15 agosto 2020

Sábado 15 de Agosto - Solemnidad de la Asunción de la Virgen María al cielo

Ntra. Sra. De los Remedios, Patrona de El Coronil

Celebramos la fiesta de la Asunción de la Virgen, en la cual recordamos que María ha entrado en la gloria en cuerpo y alma, detrás de Cristo, como primicia de la Resurrección futura. La constitución Lumen Gentium, del Concilio Vaticano II dice: “La madre de Jesús, de la misma manera que ya glorificada en los cielos en cuerpo y alma, es la imagen y principio De la Iglesia, que ha de ser consumada en el futuro, así en esta tierra hasta que llegue el día del Señor, antecede con su luz al pueblo De Dios peregrinante, como signo de esperanza y de consuelo”.

Contemplamos a María como signo de lo que la Iglesia será. Nadie ha sufrido más con Cristo que Ella, y nadie, por ello, es más glorificada con Cristo que María.
¿En qué consiste la gloria de María? Hay una gloria de María que podemos ver en la tierra. ¿Qué criatura humana ha sido más amada e invocada, en la alegría, en el dolor y en el llanto? ¿Qué nombre ha brotado más frecuentemente que el suyo en los labios de los hombres? ¿Y esto no es gloria? ¿A qué criatura después de Cristo, han enaltecido los hombres con más plegarias himnos y catedrales? “Me felicitarán todas las generaciones” había dicho María de sí misma y veintiún siglos después demuestran que fue una verdadera profecía.

Grande ha sido en la tierra la gloria de María. ¿Qué es la gloria De Dios? La gloria De Dios es, Dios mismo, en cuanto que su ser es luz, belleza, y esplendor, pero sobre todo Amor. Gloria es el esplendor De Dios. La verdadera gloria de María consiste en la participación en esta gloria De Dios. En estar ya “llena de gracia”, en esta gloria María realiza esta vocación que toda criatura y la Iglesia ha sido creada: “Alabanza de la Gloria”. María alaba a Dios y alabando se alegra, goza y exulta.

¿Qué parte tenemos nosotros en el corazón y en los pensamientos de María? ¿Nos ha olvidado en su gloria? Como Esther, introducida en el palacio del Rey, ella no se ha olvidado de su pueblo, sino que intercede por él.

María intercede. De Jesús resucitado se ha dicho que intercede por nosotros ante el Padre, María intercede por nosotros ante el Hijo.

La mediación de María es subordinada a la de Cristo, no la oscurece, sino al contrario la pone a plena luz. En este sentido la función de María puede ser ilustrada con la imagen de la luna. La luna no brilla con luz propia, sino por la luz del sol, que recibe y se refleja en la tierra; y María no brilla con luz propia sino con la luz de Cristo. La luna hace luz de noche, cuando el sol se ha puesto y antes de que surja de nuevo; María ilumina con frecuencia a quienes atraviesan la noche de la fe y de la prueba, o que viven en las tinieblas del pecado, si se dirigen a ella y la invocan.
Cuando por la mañana surge el sol la luna se aparta y no pretende competir con él.

Todo esto es lo que María es y hace por nosotros, ¿y nosotros he debemos de hacer por Ella?

Contemplemos a María que sube al cielo en cuerpo y alma, “que esté en cada uno el alma de María para magnificar al Señor, que esté en cada uno el espíritu de Maria para exultar a Dios”.

Nuestra Señora de los Remedios, Ruega por nosotros.

Amén

08 agosto 2020

Domingo XIX del tiempo Ordinario – 09/08/2020

El domingo pasado la escena del Evangelio era de alegría. Jesús multiplica los panes y los peces, todos han comido y se han saciado.
Jesús ordena a sus discípulos subir a la barca y marcharse. No quiere que se acomoden al éxito y olviden cual es el camino que tienen que recorrer. Ahora que todos estaban saciados despide a la gente.
Jesús se retira a la montaña para orar. La noche va llegando y hay un fuerte viento y la barca de los apóstoles tiene peligro de hundirse. Jesús viene a su encuentro “de madrugada” andando sobre las aguas. Pedro le pregunta: ¿Señor eres tu? Y Jesús le responde: ven
Pedro ha sentido miedo y comienza a hundirse, pero le grita al Señor: Señor sálvame.
Jesús extiende la mano, tira de él y le dice: Qué poca fe, ¿porqué has dudado?

Jesús ha subido al cielo, dónde vive intercediendo por los suyos. Aquella tarde empujó la barca en el lago, ahora, empuja la barca desde el cielo. Entonces se había levantado un viento contrario, ahora la Iglesia vive experiencia de persecución y contrariedad. ¿Sientes ese viento contrario en tu vida? En esta situación ¿Qué experiencia tenemos del recuerdo de aquella noche? Que Jesús no está lejano y ausente, que se puede contar siempre con Él. Que Jesús les ordena ir andando sobre las aguas, contrarias de este mundo, apoyados únicamente por la fe.
No será fácil habrá momentos de oscuridad, incluso nos preguntaremos, si ha sido un fantasma, esto es, si lo vivido o creído ha sido una ilusión o deslumbramiento.

