13 mayo 2021

Día de la Ascensión - 13 de mayo de 2021

«Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo, que vendrá sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra» (Hch 1, 8). Con estas palabras, Jesús se despide de los Apóstoles, como acabamos de escuchar en la primera lectura. Inmediatamente después, el autor sagrado añade que «fue elevado en presencia de ellos, y una nube le ocultó a sus ojos» (Hch 1, 9). Es el misterio de la Ascensión, que hoy celebramos solemnemente. 

1. ¿Qué significa proclamar que Jesús «subió al cielo»? El uso del verbo «elevar» tiene su origen en el Antiguo Testamento, y se refiere a la toma de posesión de la realeza. Por tanto, la Ascensión de Cristo significa, en primer lugar, la toma de posesión del Hijo del hombre crucificado y resucitado de la realeza de Dios sobre el mundo.

El acontecimiento no se describe como un viaje hacia lo alto, sino como una acción del poder de Dios, que introduce a Jesús en el espacio de la proximidad divina. La presencia de la nube que «lo ocultó a sus ojos» (Hch 1, 9) hace referencia a una antiquísima imagen de la teología del Antiguo Testamento, e inserta el relato de la Ascensión en la historia de Dios con Israel, desde la nube del Sinaí y sobre la tienda de la Alianza en el desierto, hasta la nube luminosa sobre el monte de la Transfiguración. Presentar al Señor envuelto en la nube evoca, en definitiva, el mismo misterio expresado por el simbolismo de «sentarse a la derecha de Dios».

En el Cristo elevado al cielo el ser humano ha entrado de modo nuevo en la intimidad de Dios; el hombre encuentra, ya para siempre, espacio en Dios. El «cielo», la palabra cielo no indica un lugar sobre las estrellas, sino algo mucho más osado y sublime: indica a Cristo mismo, la Persona divina que acoge plenamente y para siempre a la humanidad, Aquel en quien Dios y el hombre están inseparablemente unidos para siempre. El estar el hombre en Dios es el cieloY nosotros nos acercamos al cielo, más aún, entramos en el cielo en la medida en que nos acercamos a Jesús y entramos en comunión con él. Por tanto, la solemnidad de la Ascensión nos invita a una comunión profunda con Jesús muerto y resucitado, invisiblemente presente en la vida de cada uno de nosotros.

2. Las palabras del ángel --«Galileos, ¿qué hacéis mirando al cielo?. Desde esta perspectiva comprendemos por qué el evangelista san Lucas afirma que, después de la Ascensión, los discípulos volvieron a Jerusalén «con gran gozo» (Lc 24, 52). La causa de su gozo radica en que lo que había acontecido no había sido en realidad una separación, una ausencia permanente del Señor; más aún, en ese momento tenían la certeza de que el Crucificado-Resucitado estaba vivo, y en él se habían abierto para siempre a la humanidad las puertas de Dios, las puertas de la vida eterna. En otras palabras, su Ascensión no implicaba la ausencia temporal del mundo, sino que más bien inauguraba la forma nueva, definitiva y perenne de su presencia, en virtud de su participación en el poder regio de Dios.

Precisamente a sus discípulos, llenos de intrepidez por la fuerza del Espíritu Santo, corresponderá hacer perceptible su presencia con el testimonio, el anuncio y el compromiso misionero. También a nosotros la solemnidad de la Ascensión del Señor debería colmarnos de serenidad y entusiasmo, como sucedió a los Apóstoles, que del Monte de los Olivos se marcharon «con gran gozo». Al igual que ellos, también nosotros, aceptando la invitación de los «dos hombres vestidos de blanco», no debemos quedarnos mirando al cielo, sino que, bajo la guía del Espíritu Santo, debemos ir por doquier y proclamar el anuncio salvífico de la muerte y resurrección de Cristo. Nos acompañan y consuelan sus mismas palabras, con las que concluye el Evangelio según san Mateo: «Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo» (Mt 28, 20).

El carácter histórico del misterio de la resurrección y de la ascensión de Cristo nos ayuda a reconocer y comprender la condición trascendente de la Iglesia, la cual no ha nacido ni vive para suplir la ausencia de su Señor «desaparecido», sino que, por el contrario, encuentra la razón de su ser y de su misión en la presencia permanente, aunque invisible, de Jesús, una presencia que actúa con la fuerza de su Espíritu. En otras palabras, podríamos decir que la Iglesia no desempeña la función de preparar la vuelta de un Jesús «ausente», sino que, por el contrario, vive y actúa para proclamar su «presencia gloriosa» de manera histórica y existencial. Desde el día de la Ascensión, toda comunidad cristiana avanza en su camino terreno hacia el cumplimiento de las promesas mesiánicas, alimentándose con la Palabra de Dios y con el Cuerpo y la Sangre de su Señor. Esta es la condición de la Iglesia —nos lo recuerda el concilio Vaticano II—, mientras «prosigue su peregrinación en medio de las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios, anunciando la cruz y la muerte del Señor hasta que vuelva» (Lumen gentium,8).

3. Hay quien se pregunta: ¿pero qué haremos «en el cielo» con Cristo toda la eternidad? ¿No nos aburriremos?Respondo: ¿aburre tal vez estar bien y con óptima salud? Preguntad a los enamorados si se aburren de estar juntos. Cuando sucede que se vive un momento de intensísima y pura alegría, ¿no nace a lo mejor en nosotros el deseo de que dure para siempre, de que no acabe jamás? Aquí abajo tales estados no duran para siempre, porque no existe objeto que pueda satisfacer indefinidamente. Con Dios es diferente. Nuestra mente hallará en Él la Verdad y la Belleza que nunca acabará de contemplar, y nuestro corazón el Bien del que jamás se cansará de gozar.

La solemnidad de este día nos exhorta a fortalecer nuestra fe en la presencia real de Jesús en la historia; sin él, no podemos realizar nada eficaz en nuestra vida y en nuestro apostolado. Como recuerda el apóstol san Pablo en la segunda lectura, es él quien «dio a unos el ser apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelizadores; a otros, pastores y maestros, (…) en orden a las funciones del ministerio, para edificación del Cuerpo de Cristo» (Ef 4, 11-12), es decir, la Iglesia. Y esto para llegar «a la unidad de la fe y del conocimiento pleno del Hijo de Dios» (Ef 4, 13), teniendo todos la vocación común a formar «un solo cuerpo y un solo espíritu, como una sola es la esperanza a la que estamos llamados» (Ef 4, 4). En este marco se coloca mi visita que, como ha recordado vuestro pastor, tiene como fin animaros a «construir, fundar y reedificar» constantemente vuestra comunidad diocesana en Cristo. ¿Cómo? Nos lo indica el mismo san Benito, que en su Regla recomienda no anteponer nada a Cristo: «Christo nihil omnino praeponere» (LXII, 11).

12 mayo 2021

Unción de los enfermos

Domingo de la Ascensión, 16 de Mayo
11:00 h.

La Unción de los enfermos, sacramento de salvación y de curación 

Naturaleza de este sacramento
La Unción de los enfermos es un sacramento instituido por Jesucristo, insinuado como tal en el Evangelio de san Marcos (cfr. Mc 6,13), y recomendado a los fieles y promulgado por el Apóstol Santiago: «¿Está enfermo alguno de vosotros? Llame a los presbíteros de la Iglesia, que oren sobre él y le unjan con óleo en el nombre del Señor. Y la oración de la fe salvará al enfermo, y el Señor hará que se levante, y si hubiera cometido pecados, le serán perdonados» (St 5,14-15). La Tradición viva de la Iglesia, reflejada en los textos del Magisterio eclesiástico, ha reconocido en este rito, especialmente destinado a reconfortar a los enfermos y a purificarlos del pecado y de sus secuelas, uno de los siete sacramentos de la Nueva Ley.

