregunta…, quizás a lo mejor más tarde.

No se sabe cuándo. Sin embargo, sorprendentemente, en la primera lectura de los Hechos hemos podido contemplar a Pedro que, poniéndose en pie (Hechos, 2,14, 22-23) junto a los once, levanta la voz y proclama la Resurrección del Señor: «lo matasteis clavándolo a una cruz…Pero Dios lo resucitó». Así Pedro sostiene que el poder del mal, de la mentira, de la injusticia, de la envidia, del sufrimiento, del pecado del mundo y de la muerte, no tienen para Dios la última palabra. La misericordia, la bondad y el amor de Dios sobre la Humanidad, manifestado en Jesucristo resucitado, es más fuerte que el poder del mal.

Esta es la verdad de nuestra fe, «pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo» (Lc 24,16). Jesús, en la instrucción a los de Emaús, parece dar a entender que la primera causa de su increencia es la ignorancia: «qué necios y torpes sois para creer lo que dijeron los profetas…, y les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras» (Lc 24,27). Se nos presenta el conocimiento de las Escrituras como una de las condiciones de posibilidad de acceso a la fe. El mismo San Jerónimo nos dirá que ignorar las Escrituras es desconocer a Cristo. Jesús, caminando con ellos y recordándoles las Escrituras para que comprendan y se les abran los ojos de la fe, finalmente acaba en el lugar privilegiado de su revelación, sentándose a la Mesa con ellos: «sentados a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando» (Lc 24,30). El resucitado, en este pasaje de Emaús, nos muestra cómo quiere ser anunciado y reconocido en nuestro mundo: dándose, partiéndose, repartiéndose, entregándose, vaciándose… Cuántas veces nos preguntamos en la Iglesia cómo poder transmitir la fe en nuestro mundo actual, que parece, estar de vuelta de la religión, en la apostasía silenciosa, queriendo vivir en la época de la posverdad. Vivimos en un mundo en el que son evidentes los signos del laicismo. Parece que la fe, que Dios, ha desaparecido del horizonte de muchas personas o se ha convertido en una realidad ante la cual se permanece indiferente... Sin embargo, constatamos que el deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre.

De todas formas, por un camino u otro, toda persona, todos, al final, sentimos la necesidad de dar respuesta, en nuestra vida, a los tres enigmas - el dolor, el fracaso y la muerte- que, querámoslo o no, atraviesan a todo ser humano y a los que nuestra inteligencia busca una respuesta de sentido. Desde la fe en Cristo crucificado y resucitado, los creyentes, desde la luz y audacia de la fe, encontramos en el Evangelio de hoy la respuesta de sentido, las razones para creer. 

Feliz Domingo y Feliz Semana.

Dios os Bendiga.

Un fuerte abrazo. Pedro Sola

25 abril 2020

Carta del Párroco

Queridos hermanos y amigos:

Os saludo con gran cariño y os aseguro que os tengo presente en mi oración diaria ante la Virgen de Consolación y cuando celebro la Santa Misa en nuestra Parroquia, está siendo un periodo duro, así me lo estáis manifestando con vuestras llamadas, mensajes y correos electrónicos... yo también lo estoy viviendo con la misma sensación que vosotros.

Os felicito porque de diversos modos, con creatividad e ilusión, estáis ejerciendo vuestra responsabilidad ciudadana en nuestro hermoso pueblo de El Coronil, sin salir de casa, como nos han pedido nuestras autoridades, de manera que nos cuidemos unos a otros. Nuestra obediencia ejemplar es un gran testimonio.
Os agradezco vuestra muestras de cercanía y cariño, que me habéis manifestado por encontrarme tan lejos de mi familia, especialmente de mis padres.

Tengo muy presente toda la vida de nuestra Parroquia, rezo por todos los grupos y por todas las personas, os pongo rostro y le hablo al Señor de vosotros a diario... os agradezco que me enviéis mensajes para que pida en las misas...
Me he acordado de nuestros niños y niñas que recibirían la Primera Comunión, de sus catequistas y padres; de nuestros jóvenes de Confirmación que se iban a confirmar dentro de unas semanas; del estupendo grupo de Confirmación de Adultos que se preparan para la Confirmación; de todas las parejas que se preparaban para sus Bodas en la Parroquia; de los niños que están esperando para ser bautizados... Me estoy acordando con mucho cariño de los abuelos de la Residencia y de sus familias, de los trabajadores; de los enfermos que en estos días habrían recibido mi visita para llevarle la Comunión en la Pascua de Resurrección, a ellos les voy a mandar una carta postal estos días; rezo por los que han fallecido estos días en nuestro pueblo, no hemos podido despedirlos, por sus familias...me acuerdo de las numerosas familias que acuden a nuestra Cáritas Parroquial; nuestros Coros; nuestras Hermandades, en estos días celebraré el Triduo ante la Divina Pastora;...grupo de Vida, Pastoral Familiar, Liturgia... podría seguir enumerando la cantidad de rostros y vidas que presento a diario al Señor en el Sagrario, dándole las gracias por poder serviros y amaros, imitando desde mi pobreza su inmenso amor.