¿Cuál es ese viente contrario? ¿Cuál es esa falta de fe?
Tenemos que buscar e identificar en nuestra vida la barca hundiéndose: en el matrimonio, el negocio, la salud... El viento contrario puede ser, la hostilidad, la incomprensión, la enfermedad...
Durante algún tiempo, quizás hemos decidido no perder la fe y confiar en Dios, caminando sobre las aguas, esto es fiándonos únicamente de la ayuda De Dios. Pero, después, viendo la prueba larga y dura, hay un momento en el que nos parece no conseguir el objetivo y comenzamos a hundirnos. Hemos perdido la valentía. Este es el momento de recordar este evangelio y escuchar las palabras de Jesús a los apóstoles: “Soy yo, no tengáis miedo”.

Anda sobre las aguas
De vez en cuando tenemos en los evangelios escenas desconcertantes, incluso como para dudar si hablarán de películas, virtuales o físicas, si sucedieron como suena. Aunque aceptamos que los evangelistas describen muchas veces escenas con perspectiva simbólica, como hijos de su tiempo.

Así, la nave de Pedro es símbolo, figura de la Iglesia; el mar, del mundo en cuanto aventura, con sus secretos, riesgos, peligros. En la nave-Iglesia pasan cosas que desconciertan. Puede llegarse a pensar que Jesús ha desaparecido, que hemos quedado solos. Pero sus palabras suenan reales: ir al otro lado del mar; allá os esperaré...

¿Al otro lado de la vida? Me gusta pensar que puedo darle un sentido a esas palabras: tal vez Jesús me está esperando en la playa de la Vida Verdadera y esa esperanza me lleva a navegar con confianza mientras vivo. Pero los evangelistas tienen otra perspectiva: Jesús camina sobre la piel y las olas del mar y, además, de noche. ¿Qué significará?

Los que estudian el simbolismo en los evangelistas piensan que lo más importante que buscan es presentar a Jesús como Dueño del mar, es decir, Señor no solo de la tierra, sino del mar y de cuanto contiene: camina sobre las olas sin perecer; con él se navega con seguridad. Jesús es el Señor de todo; nos dice como a Pedro: ¿Por qué tienes miedo?

¿Cómo no sorprenderse ante las acciones de Jesús, ante sus milagros? En ellos descubrimos una constante: actualizan el poder con que Dios creó el mundo: su Palabra.

Jesús, Palabra hecha carne, revela hoy su divinidad; la manifiesta oportunamente para que la fe en él nazca y crezca.

Tenemos aquí cada uno como un termómetro de fe. Con la mano en el corazón:

• ¿Creo que vale la pena seguirlo, trabajar por la justicia y la paz, por lo que él ha dado su vida y sigue dándola?

• ¿Creo que en la otra vida seré feliz o me parece que la alegría eterna en Dios es pura fantasía? No, me digo, Jesús es la Verdad y me da la Verdad.

El Jesús que camina sobre las aguas es el Dios que creó el cielo, la tierra y el mar. Es el Señor, el único que puede llevar a la humanidad a su destino. Cito de un estudioso de la figura de Jesús (G.Lohfink). Dice: “Jesús pide fe para que pueda producirse un milagro. Los milagros surgen de las miserias que le salen a su encuentro, son inicio del mundo nuevo que Dios quiere, son señales de que el reino de Dios entra con fuerza y se cumplen las promesas de las Escrituras”

Creamos en este Jesús, que hoy hizo caminar en la noche sobre el mar a Pedro. Pidámosle su mano como Pedro se la pidió: de su mano caminaremos seguros como si el mar de la vida fuese tierra tan firme como la que pisamos.

Con él y en comunidad, acogiendo su Espíritu, no tendremos peligro de extraviarnos. Él irá delante, no yo; si me pongo yo delante, podré estrellarme; yendo él, abre camino seguro. Termino recordando el caso de una chica que, de manera extraordinaria, vivió la noche. Había nacido sorda; quiso estudiar medicina pensando llegar a investigar su caso; casi acabada la carrera, quedó ciega y paralítica. Prisionera en aquella noche cerrada, para ella Jesús es luz y alegría; dicta a su madre cartas a enfermos como ella, los invita a descubrir a Jesús: “con él venzo las noches del alma, las tormentas y angustias de la vida”. Se llamaba Benedetta; fue y es hoy bendición para quien siga su ejemplo. Seguía a Jesús, se dejaba guiar, no se ponía delante. Como Pedro, tendía a Jesús su mano necesitada.

¿No debemos pedirle a Jesús su mano cuando nos sentimos en peligro? Cojámosela y no la soltemos. Jesús, que, creyendo en ti, venzamos contigo nuestras oscuridades, los momentos negros en el mar revuelto o sereno de la vida.

Feliz semana

01 agosto 2020

Domingo XVIII del Tiempo Ordinario – 02/08/2020

Los Apóstoles habrían querido que Jesús les dijera a la gente: “la misa ha terminado, podéis ir en paz”.

Jesús les dice: “Dadles vosotros de comer”. Ellos le contestan: “Sólo tenemos cinco panes y dos peces”. Invita a la gente a sentarse.... orar... y lo distribuye a la gente.

Eran cinco mil hombres, es el picnic mas grande de la historia. Cuando dice, que sin contar mujeres y niños, era porque cada hombres representaba a una familia, era la mentalidad de la época.

¿Qué nos dice a nosotros el Evangelio?