Sentido cristiano del dolor, de la muerte y de la preparación al bien morir
En el Ritual de la Unción de los enfermos el sentido de la enfermedad del hombre, de sus sufrimientos y de la muerte, se explica a la luz del designio salvador de Dios, y más concretamente a la luz del valor salvífico del dolor asumido por Cristo, el Verbo encarnado, en el misterio de su Pasión, Muerte y Resurrección . El Catecismo de la Iglesia Católica ofrece un planteamiento similar: «Por su Pasión y su Muerte en la Cruz, Cristo dio un sentido nuevo al sufrimiento: desde entonces éste nos configura con Él y nos une a su Pasión redentora» (Catecismo, 1505). «Cristo invita a sus discípulos a seguirle tomando a su vez su Cruz (cfr. Mt10,38). Siguiéndole adquieren una nueva visión sobre la enfermedad y sobre los enfermos» (Catecismo, 1506).

La Sagrada Escritura indica una estrecha relación entre la enfermedad y la muerte, y el pecado. Pero sería un error considerar la enfermedad misma como un castigo por los propios pecados (cfr. Jn 9,3). El sentido del dolor inocente sólo se alcanza a la luz de la fe, creyendo firmemente en la Bondad y Sabiduría de Dios, en su Providencia amorosa y contemplando el misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo, gracias al cual fue posible la Redención del mundo.

Al mismo tiempo que el Señor nos enseñó el sentido positivo del dolor para realizar la Redención, quiso curar a multitud de enfermos, manifestando su poder sobre el dolor y la enfermedad y, sobre todo, su potestad para perdonar los pecados (cfr. Mt 9,2-7). Después de la Resurrección envía a los Apóstoles: «En mi nombre… impondrán las manos sobre los enfermos y se curarán» (Mc 16,17-18) (cfr. Catecismo, 1507).

2. La estructura del signo sacramental y la celebración del sacramento
Según el Ritual de la Unción de los enfermos, la materia apta del sacramento es el aceite de oliva, bendecido por el Arzobispo en la Misa Crismal, el Martes Santo.

La Unción se confiere ungiendo al enfermo en la frente y en las manos. La formula sacramental por la que en el rito latino se confiere la Unción de los enfermos es la siguiente: 

Por esta santa Unción, y por su bondadosa misericordia te ayude el Señor con la gracia del Espíritu Santo. 
Amén.
Para que, libre de tus pecados, te conceda la salvación y te conforte en tu enfermedad. Amén» .

Como recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica, «es muy conveniente que [la Unción de los enfermos] se celebre dentro de la Eucaristía, memorial de la Pascua del Señor. Si las circunstancias lo permiten, la celebración del sacramento puede ir precedida del sacramento de la Penitencia y seguida del sacramento de la Eucaristía. 

3. Ministro de la Unción de enfermos
Ministro de este sacramento es únicamente el sacerdote (obispo o presbítero). Es deber de los pastores instruir a los fieles sobre los beneficios de este sacramento. Los fieles (en particular, los familiares y amigos) deben alentar a los enfermos a llamar al sacerdote para recibir la Unción de los enfermos (cfr. Catecismo, 1516).

Conviene que los fieles tengan presente que en nuestro tiempo se tiende a “aislar” la enfermedad y la muerte. En las clínicas y hospitales modernos los enfermos graves frecuentemente mueren en la soledad, aunque se encuentren rodeados por otras personas en una “unidad de cuidados intensivos”. Todos —en particular los cristianos que trabajan en ambientes hospitalarios— deben hacer un esfuerzo para que no falten a los enfermos internados los medios que dan consuelo y alivian el cuerpo y el alma que sufre, y entre estos medios —además del sacramento de la Penitencia y del Viático— se encuentra el sacramento de la Unción de los enfermos.

4. Sujeto de la Unción de los enfermos
Sujeto de la Unción de los enfermos es toda persona bautizada, que haya alcanzado el uso de razón y se encuentre en peligro de muerte por una grave enfermedad, o por vejez acompañada de una avanzada debilidad senil. A los difuntos no se les puede administrar la Unción de enfermos.

Para recibir los frutos de este sacramento se requiere en el sujeto la previa reconciliación con Dios y con la Iglesia, al menos con el deseo, inseparablemente unido al arrepentimiento de los propios pecados y a la intención de confesarlos, cuando sea posible, en el sacramento de la Penitencia. Por esto la Iglesia prevé que, antes de la Unción, se administre al enfermo el sacramento de la Penitencia y de la Reconciliación.

Aunque la Unción de enfermos puede administrarse a quien ha perdido ya los sentidos, hay que procurar que se reciba con conocimiento, para que el enfermo pueda disponerse mejor a recibir la gracia del sacramento. No debe administrarse a aquellos que permanecen obstinadamente impenitentes en pecado mortal manifiesto (cfr. CIC, can. 1007).

Si un enfermo que recibió la Unción recupera la salud, puede, en caso de nueva enfermedad grave, recibir otra vez este sacramento; y, en el curso de la misma enfermedad, el sacramento puede ser reiterado si la enfermedad se agrava (cfr. CIC, can. 1004, 2).

Por último, conviene tener presente esta indicación de la Iglesia: «En la duda sobre si el enfermo ha alcanzado el uso de razón, sufre una enfermedad grave o ha fallecido ya, adminístrese este sacramento» (CIC, can. 1005).

5. Necesidad de este sacramento
La recepción de la Unción de enfermos no es necesaria con necesidad de medio para la salvación, pero no se debe prescindir voluntariamente de este sacramento, si es posible recibirlo, porque sería tanto como rechazar un auxilio de gran eficacia para la salvación. Privar a un enfermo de esta ayuda, podría constituir un pecado grave.

6. Efectos de la Unción de enfermos
En cuanto verdadero y propio sacramento de la Nueva Ley, la Unción de los enfermos ofrece al fiel cristiano la gracia santificante; además, la gracia sacramental específica de la Unción de enfermos tiene como efectos:

— la unión más íntima con Cristo en su Pasión redentora, para su bien y el de toda la Iglesia (cfr. Catecismo, 1521-1522; 1532);

— el consuelo, la paz y el ánimo para vencer las dificultades y sufrimientos propios de la enfermedad grave o de la fragilidad de la vejez (cfr. Catecismo, 1520; 1532);

— la curación de las reliquias del pecado y el perdón de los pecados veniales, así como de los mortales en caso de que el enfermo estuviera arrepentido pero no hubiera podido recibir el sacramento de la Penitencia (cfr. Catecismo , 1520);

— el restablecimiento de la salud corporal, si tal es la voluntad de Dios (cfr. Concilio de Florencia: DS 1325; Catecismo, 1520);

— la preparación para el paso a la vida eterna. En este sentido afirma el Catecismo de la Iglesia Católica: «Esta gracia [propia de la Unción de enfermos] es un don del Espíritu Santo que renueva la confianza y la fe en Dios y fortalece contra las tentaciones del maligno, especialmente la tentación de desaliento y de angustia ante la muerte (cfr. Hb 2,15)» (Catecismo, 1520).

09 mayo 2021

VI Domingo de Pascua - 9 de mayo de 2021

«Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado… Lo que os mando es que os améis los unos a los otros».