Nos dice el Arzobispo y os copio literalmente:
  • El confinamiento al que nos vemos sometidos tiene consecuencias pastorales muy diversas. Dios quiera que sirva para fortalecer la unidad en el seno de nuestras familias y su conciencia de ser iglesia doméstica. Ojalá pronto podamos congregarnos en torno al altar como pueblo santo de Dios.
  • Una consecuencia de la actual situación es que la economía de la Archidiócesis y de las parroquias se está resintiendo, con los templos y la catedral cerrados y el cese de las colectas. La aguda depresión económica que se anuncia va a ahondar todavía más las dificultades. En estas circunstancias, estamos llamados a explicar con sencillez a nuestros fieles la situación, convocándoles a la corresponsabilidad de todos en el sostenimiento de la Iglesia. Invitad también a los fieles a ayudar a la Iglesia, Archidiócesis o parroquias, mediante suscripciones periódicas.
  • La aportación más original, necesaria y propia de nuestra acción pastoral es aquello que la Iglesia ha hecho siempre y que nos está recordando en esta Pascua la lectura del libro de los Hechos: el anuncio de la fe, mediante la catequesis, la homilía y la proclamación de la Palabra que salva; la santificación de los fieles a través de los sacramentos, y el cuidado de los pobres, sin olvidar el cultivo de nuestra propia vida interior para no desfondarnos y vaciarnos reclamados por tantas urgencias. Bien sabéis que los pobres se están multiplicando en estas semanas y que el futuro de muchos hermanos nuestros es especialmente tenebroso.
  • Haremos también muy bien ayudando a Cáritas diocesana y las Cáritas parroquiales, de las que sois los últimos responsables y que tenéis que cuidar muy cercanamente.
  • Compartid con los pobres con generosidad lo que os sea posible. Os transcribo el consejo de san Pablo con ocasión de la colecta que él organiza para los pobres de la Iglesia madre de Jerusalén: “Mirad: el que siembre tacañamente, tacañamente cosechará; el que siembra abundantemente, abundantemente cosechará. Que cada uno dé como le dicte su corazón: no a disgusto y a la fuerza, pues Dios ama al que da con alegría” (2 Cor 9,6-7).
  • Si el confinamiento ha favorecido nuestra creatividad pastoral, la tragedia que nos ha sobrevenido debe favorecer la comunicación cristiana de bienes en esta hora de tanto sufrimiento para los pobres, que vosotros palpáis cada día. En ella resuena la voz del Resucitado: “lo que hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis”. Resuena también el eco del testimonio de la primera comunidad cristiana: “los creyentes vendían posesiones y bienes, y lo repartían entre todos, según la necesidad de cada uno”. 
La llamada del Arzobispo a la responsabilidad para el sostenimiento de la parroquia, ya la hize hace unas semanas, cuando os escribí una carta, porque como bien sabéis la Parroquia tiene unos gastos fijos mensuales, que hay que hacer frente (Préstamo de los Remedios, electricidad, Seguridad... en torno a 650€, de esto os dí cuenta no hace mucho tiempo) y sabéis que se les hace frente a estas deudas, con las colectas dominicales, la venta de la lotería, los sacramentos, el archivo parroquial, estipendios.

A estos gastos inevitables, hay que sumar con urgencia, la necesidad de sostener nuestra Cáritas Parroquial.

Os pido que seáis generosos en las medidas de vuestras Posibilidades y que colaboréis con el sostenimiento de la Parroquia y con Cáritas.

La forma puede ser con una domiciliación bancaria periódica, por ejemplo: sumando la aportación que haces en la misa de cada domingo; aquí están los números de cuenta:

La Caixa ES58 2100 4410 5401 0019 8935 (Cáritas El Coronil)

La Caixa ES91 2100 8095 9021 0021 1788 (Parroquia El Coronil)

Si la domiciliación bancaria o la transferencia no es posible, podéis pensar como hacerlo llegar, por medio de alguna persona que tenga que salir a la calle de forma inevitable... Estoy convencido que seréis creativos y que nuestra Parroquia podrá ser sostenida. Algún grupo ha colaborado de manera conjunta sus miembros (Grupo de Liturgia); alguna familia ha juntado su ayuda y lo han hecho familiar... Mil gracias a todos.

Mil gracias por vuestra colaboración para poder seguir sosteniendo nuestra Parroquia.

Un fuerte abrazo a todos. Os echo mucho de menos.