Jesus se preocupa y siente compasión de la humanidad en su cuerpo y su alma. A las alma les distribuye la Palabra y a los cuerpos, la curación y el alimento.¿por qué no lo hace también hoy? ¿Por qué no multiplica el pan para tantos miles de millones de hambrientos? Jesús sigue multiplicando el pan y los peces.Si estamos en el campo en este tiempo de verano, el campo está produciendo. Si estamos junto al mar, las redes llegan llenas de peces. Es un milagro de la naturaleza

No quiero poner al mismo nivel el milagro de la naturaleza y el milagro del Evangelio. Jesus hizo este milagro de multiplicar de forma extraordinaria los panes, para ayudarnos a descifrar la multiplicación ordinaria que se produce cada año ante nuestro ojos.

¿Por qué siguen faltando panes a tantas personas? Jesús no lo hizo como si fuera un mago, sino que preguntó antes qué tenían de comer e invitó a compartir lo poco que había.

Lo mismo hace hoy. Nos pide que pongamos en común los recursos de la tierra. ¿cómo podemos acusar a nuestro Dios de no ofrecer pan suficiente para todos, cuando destruímos y tiramos toneladas de comida? Quizás sea pensar en la mejor distribución, mayor solidaridad, compartir...

La multiplicación nos hace pensar en la Eucaristía. La multiplicación del cuerpo de Cristo. La representación mas antigua de la Eucaristía es una canasta con cinco panes y dos peces. En el fondo, lo que hacemos en este momento de nuestra meditación, es una multiplicación de los panes, el pan de la palabra De Dios. Yo he partido el pan de la palabra, y se ha multiplicado entre quien la ha escuchado y después leído.

Queda: Recoger las sobras. Hacer llegar la palabra a quien no ha participado en el banquete. Hacerse testigos de la palabra. Dios os premie vuestra colaboración.


Deseo y búsqueda

Los humanos andamos hambrientos y sedientos, y buscamos el pan que calme nuestras hambres y el agua que sacie nuestra sed y dé sentido a la vida. Decir esto en los tiempos que corren puede parecer una afirmación gratuita. Sabemos que hay muchos que, instalados y seguros en sus riquezas, ya no buscan; están satisfechos con lo que tienen y tranquilos en su bien-estar. ¿Somos nosotros, que nos acercamos a la mesa de la palabra y a la mesa del pan, alguno de ellos? ¿O asistimos a una liturgia sin hambre y sin sed? La palabra de Dios nos saca del posible letargo. Oíd.

«Oíd, sedientos todos»

El segundo Isaías es un profeta en el exilio. En un clima de agotamiento y cierta incredulidad, intenta levantar el ánimo de los desterrados con la esperanza de una pronta vuelta a la tierra. Había también un resto (anawin) que en su silencio y pobreza mantenían la fe en el Dios liberador de sus padres. «Oíd, sedientos todos: acudid por agua también los que no tenéis dinero. ¿Por qué gastáis dinero en lo que no alimenta? Escuchadme atentos, y comeréis bien, saborearéis platos sustanciosos». Esta palabra se ofrece también hoy de manera gratuita a los insatisfechos verdaderamente sedientos.

Hambrientos

A Jesús acuden hambrientos y sedientos. Son muchos. «Vio Jesús el gentío, le dio lástima y curó a los enfermos». No puede pasar ante las situaciones humanas de sufrimiento sin sentirse llamado a intervenir. Detecta inmediatamente la necesidad y las atiende entregándoles su palabra, su tiempo y su acción. Es misericordia en acción. Puestos ante él nos atrevemos a preguntarnos qué produce en nosotros la cercanía a tanto sufrimiento y necesidad como hoy nos rodea. ¿Fastidio, indiferencia, mala conciencia…? ¿O una conmoción que nos empuja a implicarnos según nuestras posibilidades siguiendo a Jesús? También los discípulos que acompañaban a Jesús se dieron cuenta de que la gente necesitaba comer, pero se desentienden de dar respuesta a esa necesidad: «Despídelos ya para que puedan ir a las aldeas más próximas a pedir o comprar pan». Es su problema.

Dadles vosotros de comer

Para Jesús el hambre de los otros es problema suyo y enseña que también lo es de sus discípulos. «Traed los que tengáis», les dice. Este imperativo desata la dinámica del compartir. No valen excusas y decir que sólo tenemos lo justo nosotros.

Los discípulos obedecen la palabra del maestro y la gente se sienta en esa mesa que Jesús ha preparado. Hubo para todos y sobró. Ayer como hoy lo poco compartido alcanza a todos y aun sobra. El milagro del compartir. La solidaridad en presente. En la perspectiva eclesial y eucarística en que está escrito el pasaje las hambres y necesidades de la gente comprometen la acción de la iglesia, se hacen presentes y entran a formar parte de la eucaristía. «Tomando los cinco panes y los dos peces pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos, y los discípulos se los dieron a la gente». La iglesia entera ha de ser mediadora del amor y la misericordia de Dios hacia el mundo y del agradecimiento y respuesta de la humanidad.

30 julio 2020

Horarios de verano 2020

MISAS

Agosto
  Sábado 20:00
  Domingo 12:00
-Sábado 15 12:00 solemne misa de Ntra. Sra. de los Remedios
-Domingo 16 12:00 solemne misa de San Roque

Septiembre
  Diaria 20:00
  Sábado 20:00
  Domingos 12:00

AVISOS

-Durante el tiempo del Covid, todos los funerales serán en la capilla del Tanatorio.
-Durante agosto, no hay despacho ni archivo.