El amor, ¿es un mandamiento? ¿Se puede hacer del amor un mandamiento sin destruirlo? ¿Qué relación puede haber entre amor y deber, dado que uno representa la espontaneidad y el otro la obligación?
Hay que saber que existen dos tipos de mandamientos. Existe un mandamiento o una obligación que viene del exterior, y un mandamiento u obligación que viene de dentro y que nace de la cosa misma. La piedra que se lanza al aire, o la manzana que cae del árbol, está «obligada» a caer, no puede hacer otra cosa; no porque alguien se lo imponga, sino porque en ella hay una fuerza interior de gravedad que la atrae hacia el centro de la tierra.
De igual forma, hay dos grandes modos según los cuales el hombre puede ser inducido a hacer o no determinada cosa: por obligación  o por atracción. La ley y los mandamientos ordinarios le inducen del primer modo: con la amenaza del castigo; el amor le induce del segundo modo: por atracción, por un impulso interior. Cada uno, en efecto, es atraído por lo que ama, sin que sufra obligación alguna desde el exterior.
¿qué necesidad hay, de hacer del amor un mandamiento y un deber? ¿qué necesidad tiene el amor, que espontaneidad, impulso vital, de transformarse en un deber?

Un filósofo da una respuesta convincente: «Sólo cuando existe el deber de amar, sólo entonces el amor está garantizado para siempre contra cualquier alteración». Quiere decir: el hombre que ama verdaderamente, quiere amar para siempre. El amor necesita tener como horizonte la eternidad; si no, no es más que una broma, un «amable malentendido» o un «peligroso pasatiempo». Por eso, cuanto más intensamente ama uno, más percibe con angustia el peligro que corre su amor, peligro que no viene de otros, sino de él mismo. Bien sabe que es voluble, y que mañana, ¡ay!, podría cansarse y no amar más. El deber sustrae el amor de la volubilidad y lo ancla a la eternidad. Quien ama es feliz de «deber» amar; le parece el mandamiento más bello y liberador del mundo.

2. Dios no tiene acepción de personas.
Dios nos hace acepción de personas en relación con su amor salvífico. Al enviarnos a su Hijo nos ha expresado un amor que no conoce los límites de raza, de carácter o dignidades civiles. Dios, el Buen Pastor de nuestras almas, desea que todas las ovejas entren en su redil. Al encarnarse el Hijo de Dios se ha unido de algún modo a todo hombre y lo ha invitado a la salvación. Éste es el descubrimiento que hace Pedro. La dignidad del hombre se revela en su vocación a la vida divina. "La razón más alta de la dignidad humana consiste en la vocación del hombre a la comunión con Dios. El hombre es invitado al diálogo con Dios desde su nacimiento; pues no existe sino porque, creado por Dios por amor, es conservado siempre por amor; y no vive plenamente según la verdad si no reconoce libremente aquel amor y se entrega a su Creador (Gaudium et spes 19,1).

3. Dios tiene siempre la iniciativa en el camino de la salvación. Nos amó primero. En la segunda lectura san Juan repite en dos ocasiones: Dios envió a su Hijo. Dios envía a su Hijo único para redimirnos del pecado que nos tenía juzgados. El amor no consiste, pues, en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él ha querido amarnos a nosotros cuando estábamos en desgracia.
Al inicio del catecismo de la Iglesia Católica encontramos un texto admirable: "Dios, infinitamente Perfecto y Bienaventurado en sí mismo, en un designio de pura bondad ha creado libremente al hombre para que tenga parte en su vida bienaventurada. Por eso, en todo tiempo y en todo lugar, está cerca del hombre. Le llama y le ayuda a buscarlo, a conocerle y a amarle con todas sus fuerzas. Convoca a todos los hombres, que el pecado dispersó, a la unidad de su familia, la Iglesia. Lo hace mediante su Hijo que envió como Redentor y Salvador al llegar la plenitud de los tiempos. En él y por él, llama a los hombres a ser, en el Espíritu Santo, sus hijos de adopción, y por tanto los herederos de su vida bienaventurada" (Catecismo de la Iglesia Católica 1).

4. El amor de Dios se muestra en su Hijo Jesucristo. El evangelio nos muestra un momento de intimidad de Cristo con sus apóstoles: permaneced en mi amor. Es decir, permaneced en el amor del Padre que se expresa en el Hijo. Cristo es la revelación del amor del Padre. Él nos envía al mundo para cumplir una misión de salvación. Esta misión sólo la podremos cumplir si observamos el mandamiento principal: el amarnos unos a otros como Cristo nos ha amado.

5. Saber esperar en la providencia de Dios. El mundo nos hace dudar de la providencia de Dios. Por una parte, estamos acostumbrados a "asegurar" de algún modo el futuro. No nos gusta dejar nada en manos de otro, ni siquiera de Dios. Nos cuesta confiarnos a sus designios amorosos. Los grandes avances de la ciencia y de la tecnología han ampliado, casi sin límites, el deseo de dominar y tenerlo bajo estricto control. Todo se debe programar y nada puede quedar al arbitrio de alguna fuerza que no sea la del hombre. Estamos invitados a renovar nuestra fe en Cristo muerto y resucitado que vence el pecado y vence el mal y nos muestra el amor del Padre y nos incorpora a su amor: como yo os he amado, así debéis amaros los unos a los otros.
Jesús nos pide un abandono filial en la providencia de del Padre celestial que cuida de las más pequeñas necesidades de sus hijos. Aquel que nos dio a su Hijo, ¿qué no nos dará si se lo pedimos correctamente? Se trata de saber que Dios es amor y que, por lo tanto, cuanto viene de Dios es amor.

6. Saber amar a nuestros hermanos en la realidad concreta de la vida. Para amar a nuestros hermanos debemos practicar la pureza de corazón, significa estar desprendido del amor desordenado de sí mismo. La falta de pureza de corazón es la que me lleva a pensar en mí, olvidándome de las necesidades de mis hermanos; la impureza de corazón hace surgir los celos, las envidias, los rencores, los afectos desordenados. ¡Cuánto mal se esconde detrás de esta impureza de corazón!
Por el contrario, el que es puro de corazón ama con un corazón desprendido. Sabe negarse a sí mismo. No tiene acepción de personas. A todos trata con respeto y dignidad. Es universal en su amor y en su entrega a los demás. La pureza de corazón no conoce los afectos desordenados, desconoce la envidia y el egoísmo a ultranza. Los puros de corazón, según la bienaventuranza, "verán a Dios" ¡Qué premio! Ver a Dios ya en esta vida manteniendo el corazón desprendido.

02 mayo 2021

V Domingo de Pascua - 2 de mayo de 2021

«Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador. Todo sarmiento que en mí no da fruto, lo corta, y todo el que da fruto, lo poda, para que dé más fruto».

Jesús expone dos casos. El primero, negativo: el sarmiento está seco, no da fruto, así que es cortado y quemado; el segundo, positivo: el sarmiento está aún vivo y sano, por lo que es podado. Ya este contraste nos dice que la poda no es un acto malo hacia el sarmiento. El viñador espera todavía mucho de él, sabe que puede dar frutos, tiene confianza en él. Lo mismo ocurre en el plano espiritual. Cuando Dios interviene en nuestra vida, no está enfadado con nosotros. Justamente lo contrario.

Pero ¿por qué el viñador poda el sarmiento y hace «llorar», como se suele decir, a la vid? Por un motivo muy sencillo: si no es podada, la fuerza de la vid se desperdicia, dará tal vez más racimos de lo debido, con la consecuencia de que no todos maduren y de que descienda la graduación del vino. Si permanece mucho tiempo sin ser podada, la vid hasta se asilvestra y produce sólo pámpanos y uva silvestre.