Vuestro Párroco. Pedro Sola

21 abril 2020

Catequesis de Comunión

Queridas familias y queridos niños y niñas de nuestra Parroquia de El Coronil ¿Cómo estáis? 

Os echamos mucho de menos. Durante estas semanas no habéis podido venir ni a la catequesis, ni a la misa de los domingos... Hemos dejado de vernos; las catequistas, el coro y yo no os olvidamos, tenemos que prepararnos para que cuando esta situación termine, vosotros estéis dispuestos para recibir la Primera Comunión. Al igual que realizáis en el Colegio, la formación catequética tiene que continuar... Será una oportunidad única para que recéis en casa y habléis del Señor en familia. Acoged este proyecto con mucha alegría. 

Haced clic en la imagen para entrar en esta página web que os dejo:
https://catequesisjaen.es/catequizis/
 En ella hay unos videos muy divertidos con catequesis...

Cada semana os recordaré la tarea:

CATEQUESIS DE ESTA SEMANA

Miércoles 22 de Abril
Ver el video 1 y 2

Actividades:
1. ¿De qué habla cada video? Haz un resumen de cada video, de al menos 10 líneas cada resumen.
2. ¿Qué has aprendido de cada video?
3. ¿Cómo puedes cumplir lo que has aprendido?
4. Escribe una petición relacionada con el primer video. Escribe también una acción de gracias relacionada con el segundo video. Al menos 4 líneas cada una.
5. Reza al Señor durante 2 minutos.

Domingo 26 de Abril
Misas (opciones, a elegir)

+Misa por Facebook Parroquia El Coronil, a las 11:00

+Misa por TVE2 a las 10:30

+Misa por APP CATOLIA (Válida para IOS y Android), hay 12 misas los domingos a distintas horas

Actividad
1.Resumen del Evanglio. Al menos 6 líneas.


Estas actividades deberán enviarlas por correo electrónico a: parroco(a)parroquiaelcoronil.es
Plazo de entrega como muy tarde el martes 28 de Abril.

Cada semana os enviaré la tarea a realizar. Mucho ánimo y contad con mi oración.


Hasta muy pronto.

19 abril 2020

Homilía Segundo Domingo de Pascua

En el evangelio nos habla de dos apariciones tenidas en el cenáculo. En la primera no estaba presente Tomás. Cuando los otros le narran lo acontecido, él se sale con la bien conocida declaración “si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo

Esta situación es muy comprensible para nosotros, que vivimos en la “era tecnológica que no creemos si no podemos comprobar. Tomás, el dubitativo, el práctico, aquel que declara que no será fácil inducirle a rendirse y creer.. Viene para pensar en ciertas personas de la cultura de nuestros días, los cuales, habiendo oído que algún compañero suyo se ha acercado a la fe, reaccionan escandalizados.
https://www.facebook.com/parroquiade.elcoronil/videos/2586241221631250/El carácter de Tomás se define en repetidas veces del Evangelio y siempre bajo el mismo enfoque.
  1. En el episodio de la Resurrección de Lázaro. Los discípulos están preocupados por el peligro al que se expone el Señor y Tomás responde: “ Vayamos también nosotros y muramos con él”. Esta no es una palabra de alguien que cree sino de uno que se desespera, que está resignado a llegar hasta lo peor. Esto es muy moderno. Hay muchos que están dispuestos a arriesgar hasta la vida; pero no a dejarse llevar a la alegría de creer. Se arriesga la vida repetidas veces al día cuando se atraviesa con prisa la calle, se salta de un autobús en marcha, se hace un adelantamiento imprudente... pero no se está dispuesto a correr el así llamado “riesgo de la fe” que nos salvaría de la muerte.
  2. En la última cena, Tomás le dice al Señor: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿Cómo podemos saber el camino?” Es extraordinario ver cómo cada vez las dudas de Tomás se han resuelto para nosotros es bendición. Esta su observación fue, en efecto, la ocasión por la que Jesús pronunció uno de las palabras mas sublimes de todo el Evangelio: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”
Lo que ha salvado a Tomás ha sido el sufrimiento, que poseía en su no-creer. La dureza de las condiciones que plantea para creer, proceden de un gran sufrimiento. Es de entre los apóstoles el que tiene más sentimiento de no haber sabido morir con él tal como había declarado. Pero sufrimiento por no amar a alguien es un signo de una verdadero amor. ¡Sufrir por no poder creer es una forma de fe incompleta, pero sincera!

Lo que Tomás había expresado como una exigencia, como un desafío: “sino meto, sino veo...” Jesús lo acepta. Se deja vencer por Tomás. Sólo por él ha cambiado todas sus disposiciones y su método. A la Magdalena, le había dicho al contrario: “no me toques”. Jesús amaba a Tomás, sabía que se mostraba reacio sólo porque se había sentido tan desdichado, entonces, se ha posicionado en contra de él, lo ha defendido contra sí mismo, le ha hablado al corazón y él ha quedado descompuesto.