25 julio 2020

Domingo XVII del Tiempo Ordinario – 26/07/2020

Elegir
En el AT, Salomón es la personificación de la Sabiduría. Ha heredado riquezas y poder, pero, ante su misión, siente que necesita lo fundamental: un corazón dócil para escuchar y gobernar a un pueblo que es de Dios. Salomón no tiene experiencia ni preparación. Lo único que sabe es “elegir”. Es sencillo y a la vez determinante: la plenitud de todo ser humano depende de las elecciones que él haga. No solo por lo que elige, sino por el tipo de persona en la que se convierte. Saber elegir (phronesis) es la base del carácter. Nos hemos olvidado de estas verdades. Vivimos en una sociedad que vive en el “miedo a la libertad” (Fromm). Miedo a elegir, porque elegir significa renunciar a algo. Vivimos en la etapa infantil de quererlo todo… y, ¡oh ingenuos!, por quererlo todo, nos quedamos en no elegir algo. El miedo a la libertad es el miedo al compromiso, el miedo al riesgo. A Salomón no le tiembla el pulso. Elige la “sabiduría”. En palabras del Nuevo Testamento: «Todo lo considero pérdida comparado con el superior conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor; por el cual doy todo por perdido y lo considero basura con tal de ganarme a Cristo» (Flp 3,8).

Ser elegidos
También hoy el evangelio nos remite a un problema interno de la primera comunidad. Los primeros cristianos, como Pablo, han encontrado y elegido a Cristo: unos de forma más accidental (como “un tesoro en el campo”), otros de forma más intencional (como el “buscador de perlas finas”). Sin embargo, el ambiente en el que viven (desprecio de romanos, persecución de judíos, irrelevancia ante los paganos…), les lleva a preguntarse si de verdad es importante su elección. ¿Cambia mi vida si “lo dejo todo para seguir a Cristo”?

Las lecturas nos pueden dar claves para nuestra vida como cristianos en este mundo que pone a prueba nuestra elección. Lo primero que nos recuerda la segunda lectura es que Cristo nos eligió y llamó primero. El amor de Dios, somos su tesoro. No elegimos a Cristo por pura iniciativa o puro cálculo personal. Nuestra elección no es en el vacío. Nuestra elección es una opción seducida. La Iglesia es la comunidad (ecclesia) de los convocados. Mirémonos y recordemos el “amor primero”. ¿Podemos volver a recomponer desde el corazón ese momento en el que Cristo nos sedujo, nos susurró palabras de plenitud? Hacer memoria del corazón, (re-cordar) nos permitirá encontrar la pasión que nos mueve, para poder confiar en que nuestra respuesta, el seguimiento.

Perder para ganar
En las dos parábolas que nos narra el evangelio ocurre el mismo movimiento: se vende todo para adquirir aquello que es precioso, aquello en lo que nos va la plenitud. «Se va a vender todo lo que tiene». Es la lógica del evangelio. En los negocios, se trata de ganar siempre, de acumular más beneficios, de tener más clientes. Sin embargo, en la vida del cristiano solo es posible ganar a Cristo si aceptamos que antes hemos de perder nuestras seguridades, nuestras manías de hombre viejo. Incluso, como dirá Ignacio en los Ejercicios, nuestras riquezas y nuestra honra. Examina otra vez el corazón. ¿Puede ser que el encuentro y seguimiento de Cristo no produzca alegría porque hay “cosas” que no me dejan seguirle? ¿Qué seguridades, hábitos, riquezas… me impiden alegrarme al encontrarme con Cristo-tesoro? «El joven, al oír estas palabras, se marchó entristecido porque tenía muchos bienes».

Compartir
La alegría nace del encuentro con Cristo y se alimenta al comunicarse. El discurso parabólico no es un discurso expositivo. Pretende poner al oyente en una situación en la que se identifique con el movimiento de la parábola y le lleve a una decisión personal, a una elección. ¿Qué hacer con la perla o el tesoro? Hemos encontrado el Tesoro, hemos vendido todo para comprar la perla ¿Qué hacemos con Cristo ahora? ¿Guardarlo y ponerlo a buen recaudo para poder disfrutarlo nosotros solos? Es la lógica de la exclusividad. Si he comprado el campo, he vendido mi necesidad de poseer en exclusividad. En el evangelio, el que encuentra Cristo-Tesoro, sale a compartirlo con los demás. Sale a enseñar su perla, a repartir su tesoro. La verdadera alegría del cristiano nace del encuentro con Cristo y crece al comunicarse. Que también otros descubran el tesoro de Cristo y el evangelio de su Reino. El Papa Francisco nos recuerda que la Iglesia es misionera ¿Hasta qué punto entiendo mi vida como una misión? ¿Encuentro alegría en esto?

El tesoro escondido y la perla preciosa son Jesús. La salvación ha llegado gratuitamente por obra de Dios, no pierdas la oportunidad, este es el tiempo de la decisión. Estas parábolas crean en nosotros una enorme responsabilidad.
En la parábola hay dos actores:
-uno visible, que va, vende y compra
-uno oculto, que es el viejo propietario, que no se da cuenta de que en su campo hay un tesoro y lo vende al primero que se lo pide, no sabe de su valor y lo vende.