Lo mismo ocurre en nuestra vida. Vivir es elegir, y elegir es renunciar. La persona que en la vida quiere hacer demasiadas cosas, o cultiva una infinidad de intereses y de aficiones, se dispersa; no sobresaldrá en nada. Hay que tener el valor de hacer elecciones, de dejar aparte algunos intereses secundarios para concentrarse en otros primarios. ¡Podar!

Esto es aún más verdadero en la vida espiritual. La santidad se parece a la escultura. Leonardo da Vinci definió la escultura como «el arte de quitar». Las otras artes consisten en poner algo: color en el lienzo en la pintura, piedra sobre piedra en la arquitectura, nota tras nota en la música. Sólo la escultura consiste en quitar: quitar los pedazos de mármol que están de más para que surja la figura que se tiene en la mente. También la perfección cristiana se obtiene así, quitando, haciendo caer los pedazos inútiles, esto es, los deseos, ambiciones, proyectos y tendencias que nos dispersan por todas partes y no nos dejan acabar nada.

Un día, Miguel Ángel, paseando por un jardín de Florencia, vio, en una esquina, un bloque de mármol que asomaba desde debajo de la tierra, medio cubierto de hierba y barro. Se paró en seco, como si hubiera visto a alguien, y dirigiéndose a los amigos que estaban con él exclamó: «En ese bloque de mármol está encerrado un ángel; debo sacarlo fuera». Y armado de cincel empezó a trabajar aquel bloque hasta que surgió la figura de un bello ángel.

También Dios nos mira y nos ve así: como bloques de piedra aún informes, y dice para sí: «Ahí dentro está escondida una criatura nueva y bella que espera salir a la luz; más aún, está escondida la imagen de mi propio Hijo Jesucristo [nosotros estamos destinados a «reproducir la imagen de su Hijo» (Rm 8, 29. Ndt)]; ¡quiero sacarla fuera!». ¿Entonces qué hace? Toma el cincel, que es la cruz, y comienza a trabajarnos; toma las tijeras de podar y empieza a hacerlo. Normalmente Él no añade nada a lo que la vida, por sí sola, presenta de sufrimiento, fatiga, tribulaciones; sólo hace que todas estas cosas sirvan para nuestra purificación. Nos ayuda a no desperdiciarlas.

1. La unidad. El sarmiento es una prolongación de la vid. De ella viene la savia que lo alimenta, la humedad del suelo y todo aquello que él transforma después en uva bajo los rayos estivales del sol; si no es alimentado por la vid, no puede producir nada: ni un racimo de uva, nada de nada. Es la misma verdad que san Pablo expresa con la imagen del cuerpo y de los miembros: Cristo es la Cabeza de un cuerpo que es la Iglesia, de la cual cada cristiano es un miembro (cfr. Rom. 12,4; 1 Cor. 12,12). También el miembro, si está separado del cuerpo, no puede hacer nada. ¿contrasta esto con nuestro sentido de autonomía y de libertad? ¡Entre la vid y el sarmiento hay en común el Espíritu Santo!

2. ¿Cuál es entonces nuestra misión de sarmientos? Juan tiene un verbo para expresarlo: «permanecer» (se entiende, unidos a la vida que es Cristo): Permanecer en mí y yo en vosotros; Si no permanecen en mí …; Quien permanece en mí… Permanecer unidos a la vid y permanecer en Cristo Jesús significa ante todo no abandonar las tareas asumidas en el Bautismo, no ir al país lejano como el hijo pródigo, que uno puede separarse de Cristo, omisión tras omisión, compromiso tras compromiso, dejando primero la comunión, después la misas, después la oración y al final todo.

Permanecer en Cristo significa también algo positivo y es permanecer en su amor (Jn. 15,9). En el amor, se entiende que él tiene por nosotros más que en el amor que nosotros tenemos por él. Significa por tanto permitirle que nos ame, que nos haga pasar su «savia» que es su Espíritu evitando poner entre él y nosotros la barrera insuperable de la autosuficiencia, de la indiferencia y del pecado.

Jesús insiste en la urgencia de permanecer en él haciéndonos ver las consecuencias fatales del separarse de él. El sarmiento que no permanece unido se seca, no lleva fruto, es cortado y arrojado al fuego. No sirve para nada porque la madera de la vid – a diferencia de otras maderas que cortadas sirven para tantos fines- es una madera inútil para cualquier otro fin que no sea el de producir uva (cfr. Ez. 15,1). Uno puede tener una vida pujante externamente estar lleno de ideas y de salud, producir energía, negocios, hijos, y ser a los ojos de Dios, madera seca para ser echada al fuego apenas termina la estación de la vendimia.

Permanecer en Cristo entonces significa permanecer en su amor, en su ley; a veces significa permanecer en la cruz, «perseverar conmigo en la prueba» (cfr. Lc. 22,28). Pero no sólo permanecer , quedando en el estadio infantil del Bautismo, cuando el sarmiento apenas ha despuntado y se ha injertado; sino más bien crecer hacia la Cabeza (cfr. Ef. 4,15), llegar a ser adulto en la fe, es decir, llevar frutos de buenas obras.

Para un tal crecimiento hay que ser podado y dejarse podar: Todo sarmiento que lleva fruto (mi Padre) lo poda para que lleve más fruto (Jn. 15,2). ¿Qué significa que lo poda?. El campesino es muy atento cuando la vid se carga de uva para descubrir y cortar las ramas secas o superfluas para que no comprometan la maduración de todo el resto. Es una gracia grande saber reconocer, en el tiempo de la poda, la mano del Padre y no maldecir ni reaccionar desordenadamente cuando como víctimas perseguidas por no se sabe qué mala suerte.

La palabra de Cristo sobre la vid y los sarmientos adquiere un significado nuevo ahora que pasamos a la parte eucarística y sacrificial de nuestra misa. Estamos por consagrar el vino exprimido de aquella «verdadera vid» en el lagar de la pasión. Nosotros consagramos el «fruto de la vid», pero consagramos también el fruto «de nuestro trabajo», es decir, del sarmiento. Dios nos restituye como bebida de salvación lo que le hemos ofrecido bajo el símbolo del vino.

18 abril 2021

III Domingo de Pascua - 18 de abril de 2021

1. En este tercer domingo del tiempo pascual, la liturgia pone una vez más en el centro de nuestra atención el misterio de Cristo resucitado. Victorioso sobre el mal y sobre la muerte, el Autor de la vida, que se inmoló como víctima de expiación por nuestros pecados, "no cesa de ofrecerse por nosotros, de interceder por todos; inmolado, ya no vuelve a morir; sacrificado, vive para siempre" (Prefacio pascual, III). Dejemos que nos inunde interiormente el resplandor pascual que irradia este gran misterio y, con el salmo responsorial, imploremos: "Haz brillar sobre nosotros el resplandor de tu rostro". 

En la página evangélica, san Lucas refiere una de las apariciones de Jesús resucitado (cf. Lc 24, 35-48). Precisamente al inicio del pasaje, el evangelista comenta que los dos discípulos de Emaús, habiendo vuelto de prisa a Jerusalén, contaron a los Once cómo lo habían reconocido "al partir el pan" (Lc 24, 35). Y, mientras estaban contando la extraordinaria experiencia de su encuentro con el Señor, él "se presentó en medio de ellos" (v. 36). A causa de esta repentina aparición, los Apóstoles se atemorizaron y asustaron hasta tal punto que Jesús, para tranquilizarlos y vencer cualquier titubeo y duda, les pidió que lo tocaran —no era una fantasma, sino un hombre de carne y hueso—, y después les pidió algo para comer.