Cuando Tomás ha visto delante de él a Jesús, de golpe ha entendido haber sabido que él había resucitado.¡había vivido lo suficiente con Jesús para saber que debía esperarse una cosa semejante siempre cosas buenas, gratificantes, increíbles como esta! Debía haber creído a los demás. Rechazando el creer no había hecho otra cosa que infligirse un castigo a si mismo, defenderse de una espera, que era demasiado viva. Moría a la vez, por el deseo y por el miedo a creer.

Y no ha habido peor castigo para él que el haber conseguido lo que había puesto condición para su fe. Se ha dado cuenta de haber perdido la ocasión, que se le había ofrecido. Ha entendido que debiera haber donado su fe a Jesús. No tenía necesidad de estas pruebas.

Ahora ya no tiene ganas de tocar, había dado cualquier cosa incluso con tal de no poner el dudo y la mano en las llagas, para no oir aquel velado reproche: “¿porque has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto” y cuando toca, lo hace por docilidad, por arrepentimiento. No como quien quiere darse cuenta de una cosa y se dispone a tomar las medidas. Lo hace como quien realiza un peregrinaje. Era ello lo que le podía ser más doloroso y más humillante. Reparaba y se castigaba. Los artistas modernos lo han representado en sus obras de arte:
  • Tomás se viene abajo apesadumbrado con sus dedos en las heridas (Caravaggio)
  • Lo representan encorbado y en adoración, como quien quisiera hundirse ante Jesús.

2.- Pero ser penetrado tan profundamente en la intimidad de Cristo, Tomás ha sido transportado a un altura, que nadie de entre los demás había alcanzado hasta entonces. Más arriba que hasta el mismo Juan, a quien solamente se le había concedido reposar su cabeza sobre el pecho de él. Fulminado, Tomás cae de rodilla y exclama: “Señor mio y Dios mío” ningún otro apóstol se había atrevido a decirle esto: “Dios mio”. Jesús lo ha amado tanto, con tanta dulzura, de tal manera, que cambia esta culpa y esta humillación en un maravilloso recuerdo. Así Cristo perdona los pecados. Él sabe hacer de todas las culpas humanas una “culpa feliz” (pregón pascual).

La crítica y el diálogo con los no-creyentes cuando se desarrolla en el respeto y la lealtad recíprocos, son de gran utilidad. Ante todo nos hacen humildes. Nos obliga a darnos cuenta de que la fe no es para nadie un privilegio o una ventaja. No podemos ni imponerla ni demostrarla sino sólo proponerla y manifestarla con la vida. La fe es un don, no un mérito, y como todo don no puede ser ya vivido si no es más que en la gratitud y la humildad.

La comparación con los no-creyentes nos ayuda asimismo a purificar nuestra fe de representaciones groseras. Muy frecuentemente lo que los no-creyentes rechazan no es al verdadero Dios, al Dios viviente de la Bíblia, sino a contrafigura suya, a la imagen distorsionada de Dios, que los creyentes mismos hemos contribuido a crear. Rechazando a este Dios, los no-creyentes no obligan, saludablemente, a volver a ponernos en el seguimiento del Dios vivo y verdadero, que está más allá de cualquier representación y explicación nuestra.

No podemos sin embargo, concluir nuestra reflexión sobre el Evangelio de hoy, sin profundizar que hay un deseo de expresar, que hoy santo Tomás encuentre muchos imitadores no sólo en primera parte de su historia (cuando declara no creer) sino también en la segunda, en aquel magnifico acto de fe. Tomás es de imitar, asimismo, por otro hecho. Él no cierra la puerta, no se queda fijo en su posición dando por resuelto el problema de una vez por todas. Tanto es así que ocho días después, lo encontramos con los apóstoles en el cenáculo. Si no hubiera deseado creer o “

” no habría estado allí. Quiere ver, tocar, por lo tanto, esta en busqueda. Y al final, despues de que ha visto y ha tocado con la mano, exclama “Señor mio y Dios mío”.

Nosotros podemos aún creer antes de forzar la mano de Dios para hacernos ver y para tocar mediante signos y milagros. Podemos creer “antes de haber visto”. Un día, transpasado el umbral de la vida, nosotros veremos igualmente las heridas de las manos y del costado de Cristo (el Apocalipsis dice que él conserva, también en el cielo, las señales de su pasión: “vi un Cordero, como degollado” Ap5 11) y tendremos que exclamar, esperémoslo, para nuestra felicidad y no para nuestra condena: “Señor mío y Dios mio