¿Cuál de los dos actores eres tu?
Muchas veces mal vendemos nuestra fe, hay quién la ha cambiado por una ideología, por dinero, por pereza, por moda... ¿Estoy dispuesto a abandonarlo todo para no perder la fe y a Dios (perla)?

Es necesario haber encontrado a Jesús, para tener fuerzas y alegría para venderlo todo. Este encuentro debe ser personal, nuevo, convincente. Haberlo descubierto como un amigo y salvador. Después lo venderemos todo “llenos de alegría”.

22 julio 2020

Balconeras de San Roque

Este año de coronavirus, os invitamos a decorar durante el mes de Agosto nuestros balcones con la imagen del patrón de El Coronil, uno de los protectores de epidemias con mayor devoción, San Roque.

Las balconeras se pueden adquirir en la parroquia a partir del sábado 25 de julio por tan solo 20 euros.
Los beneficicios de la recaudación serán para:

   -Restauración de la imagen de San Roque
   -Cáritas Parroquial


Aclaración
La Parroquia ha hecho el esfuerzo de hacer las colgaduras de San Roque, a petición de algunos feligreses de la Parroquia, porque lo han visto en otros pueblos, incluso porque ya se había hecho con la imagen de la Divina Pastora en el mes de mayo.

Finalidad:
   1. Colocar la imagen del Patrón en nuestras casas, fomenta la devoción a San Roque, hace que podamos hablar de un hombre enamorado de Jesucristo que se convirtió en modelo de Santidad en la época que le tocó vivir. Ojalá seamos capaces de imitarlo hoy.
   2. Lo recaudado de su venta servirá para la conservación de la imagen, y para ayudar a nuestra Cáritas Parroquial. Son muchas las actuaciones de conservación que hay que hacer en nuestro templo Parroquial, y pocos los ingresos, puede ser una fuente de financiación.

De lo que se desprende:
   1. Desde la Parroquia os pedimos que colaboréis con su compra porque de este modo se cumplen los dos objetivos anteriores: fomentar la devoción al Patrón y conservar nuestro patrimonio cultural y caritativo.
   2. Si alguien quiere hacer otras colguduras, está en su derecho, pero sepan que colaborando con la colgadura de la Parroquía, el beneficio redundará en la Parroquia de El Coronil. ¿Tiene sentido cuando la Parroquia ha hecho una colgadura, que otra gente se ponga a distribuir otras?

18 julio 2020

Domingo XVI del Tiempo Ordinario - 19/07/2020

El tema de este domingo para nuestra reflexión es la oración.

En las lecturas de hoy encontramos un texto de San Pablo, que nos permite afrontar este tema de la oración:

“El Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad, porque nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene, que el Espíritu mismo intercede por nosotros...”

Si pudiésemos descubrir qué nos dice el Espíritu, habríamos descubierto el secreto de la oración. El Espíritu que ruega por nosotros secretamente es el mismo Espíritu, que ha rogado para clarificar los símbolos de la Escritura. Él que ha inspirado las Escrituras, también ha inspirado las oraciones, que leemos en las Escrituras.

Todo lo que el cristiano deber hacer para aprender a rezar, es ir a la escuela de oración en la Biblia.

Si descubrimos cómo el Espiritu Santo oraba en Jesús, hemos descubierto como ora en nosotros, porque él continúa en nosotros la oración de Cristo.

La oración del cristiano no es mas que la voz de la oración de Jesús, que atraviesa los siglos, y que desde la cabeza se propaga a los miembros.

Nosotros sabemos cómo oraba Jesús. Todas sus oraciones comienzan con el grito al Padre: Abba, y encuentran en él su fuente.

La oración cristiana es el grito o el diálogo del hijo con el padre, es por lo tanto, libre, confiada, sin complejos. El Espíritu infunde en el creyente el sentimiento de ser un hijo amado por Dios. La persona percibe que Dios es grande, poderoso, omnipotente. Por eso ya no le tiene miedo. Padre nuestro que estás en el cielo... es percibido, al mismo tiempo, como altísimo y muy cercano y transcendente.

Este sentimiento tan fuerte no dura mucho. Viene pronto el tiempo en el que decimos “Padre nuestro” sin sentir nada de particular, pensando que gritamos al vacío. Es el momento de recordar que no estamos solos para orar, que Espíritu ruega por nosotros

¿Qué feliz estará nuestro Padre, cuando nos escuche hablarle?

La fuente de la oración, la hemos recibido del Espíritu Santo, y por nuestro bautismo ha sido derramada en nuestros corazones. El cristiano no sólo ha recibido el mandato de orar sino que también ha recibido el don y la posibilidad de orar.

Hay personas que van lejos para aprender a orar. Pensad que si eres bautizado y creyente en Cristo, bastaría liberar tu corazón del activismo y permitir que la buena semilla sembrada, como decíamos el domingo pasado pueda crecer.

La oración es un respiro del alma. Muchas veces nos agobiamos, porque no sabemos como orar. ¿Que hacemos, desesperarnos o rendirnos? Nos dice el Concilio de Trento: “Dios, dándote la gracia, te manda hacer lo que puedas y pedir lo que no puedes”

Muchas personas le ha cambiado la vida, el incluir en su horario diario, un tiempo para la oración, igual que tenemos tiempo para trabajar, ocio...

Piensa que tiempo puedes dedicar a la oración e inclúyela en tu horario diario.