Una vez más, como había sucedido con los dos discípulos de Emaús, Cristo resucitado se manifiesta a los discípulos en la mesa, mientras come con los suyos, ayudándoles a comprender las Escrituras y a releer los acontecimientos de la salvación a la luz de la Pascua. Les dice: "Es necesario que se cumpla todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí" (v. 44). Y los invita a mirar al futuro: "En su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos" (v. 47).

Toda comunidad revive esta misma experiencia en la celebración eucarística, especialmente en la dominical. La Eucaristía, lugar privilegiado en el que la Iglesia reconoce "al autor de la vida" (cf. Hch 3, 15), es "la fracción del pan", como se llama en los Hechos de los Apóstoles. En ella, mediante la fe, entramos en comunión con Cristo, que es "sacerdote, víctima y altar" (cf. Prefacio pascual v) y está en medio de nosotros. En torno a él nos reunimos para recordar sus palabras y los acontecimientos contenidos en la Escritura; revivimos su pasión, muerte y resurrección. Al celebrar la Eucaristía, comulgamos a Cristo, víctima de expiación, y de él recibimos perdón y vida. 

¿Qué sería de nuestra vida de cristianos sin la Eucaristía? La Eucaristía es la herencia perpetua y viva que nos dejó el Señor en el sacramento de su Cuerpo y su Sangre, en el que debemos reflexionar y profundizar constantemente para que, como afirmó el venerado Papa Pablo VI, pueda "imprimir su inagotable eficacia en todos los días de nuestra vida mortal" (Insegnamenti, V, 1967, p. 779)...

2. En las lecturas bíblicas de la liturgia de hoy resuena dos veces la palabra «testigos». La primera vez es en los labios de Pedro: él, después de la curación del paralítico ante la puerta del templo de Jerusalén, exclama: «Matasteis al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos de ello» (Hch 3, 15). La segunda vez, en los labios de Jesús resucitado: Él, la tarde de Pascua, abre la mente de los discípulos al misterio de su muerte y resurrección y les dice: «Vosotros sois testigos de esto» (Lc 24, 48). Los apóstoles, que vieron con los propios ojos al Cristo resucitado, no podían callar su extraordinaria experiencia. Él se había mostrado a ellos para que la verdad de su resurrección llegara a todos mediante su testimonio. Y la Iglesia tiene la tarea de prolongar en el tiempo esta misión; cada bautizado está llamado a dar testimonio, con las palabras y con la vida, que Jesús ha resucitado, que Jesús está vivo y presente en medio de nosotros. Todos nosotros estamos llamados a dar testimonio de que Jesús está vivo. 

Podemos preguntarnos: pero, ¿quién es el testigo? El testigo es uno que ha visto, que recuerda y cuenta. Ver, recordar y contar son los tres verbos que describen la identidad y la misión. El testigo es uno que ha visto, con ojo objetivo, ha visto una realidad, pero no con ojo indiferente; ha visto y se ha dejado involucrar por el acontecimiento. Por eso recuerda, no sólo porque sabe reconstruir de modo preciso los hechos sucedidos, sino también porque esos hechos le han hablado y él ha captado el sentido profundo. Entonces el testigo cuenta, no de manera fría y distante sino como uno que se ha dejado cuestionar y desde aquel día ha cambiado de vida. El testigo es uno que ha cambiado de vida.

El contenido del testimonio cristiano no es una teoría, no es una ideología o un complejo sistema de preceptos y prohibiciones o un moralismo, sino que es un mensaje de salvación, un acontecimiento concreto, es más, una Persona: es Cristo resucitado, viviente y único Salvador de todos. Él puede ser testimoniado por quienes han tenido una experiencia personal de Él, en la oración y en la Iglesia, a través de un camino que tiene su fundamento en el Bautismo, su alimento en la Eucaristía, su sello en la Confirmación, su continua conversión en la Penitencia. Gracias a este camino, siempre guiado por la Palabra de Dios, cada cristiano puede transformarse en testigo de Jesús resucitado. Y su testimonio es mucho más creíble cuando más transparenta un modo de vivir evangélico, gozoso, valiente, humilde, pacífico, misericordioso. En cambio, si el cristiano se deja llevar por las comodidades, las vanidades, el egoísmo, si se convierte en sordo y ciego ante la petición de «resurrección» de tantos hermanos, ¿cómo podrá comunicar a Jesús vivo, como podrá comunicar la potencia liberadora de Jesús vivo y su ternura infinita? 

3. Romano Guardini escribe: «El Señor ha cambiado. Ya no vive como antes. Su existencia ... no es comprensible. Sin embargo, es corpórea, incluye... todo lo que vivió; el destino que atravesó, su pasión y su muerte. Todo es realidad. Aunque haya cambiado, sigue siendo una realidad tangible» (Il Signore. Meditazioni sulla persona e la vita di N.S. Gesù Cristo, Milán 1949, p. 433). Dado que la resurrección no borra los signos de la crucifixión, Jesús muestra sus manos y sus pies a los Apóstoles. Y para convencerlos les pide algo de comer. Así los discípulos «le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos» (Lc 24, 42-43). San Gregorio Magno comenta que «el pez asado al fuego no significa otra cosa que la pasión de Jesús, Mediador entre Dios y los hombres. De hecho, él se dignó esconderse en las aguas de la raza humana, aceptó ser atrapado por el lazo de nuestra muerte y fue como colocado en el fuego por los dolores sufridos en el tiempo de la pasión» (Hom. in Evang XXIV, 5: ccl 141, Turnhout, 1999, p. 201).

Que María, nuestra Madre, nos sostenga con su intercesión para que podamos convertirnos, con nuestros límites, pero con la gracia de la fe, en testigos del Señor resucitado, llevando a las personas que nos encontramos los dones pascuales de la alegría y de la paz.

11 abril 2021

II Domingo de Pascua – 11 de abril de 2021

 ¿Por qué crees en la Resurrección?

1.     El encuentro con el Resucitado.

Una de las cuestiones mas importantes en el Nuevo Testamento y que está en el origen mismo de la fe cristiana es la profunda transformación que experimentaron los apóstoles en tres días. De la desilusión y el abandono, pasaron al anuncio valiente de Jesucristo. Este paso se explica solamente a partir de un hecho: la fe en la resurrección de Jesús. Hay dos elementos que hacen posible que la fe en Jesús de Nazaret como Hijo de Dios vivo y Resucitado llegue a su plenitud en aquellos hombres cobardes y asustadizos. El primero de ellos es el anuncio de que el cuerpo del Señor no está en el sepulcro, acontecimiento que queda velado por la incertidumbre del «¿qué ha pasado?». El segundo, que aclarada esta incertidumbre, son los encuentros entre Jesús Resucitado y aquellos que habían compartido el ministerio público con Él.

En esos encuentros el mismo Jesús que fue crucificado y cuyo cuerpo habían depositado en un sepulcro, quien ahora sale al encuentro de sus discípulos para disipar sus miedos y para confirmar que está vivo para siempre. Una idea puede cambiar la mente, pero solo un encuentro puede cambiar el corazón. Las palabras pronunciadas por Jesús, antes y después de la Resurrección, iluminaron la mente de los discípulos para comprender todo lo que se refería al Mesías y a sus padecimientos, pero solo el encuentro con el mismo Cristo cambió el miedo y la tristeza de su corazón y los hizo valientes comunicadores del evangelio a todos los que se acercaban a ellos. Su vida cambió para siempre desde aquellos encuentros.

Es posible que los cristianos de hoy hayamos olvidado la importancia que tiene para nuestra vida el encuentro con Cristo. El evangelio de hoy nos habla de la actitud del apóstol Tomás, había oído hablar de que Jesús había resucitado, le había llegado la noticia, pero no se había encontrado con Él, por eso, no cree lo que sus compañeros le dicen. Es posible que nosotros hayamos oído hablar mucho de Cristo, pero la pregunta que queda en el aire es: ¿nuestra fe se sustenta en lo que hemos oído o hemos tenido un encuentro personal con Cristo? Incluso, es posible que estemos en las cosas del Señor, pero lo que debemos preguntarnos es si estamos con el Señor. La Pascua es este tiempo privilegiado en el que, como un eco, sigue resonando la Resurrección de Jesús, un anuncio que es una llamada a que busquemos, a través de la oración y la participación en la eucaristía, el encuentro personal con Jesús Resucitado que transforme nuestra vida a la manera en que lo hizo con los apóstoles.

2.     El cumplimiento de sus Palabras.

Jesús se aparece a los discípulos. Estamos ante la aparición o el encuentro más importante. San Pablo en la primera carta a los Corintios, menciona esta aparición: "Que se  apareció  a Pedro  y luego a los doce”  (1 Cor l5,5).  

Jesús había dicho: volveré a estar con vosotros (Jn l4,l8); el evangelista constata: se presentó  en medio de ellos (Jn 20,l9). Jesús  había prometido: dentro de poco volveréis a verme ( Jn l6,l6 ss,); el evangelista afirma: los discípulos  se llenaron de alegría al ver al Señor ( Jn. 20,20). Jesús anunció: os enviaré el Espíritu (Jn l4,26...) y tendréis paz ( Jn l6,33); el evangelista recoge las palabras de Jesús: la paz con vosotros... y recibid el Espíritu Santo ( Jn 20,2l).  

Este evangelio presenta  algunas peculiaridades dignas de ser tenidas en consideración por su riqueza teológica. “Al anochecer  de aquel día, el día primero de la semana...A los ocho días, estaban  otra vez dentro  los discípulos  y Tomas con ellos”. El  primer día (el domingo), día de la Resurrección, día de la Eucaristía. Su valor litúrgico es muy importante. El primer día de la nueva creación: “Separó Dios la luz de la tiniebla. Llamó a la luz “día” y a la tiniebla “noche” (Gn 1) El cumplimiento de su promesa, nos abre los ojos para reconocer que Él es la luz.

San Juan acentuará la identidad entre el Jesús de la historia y el Cristo de la resurrección. Lejos de Juan el pensar que la resurrección de Jesús  es la vuelta de un cadáver a la vida. El que se aparece a los discípulos es el mismo Jesús  que desde la cruz  atrajo a todos hacia  él, ya que  dio la vida por amor. La insistencia  en la vida terrena  de Jesús  y en la plenitud de su existencia  humana  se hallan, una vez más, afirmadas  contra los enemigos gnósticos.  

“Paz a vosotros”, este saludo  se llega a repetir  tres veces en este texto evangélico. Estas palabras  son las primeras  que el Viviente dirige a sus discípulos  reunidos, Jesús  no utiliza  el saludo ordinario, el Shalom acostumbrado de los judíos; tampoco se trata de  un deseo, que se traduciría  erróneamente  por “¡La paz  esté con  vosotros!”; se trata del don efectivo de la paz:” Es la paz, la mía, la que  os doy; no os la doy  a la manera del mundo” ( Jn l4,27).  Quizas en el pensamiento humano se esperaba una corrección y venganza: por sus negaciones, traiciones, abandono… Pero las primera palabras son: “Paz a vosotros”

“...exhaló  su aliento  sobre ellos  y les dijo: Recibid el Espíritu Santo”. También en el Génesis aparece que para llenar la creación de vida, Dios exhaló su aliento. Jesús resucitado exhala su aliento sobre la comunidad y le da vida.

“Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos  cuando vino  Jesús... Si  no veo en sus manos  la señal de los clavos, si no meto  el dedo  en el agujero  de los  clavos... no lo creo... A los ocho días, estaban  otra vez dentro los discípulos  y Tomás con ellos... Dijo a Tomás: trae tu dedo, aquí tienes  mis manos; trae tu  mano  y métela en mi costado ; y no  seas incrédulo, sino creyente” (Evangelio). La pertenencia a la comunidad, nuestra necesidad de estar presencialmente y de volver a cumplir el mandato del Señor: “Haced esto en memoria mía” Podemos decir que Tomás  representa la imagen del que pasa de la increencia  o de la dificultad de la fe a la verdadera  profesión  de fe, diciendo “¡Señor y Dios mío!”.  

La increencia  o no aceptación  de la resurrección de Jesús por parte de sus discípulos  tiene  buenas  razones  que la justifiquen . Es un acontecimiento  que escapa  el control  humano; rompe el molde de lo estrictamente  histórico y se sitúa en el plano de lo  suprahistórico; no pueden aducirse  pruebas  que nos lleven a la evidencia racional. 

La primera  carta de Juan asegura que la fe en Cristo nos hace hijos de Dios: “Queridos  hermanos: Todo  es que cree que Jesús  es el Cristo  ha nacido de Dios; y todo el que ama  a Aquel  que da el ser, ama  también al que ha nacido de él. En esto  conocemos  que amamos  a los hijos de Dios: si amamos  a Dios  y cumplimos  sus mandamientos” (Segunda lectura). 

Expresa  la relación íntima  que  hay  entre la fe y el amor, hasta el punto de que aparecen  como complementarios  e inseparables. Sobre todo  en el sentido de que quien  cree en Jesús  ha de amar necesariamente  a los hermanos. El amor a los demás es  garantía de la fe en Jesús. Igualmente, tampoco  pueden separarse el amor a los demás  y el amor a Dios. La relación  cristiana con Dios está totalmente  basada en el amor, y por tanto no debe  de resultar  nunca pesado hacer la voluntad de Dios  y cumplir sus mandamientos.  

3.  Características de la Comunidad Pascual

Uno  de los elementos  más destacados es la comunión  entre los creyentes. Tal actitud es realmente  profunda, ya que  afecta al interior de las personas, unidas  hasta el punto de “pensar y sentir lo mismo”. A la  vez, tiene consecuencias  externas  más concretas, que llegan hasta la comunión de bienes. 

La vida  nueva de Cristo  y la fe en él hacen posible  una nueva mentalidad y una nueva  manera de vivir. Aquellos  que de verdad acogen a  Cristo  resucitado en su vida experimentan  un cambio radical, que les empuja a una verdadera comunión fraterna. “En el grupo  de los creyentes  todos pensaban  y sentían  lo mismo: lo poseían  todo en común  y nadie llamaba  suyo propio  nada de lo que  tenía. Los apóstoles  daban  testimonio  de la resurrección  del Señor con mucho valor”  

Lucas ha  presentado  una imagen de la comunidad cristiana original; se ha servido del Antiguo Testamento: “Así no habrá  pobres junto a ti” (Dt l5,4).  

La Comunidad de Hechos de los Apóstoles  está seducida,” enamorada”  del Señor; deseo reproducir  sus rasgos sin valorar excesivamente las consecuencias. 

La comunidad cristiana facilita que “veamos” al Señor, que experimentemos su presencia, porque como Él ya había dicho: donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos (Mt 18, 20)

Y el Evangelio de hoy finalizaba con estas palabras: Estos [signos] se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre. La Palabra de Dios es otro de los pilares de nuestra fe y en ella encontramos las razones para responder por qué creemos en la Resurrección de Cristo.