2. Luces y sombras
Todos tenemos una determinada percepción del mundo y de la Iglesia. Miramos la realidad actual y quedamos sobrecogidos por la presencia y fuerza del mal. Vivimos además un clima de condenas y exclusiones, de intolerancias y fundamentalismos. Leamos las noticias de cualquier día de esta semana. Las noticias de crímenes, abusos, mafias, escándalos y contaminación se propagan como virus que saltan todas las fronteras e inundan las conciencias y la vida social. Las vidas de las personas entregadas en hacer un mundo más humano apenas salen a la luz ni despiertan la atención de la gente. A veces pensamos que los demás son malos, ¿lo son de verdad? ¿Por qué? ¿Nos hemos equivocado alguna vez?

Trigo y cizaña
Creemos ser realistas cuando nos sumamos al coro de los lamentos y derrotismos. Tal vez deseamos que nuestra sociedad y nuestra iglesia cambien de una vez a mejor. Tal vez intentamos aportar algo para que sea así, pero fácilmente se nos olvida que somos parte de esa realidad y que también crecen juntos en nuestro campo el trigo y la cizaña; no fuera, sino dentro de nosotros. Cuando miramos el mal fuera de nosotros queremos ser justos, pero es muy fácil que, queriendo acabar con el mal, deseemos lo mismo para el que lo hace. En nuestro propio corazón crece la cizaña que amenaza con ahogar el trigo bueno de cada día.

En esta situación nos volvemos a la Palabra con la que hoy Dios nos ilumina. El Reino de Dios se hace presente en la ambigüedad de la historia. En la parábola Jesús nos enseña algo fundamental: mientras que los criados están dispuestos acabar con la cizaña del campo de una vez y sin rodeos, el amo los anima a ser pacientes, tolerantes y no excluyentes. Quizá pensamos que no es todo lo justo y radical que debiera. También somos tentados a cortar el mal de raíz, a echar lejos de nosotros al disidente. Muchos cristianos cedemos a la vieja tentación de pretender separar el trigo de la cizaña. «¿Quieres que vayamos a arrancarla?» ¿Es fácil vivir entre gente buena, mala y regular? ¿Quienes son cizaña para mí?

Inclusión e intransigencia
«Dejad que ambas semillas crezcan juntas» hasta el final. Es sorprendente cómo nos propone Jesús el juicio de Dios como único horizonte de todo juicio humano. En sus manos están los pesos y medidas del bien y del mal. El nuestro puede estar equivocado y ser precipitado. Mientras llega el momento final hay tiempo para la misericordia y el perdón. Frente a maniqueos y puritanos, jueces e impacientes, Él es paciente: «paciente y misericordioso, lento a la colera y rico en clemencia». Con una advertencia: «la medida que uséis la usarán con vosotros.»

Lo germinal es pequeño y oculto
La segunda y tercera parábola, del grano de mostaza y de la levadura, iluminan en la misma dirección la dinámica del reino de Dios. Ambas ponen de relieve el contraste que existe entre la situación inicial y el resultado final; dos cosas pequeñas de las que no cabría esperar un efecto tan grande. Como la semilla y levadura, el reino de Dios que ha comenzado ya con la vida y obras de Jesús tiene una apariencia insignificante, pero lleva dentro de sí la fuerza que puede transformar la historia. Así es el desarrollo del reino: lento y débil, escondido y lejos de las grandes inversiones sociales, sin relevancia aparente pero capaz de darle la vuelta a la vida entera. Cuando oramos “¡Venga a nosotros tu reino!”, quizás suspiramos todavía por una llegada arrolladora. Para nuestra desazón y a veces para nuestro escándalo, lo que palpamos del reino de Dios es debilidad y riesgo.

Trabajadores por el reino
Las dos parábolas nos invitan a una actitud de confianza, pero también de trabajo serio, como el que siembra o como el que amasa: «Se parece a un hombre que sembró…, se parece a una mujer que mezcla y amasa». La semilla no brota sola ni la levadura se hace y se mezcla por su cuenta. Se necesita un trabajo bien hecho: preparar, sembrar, cuidar, mezclar, acoger, pero con paz y paciencia, en espera confiada. Sin olvidar la humildad de lo primero, busquemos con pasión la promesa de lo segundo.

Preguntas: - ¿En qué me dejo llevar por los lamentos y el derrotismo? - ¿Alimento sentimientos de intolerancia y condena? - ¿Me siento llamado a ser humilde sembrador del evangelio de la paz?

11 julio 2020

Domingo XV del Tiempo Ordinario – 12/07/2020

1.- El tema central de la liturgia de la hoy, es la Palabra de Dios. En la Primera lectura de habla de ella con la imagen de la lluvia que desciende del cielo, que riega la tierra, para fecundarla y que pueda dar semilla al sembrador y pan al que tiene que comer. En el Evangelio se vuelve a hablar de la Palabra de Dios, esta vez con la imagen de las semillas que cae sobre sobre piedras, o sobre abrojos y espinas o que cae en tierra buena.
Os invito a pensar a cerca de la ecología y la protección de lo creado.  En la segunda lectura san Pablo dice:  “la creación… pero fue con la esperanza de verse liberada de la esclavitud de la corrupción…”

Hay dos modos de hablar de la ecología y del respeto de lo creado:

1.    El primero tiene en el centro al hombre, no nos preocupan las cosas en sí mismas, sino que éstas están en función del hombre; por el daño irreparable que el agotamiento y la contaminación del aire, del agua, de la desaparición de ciertas especies animales ocasionaría a la vida del planeta. Es un ecologismo que se resume “salvemos la naturaleza y la naturaleza nos salvará a nosotros”.
Este ecologismo es bueno pero precario.