Pero sobre todo, en el Evangelio Jesús les dijo: Recibid el Espíritu Santo… La respuesta a por qué creemos en la Resurrección de Cristo no la vamos a encontrar sólo con nuestros razonamientos. Es el Espíritu Santo que hemos recibido en nuestro Bautismo y Confirmación, el Espíritu Santo que, como decía la 2ª lectura, es quien da testimonio porque el Espíritu es la verdad, nos hace entender la Palabra de Dios y descubrir la presencia del Resucitado por nosotros mismos, sin necesidad de “ver y tocar”, y nos convertirá en testigos creíbles cuando también afirmemos: Hemos visto al Señor.      

¿Me han preguntado o me he preguntado “por qué crees en la Resurrección de Cristo”? ¿He sabido responder? ¿Vivo mi fe de un modo oculto, individualista, o en la comunidad parroquial? ¿Leo y hago oración con la Palabra de Dios? ¿Invoco al Espíritu Santo para descubrir al Resucitado?

La 1ª lectura decía que los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor con mucho valor. Un testimonio de palabra refrendado por sus obras: pensaban y sentían lo mismo, ninguno pasaba necesidad… La fe en Cristo Resucitado se nos tiene que notar, a cada uno y a la comunidad.

El  domingo II de Pascua, último día de la Octava de Resurrección, por expreso deseo del Papa San Juan Pablo II  es designado como el domingo de la Divina Misericordia. 

“Dios de misericordia infinita, que reanimas la fe de tu pueblo con el retorno anual de las fiestas pascuales" (Primera parte de la Oración Colecta). Este Dios, al cual la Iglesia se dirige por medio del Sacerdote, es contemplado como el Dios de la Misericordia  infinita. Esta oración es como una invitación a  no olvidar un rasgo primordial de Dios: misericordioso.  

El estribillo del salmo responsorial (el salmo pascual ll7) dice“al Dad gracias Señor porque es bueno, porque es eterna  su misericordia”. Dios merece  ser alabado, festejado, ensalzado, porque es eterna su misericordia  

Continúa el salmo exhortando, animando: “Diga la casa de Israel: eterna es su misericordia. Diga la casa de Aarón: eterna  es su misericordia. Digan  los fieles del Señor: eterna es su  misericordia”  

El creyente oye una voz, que le viene de  los cuatro puntos cardinales: DIOS ES MISERICORDIOSO.

05 abril 2021

Felicitación de Pascua del Párroco

 




04 abril 2021

Pascua de Resurrección 2021

Conocéis lo que sucedió en el país de los judíos

Lo que rememoramos no es una idea o una doctrina, sino hechos, acontecimientos, en los que Dios ha ido haciendo su trabajo en la historia para el bien de los humanos. La vida y la palabra de Jesús sorprenden y conmueven siempre porque cuanto Él dijo e hizo es una revelación de Dios, que estaba con Él.
Como los primeros cristianos, los creyentes nos sentimos movidos por el Espíritu a ser testigos de ese amor desbordante de Dios. No hay fe sin este compromiso con la vida. Somos sus testigos en la medida en que continuamos con Él la apuesta por los que sufren las consecuencias del pecado: el dolor, la soledad, la pobreza, la violencia, las marginaciones y exclusiones, el sin-sentido de una vida construida a sus espaldas y a las espaldas del Dios de la vida, del Padre del Resucitado.

Vuestra vida está con Cristo escondida en Dios como panes ázimos

Nos toca vivir con la mirada fija en el cielo, donde está Jesús, pero con los pies y las manos bien anclados en la tierra y en la historia. Desde el realismo del creyente, cada vez tenemos una conciencia más aguda y sensible de que nuestra vida está amenazada por los desequilibrios introducidos por los poderes del mundo, por la crisis humanitaria y económica, por el deterioro medioambiental, por esta larga pandemia, signo de tantas otras. Corremos el peligro de situarnos en la desesperanza, el pesimismo y la resignación. Y quizá en lo que es peor: la preocupación morbosa por la propia seguridad; así nuestra vida se pierde y se muere.
Para los cristianos, ninguna de esas crisis es definitiva. Nuestra vida está radicalmente salvada por el misterio de Jesús que ha padecido nuestros males, pero los ha vencido en su Resurrección. La vida, y no ninguna de sus amenazas, tiene la última palabra.
Pero no cualquier tipo de vida, sino una vida pascual, la que se asienta en la sinceridad y en la verdad, en lo transitorio que nos lleva a lo eterno, la que es levadura de amor y así puede fermentar la masa. La inseguridad demanda alguna certeza, y la del amor es mucho más firme que la de nuestras cautelas. El amor siempre produce sorpresas.

La losa quitada del sepulcro

La mañana de la Pascua fue una mañana de sorpresas para los amigos de Jesús. Anoche, Marcos nos hablaba de un grupo de mujeres preocupadas por quién les ayudaría a mover la losa que cubría el cuerpo del Señor. Pero la losa estaba ya corrida. Y un joven les anunciaba que había resucitado. Hoy es María Magdalena quien en un primer momento piensa que alguien se ha lo ha llevado del sepulcro.
¿No les quedará a los suyos ni el consuelo de contemplar el rostro del amigo y de cuidar sus despojos?
Tuvieron que esperar a que Juan entrase en el sepulcro y cayera en la cuenta de que había ocurrido lo que el propio Jesús les había anunciado: que resucitaría de entre los muertos. Juan vio y creyó. Los relatos de la tumba vacía son una forma muy bella de expresar que, de ahora en adelante, como alguien ha dicho, la única reliquia de Jesús es la comunidad cristiana.
Una comunidad que no nació de una ilusión colectiva, sino de la experiencia compartida de que Jesús ha resucitado. Fue una experiencia que tuvo su proceso. No excluyó el miedo de las mujeres, las dudas de Tomás o el desánimo de los de Emaús. Pero el Espíritu abrió puertas, disipó temores, y afianzó su fe en que de otra manera, menos sensible, pero no menos real, Él sigue caminando con ellos, comiendo con ellos, regalándoles su presencia y su palabra y convocándoles a su misión, la de anunciar que la muerte no ha interrumpido la historia, sino que la ha transformado.

¿No sabemos dónde le han puesto?

María Magdalena expresa su desconcierto lamentándose de que no sabía dónde habían puesto al Señor. Pero ella, apóstola de apóstoles, supera pronto el dolor de la distancia. Y en la palabra del Maestro que la llama a la serenidad y al futuro le descubre vivo y comprometido con la vida de la gente. Que para eso vino al mundo. Y para ello sigue en él.
Los cristianos sabemos “donde le han puesto”: donde dos tres se reúnen en su nombre ahí está Él. Resucitándole, el Padre le ha puesto en el corazón de cada comunidad y de cada creyente, en las personas convencidas de que la historia no se acaba porque queda mucho por hacer en ella, en los dramas de quienes reclaman nuestra solidaridad, en la energía de quienes no se resignan a perder su libertad ni su dignidad.  Jesús está donde hay vida y ganas de vivir y compromisos para que vivan todos.
Nosotros somos sus testigos si seguimos abriendo caminos con Él para que el Reino llegue a nuestra historia. La Pascua que repetimos no es sólo un rito anual con el que romper la monotonía de lo cotidiano. Es rememorar los orígenes de nuestra fe desde la experiencia de que, como Él, hemos pasado de la muerte a la vida porque amamos a los hermanos.
Celebramos la Pascua renovando la fe y el amor hacia este Dios que no es un Dios de muertos, sino de vivos. Y volcando nuestro amor, cuidado y compañía, hacia aquellos que aun sufriendo los vestigios de la muerte aspiran a una vida en plenitud. 

¡Feliz Pascua de Resurrección!

28 marzo 2021

Domingo de Ramos – 28 de marzo de 2021

¿Qué sucedió el domingo de Ramos y qué significa?, no sólo para aquella hora, sino para toda época, es importante un detalle, que también para sus discípulos se transformó en la clave para la comprensión del acontecimiento, cuando, después de la Pascua, repasaron con una mirada nueva aquellas jornadas agitadas. 

Jesús entra en la ciudad santa montado en un asno, es decir, en el animal de la gente sencilla y común del campo, y además un asno que no le pertenece, sino que pide prestado para esta ocasión. No llega en una suntuosa carroza real, ni a caballo, como los grandes del mundo, sino en un asno prestado. San Juan nos relata que, en un primer momento, los discípulos no lo entendieron. Sólo después de la Pascua cayeron en la cuenta de que Jesús, al actuar así, cumplía los anuncios de los profetas, que su actuación derivaba de la palabra de Dios y la realizaba. Recordaron -dice san Juan- que en el profeta Zacarías se lee:  "No temas, hija de Sión; mira que viene tu Rey montado en un pollino de asna" (Jn 12, 15; cf. Za 9, 9). 

Para comprender el significado de la profecía y, en consecuencia, de la misma actuación de Jesús, debemos escuchar todo el texto de Zacarías, que prosigue así:  "El destruirá los carros de Efraím  y  los caballos de Jerusalén; romperá el arco de combate, y él proclamará la paz a las naciones. Su dominio irá de mar a mar y desde el río hasta los confines de la tierra" (Za 9, 10). Así afirma el profeta tres cosas sobre el futuro rey. 

1.- En primer lugar, dice que será rey de los pobres, pobre entre los pobres y para los pobres. La pobreza, en este caso, se entiende en el sentido de la primera bienaventuranza del Sermón de la montaña. Uno puede ser materialmente pobre, pero tener el corazón lleno de afán de riqueza material y del poder que deriva de la riqueza. Precisamente el hecho de que vive en la envidia y en la codicia demuestra que, en su corazón, pertenece a los ricos. Desea cambiar la repartición de los bienes, pero para llegar a estar él mismo en la situación de los ricos de antes. 

La pobreza, en el sentido que le da Jesús -el sentido de los profetas-, presupone sobre todo estar libres interiormente de la avidez de posesión y del afán de poder. Se trata de una realidad mayor que una simple repartición diferente de los bienes, que se limitaría al campo material y más bien endurecería los corazones. Ante todo, se trata de la purificación del corazón, gracias a la cual se reconoce la posesión como responsabilidad, como tarea con respecto a los demás, poniéndose bajo la mirada de Dios y dejándose guiar por Cristo que, siendo rico, se hizo pobre por nosotros (cf. 2 Co 8, 9). 

Esta libertad sólo puede hallarse si Dios llega a ser nuestra riqueza; sólo puede hallarse en la paciencia de las renuncias diarias, en las que se desarrolla como libertad verdadera. Al rey que nos indica el camino hacia esta meta -Jesús- lo aclamamos el domingo de Ramos; le pedimos que nos lleve consigo por su camino. 

2.- En segundo lugar, el profeta nos muestra que este rey será un rey de paz. En la figura de Jesús esto se hace realidad mediante el signo de la cruz. Es el arco roto, en cierto modo, el nuevo y verdadero arco iris de Dios, que une el cielo y la tierra y tiende un puente entre los continentes sobre los abismos. La nueva arma, que Jesús pone en nuestras manos, es la cruz, signo de reconciliación, de perdón, signo del amor que es más fuerte que la muerte. Cada vez que hacemos la señal de la cruz debemos acordarnos de no responder a la injusticia con otra injusticia, a la violencia con otra violencia; debemos recordar que sólo podemos vencer al mal con el bien, y jamás devolviendo mal por mal. 

3.- La tercera afirmación del profeta es el anuncio de la universalidad. Su país es la tierra, el mundo entero. Superando toda delimitación, él crea unidad en la multiplicidad de las culturas. Atravesando con la mirada las nubes de la historia que separaban al profeta de Jesús, vemos cómo desde lejos emerge en esta profecía la red de las comunidades eucarísticas que abraza a la tierra, a todo el mundo, una red de comunidades que constituyen el "reino de la paz" de Jesús de mar a mar hasta los confines de la tierra. 

Él llega a todas las culturas y a todas las partes del mundo, adondequiera, en nuestra capilla de la Base de Morón, en nuestra Parroquia de El Coronil, en la catedral de Wasighton... Por doquier él es el mismo, el Único, y así todos los orantes reunidos, en comunión con él, están también unidos entre sí en un único cuerpo. Cristo domina convirtiéndose él mismo en nuestro pan y entregándose a nosotros. De este modo construye su reino. 

La multitud aclama a Jesús:  "Hosanna, bendito el que viene en nombre del Señor” (Mc 11, 9; Sal 118, 25). Ahora la gente grita con palmas en las manos, delante de Jesús, en quien ve a Aquel que viene en nombre del Señor. ¿Cuándo gritas tu también “hosanna”? ¿Cómo eres un signo de esperanza (pobreza,paz)? En efecto, la expresión "el que viene en nombre del Señor" se había convertido desde hacía tiempo en la manera de designar al Mesías. En Jesús reconocen a Aquel que verdaderamente viene en nombre del Señor y les trae la presencia de Dios. Este grito de esperanza de Israel, esta aclamación a Jesús durante su entrada en Jerusalén, ha llegado a ser con razón en la Iglesia la aclamación a Aquel que, en la Eucaristía, viene a nuestro encuentro de un modo nuevo. Con el grito "Hosanna" saludamos a Aquel que, en carne y sangre, trajo la gloria de Dios a la tierra. Saludamos a Aquel que vino y, sin embargo, sigue siendo siempre Aquel que debe venir. Saludamos a Aquel que en la Eucaristía viene siempre de nuevo a nosotros en nombre del Señor, uniendo así en la paz de Dios los confines de la tierra. 

Esta experiencia de la universalidad forma parte esencial de la Eucaristía. Dado que el Señor viene, nosotros salimos de nuestros particularismos exclusivos y entramos en la gran comunidad de todos los que celebran este santo sacramento. Entramos en su reino de paz y, en cierto modo, saludamos en él también a todos nuestros hermanos y hermanas a quienes él viene, para llegar a  ser  verdaderamente un reino de paz en este mundo desgarrado. 

Las tres características anunciadas por el profeta -pobreza, paz y universalidad- se resumen en el signo de la cruz. Hubo un período -que aún no se ha superado del todo- en el que se rechazaba el cristianismo precisamente a causa de la cruz. La cruz habla de sacrificio -se decía-; la cruz es signo de negación de la vida. En cambio, nosotros queremos la vida entera, sin restricciones y sin renuncias. Queremos vivir, sólo vivir. No nos dejamos limitar por mandamientos y prohibiciones; queremos riqueza y plenitud; así se decía y se sigue diciendo todavía. ¿Cuándo hemos gritado: “crucifícalo”? ¿Has repetido las palabras del salmo: “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado”? Relaciona estas cuestiones con la cruz redentora del Señor.

Todo esto parece convincente y atractivo; es el lenguaje de la serpiente, que nos dice:  "¡No tengáis miedo! ¡Comed tranquilamente de todos los árboles del jardín!". Sin embargo, el domingo de Ramos nos dice que el auténtico gran "sí" es precisamente la cruz; que precisamente la cruz es el verdadero árbol de la vida. No hallamos la vida apropiándonos de ella, sino donándola. El amor es entregarse a sí mismo, y por eso es el camino de la verdadera vida, simbolizada por la cruz.

Amén 

22 marzo 2021

Semana Santa 2021