2.    La fe nos enseña que debemos respetar lo creado no sólo por intereses egoístas para no dañarnos a nosotros mismos, sino porque lo creado no es nuestro, sino de Dios, por eso es hermoso, armonioso, perfecto.
El hombre custodia la creación, pero no es el dueño. Entre nosotros y las cosas hay una relación de solidaridad y de fraternidad, no de dominio.

¿Cómo te acercas tu a las cosas, desde la primera posición o desde la segunda?


La ecología nos invita a volver a una vida sencilla y sobria, sin que la ecología sea un ideal que no podamos cumplir ni vivir. San Francisco decía: “no fui nunca un ladrón de limosnas”, pensaba que recibir mas limosnas de las necesarias, era robárselas a los pobres. Nosotros podemos aprender de él “a no ser ladrones de cosas”. Si agotamos los recursos (agua, madera…) porque usamos mas de lo que necesitamos, lo robamos a los otros. Si no a otros, a las generaciones que vendrán detrás de nosotros. ¿Qué cosas concretas, hago en el día a dia, para cuidar de la naturaleza? ¿pienso en las generación futuras?

El ecologismo espiritual nos lleva mas allá del respeto por lo creado. Nos enseña a unirnos a lo creado para dar gloria a Dios y también en relación a la creación, nos podemos acercar al conocimiento de Dios. Dios ha escrito dos libros, la Biblia y la creación. Este segundo está abierto ante todos. Nos habla Dios con imágenes como por ejemplo: la lluvia, la semilla, Dios como imagen de la roca…

Debemos aprender a contemplar. La contemplación es la aliada de la ecología. Ella nos permite gozar de las cosas sin necesidad de poseerlas y de impedirlas para los demás. La posesión restringe, sustrae… la contemplación multiplica.
Las parábolas de Jesús son la prueba del amor con que él contemplaba las cosas. Entre él y la naturaleza. Todo esto se encuentra expresado en el salmo responsorial de hoy, Sal 66, 10-14
Lee el salmo, y contempla la creación que tienes a tu alrededor, reconociendo la mano de Dios

2.- En el mundo de hoy se hacen cada vez más presentes las noticias y palabras falsas ( “fake news”), o las medias verdades que siembran sospechas, desconfianzas y miedo, o las descalificaciones denigrantes que estigmatizan públicamente a personas y colectivos. La palabra, vehículo de comunicación y diálogo de personas, aparece devaluada y pervertida.

Dios ha sembrado en el mundo su palabra con absoluta gratuidad. “La Palabra de Dios participa del triple nivel que tiene toda palabra: comunicación de algo, autocomunicación del que habla e interpelación que exige una respuesta”. Hemos proclamado la “Palabra del Señor”. Las lecturas de hoy revelan expresamente el sentido y alcance de la palabra del Reino.

La semilla:
Así lo explica Jesús desde una cultura agraria. La imagen del sembrador y la semilla subrayan esa cualidad de expandir la vida con absoluta gratuidad “para que dé semilla al sembrador y pan al que come”. El reino de Dios es algo tan misterioso y dinámico como una semilla en la que está el germen de la vida; pequeña, pero con una fuerza extraordinaria que la hace crecer y desarrollarse hasta dar fruto si encuentra un tierra buena y húmeda. Su ritmo de crecimiento es lento y oculto; un ritmo que no es el de la eficacia sino el de la fecundidad.
Alejada de la naturaleza, en la cultura moderna se habla más de productividad y eficacia de fecundidad. Y, en función de la eficacia y la eficiencia, la capacidad de lograr un efecto deseado con el mínimo de recursos posibles y en el menor tiempo posible, se rinde tributo y culto al crecimiento rápido y desarrollo. Aprended de la naturaleza, aprended de las plantas.
La palabra del Reino es de calidad y el sembrador la esparce con generosidad a toda clase de oyentes, con la esperanza, como toda siembra, de que producirá buenos frutos aun en medio de las dificultades de la vida. Pero lo primero que se espera del oyente es tener los oídos y el corazón abiertos para que la semilla de vida penetre y arraigue profundamente.

La Tierra:
La palabra de Dios cae en tierras diferentes y con diferente fortuna. La explicación alegórica de la parábola que ofrece Jesús, a petición de los discípulos, seguramente recoge también la experiencia de los apóstoles sembradores en las primeras comunidades.

Nos miramos en su espejo para descubrir qué clase de tierra somos y qué peligros nos amenazan. Actitudes interiores y dificultades exteriores que hacen estéril la buena semilla que recibimos y sembramos. ¿Por qué no todos aceptan el mensaje? ¿Por qué el evangelio de Jesús no produce el fruto deseado en nosotros y en todos sus oyentes?
- En unos, porque son tierra endurecida y sin fondo y la palabra de Jesús no va de acuerdo con los deseos o necesidades. No tienen profundidad interior, o se encierran en su propia cáp- sula, impermeables a todo lo que pueda desestabilizar su independencia. Viven en la superficie y la apariencia.
- En otros porque, aunque la acojan con entusiasmo, ante las dificultades, incomprensiones, ofensas o persecuciones les falta coraje y capacidad de resistencia.
- Otros andan agobiados por cubrir las necesidades básicas o alcanzar objetivos materiales a corto plazo. El evangelio refiere dos situaciones extremas y opuestas: “el agobio de la vida y la seducción de la riqueza”, que producen el mismo efecto: ahogar la palabra de Dios.
- En otros, sin embargo, la semilla da fruto. La llamada al realismo no permite el derrotismo ni anula la esperanza: Hay y habrá cosecha abundante.

Escuchar:
«El que tenga oídos que oiga». No es lo mismo oír que escuchar, ver que mirar, aprender lecciones que entender con el corazón los secretos del reino. ¿Qué tenemos que escuchar? Dios ha sembrado gratuitamente y a manos llenas la vida en la tierra que somos y confía en que dará fruto. Con la misma generosidad y
confianza nos corresponde prepararla y cultivarla.
- Cultivando en nosotros la esperanza en los valores del evangelio que nos revela Jesús y han de salvar al mundo: el amor, la fraternidad, la misericordia, la entrega generoso, la justicia, la paz...
- Asumiendo el sufrimiento y lentitud que acompaña el proceso de crecimiento de la vida nueva: los rigores del invierno para que arraigue y se fortalezca, la prisa por recoger el fruto y disfrutar de la vida sin pasar por los dolores de todo alumbramiento. «La creación entera está gimiendo toda ella con dolores de parto».
- Dejándose afectar por la llamada y mirada de los otros a través de los que Dios mismo nos habla. Ciertamente la fidelidad de unos y el dolor de otros nos ayudará a ser más humanos, más comprensivos, más humildes, ante los hombres y ante Dios.
- ¿Soy capaz de acoger como don la vida que Dios me ofrece cada día?
- ¿En qué medida escucho la voz de Dios que me habla desde los necesitados?
- ¿Siento la llamada a ser para otros sembrador de la buena noticia que yo mismo recibo?

04 julio 2020

Domingo XIV del tiempo Ordinario – 05/07/2020

¿Cuándo es Jesús humilde? En el evangelio no hay reconocimiento de la culpa en su boca, ni cuando habla con los hombres, ni cuando habla con el Padre. Él, puede hasta decir dirigiéndose hacia sus adversarios ¿Quién de vosotros puede probar que soy un pecador? Se proclama el maestro y el señor. ¿Dónde está pues la humildad de Jesús?

1.    La humildad no consiste principalmente en ser pequeño o pobre, porque uno puede ser insignificante y al mismo tiempo arrogante.
2.    No consiste en sentirse pequeño y sin valor, esto puede ser un complejo de inferioridad o de una imagen de sí mismo depresiva.
3.    No consiste en declararse pequeño, porque muchos expresan no valer nada sin creerse verdaderamente lo que dicen.

¿Qué es la humildad? Hacerse pequeño para amar y para servir, y para agrandar a los demás, así ha sido la humildad de Jesús.

Humilde es sólo Dios, porque en la posición en la que está, no puede encumbrarse por encima de sí, solo puede abajarse. Esto lo hace durante todo el tiempo, crea el mundo, se abaja, la historia de la salvación es la historia del descendimiento y de las humillaciones de Dios.

Esta idea le gustaba a san Francisco de Asís, quien solía exclamar “mirad, hermanos la humildad de Dios”, y vuelto hacia Dios decía: “Tú eres la humildad”.

La humildad es la verdad: la palabra hombre está relacionada con la palabra humildad. Las dos provienen del latín “humus” esto es suelo. El humilde es aquel que tiene los pies en la tierra, que no se engrandece por las alabanzas propias o de los demás. San Pablo dice a los Corintios: ¿Qué tienes que no hallas recibido? Y si lo has recibido ¿de qué te glorías?

La humildad no es natural. No nos gusta. Se dice que más del 75% del cuerpo es agua, pues del mismo modo, más del 75% del espíritu humano es orgullo y vanidad.

¿Debemos rebajarnos, renunciar a hacernos valer, aspirar a grandes cosas? No. Un día Jesús dijo a sus discípulos, si uno quiere ser primero, sea el último y el servidor de todos. Y también dijo, el hijo del hombre no ha venido a ser servido sino a servir y a dar la vida por muchos. Es lícito querer ser el primero y sobresalir en la vida, pero ese sobresalir sobre los demás ha de ser sirviéndolos y amándolos y ayudándoles a crecer.

Humildad no significa por tanto dejarse pisotear, no reaccionar ante las injusticias, el verdadero humilde sabe igualmente luchar por la verdad, porque el mismo es libre.

Pequeño en el evangelio de hoy, no significa lo contrario de inteligente, sino lo contrario de soberbio, el evangelio no condena la sabiduría sino el orgullo.

¿A quién nos acercamos, al orgulloso o a la persona discreta humilde capaz d escuchar y callar?

El orgullo estropea las cosas más bellas. La inteligencia y la belleza física sin la modestia pierden su fascinación y exponen a la persona al ridículo.

Un medio para crecer en la. Humildad, es aceptar la corrección de los demás sin deprimirnos, sin contraatacar, puesto que no se llega a ser humilde sin la humillación.

·       ¿Recordáis aquella historia que nos contó Jesús: la de un fariseo que estaba rezando con mucho orgullo? ¿Os acordáis de lo que le rezaba a Dios?: “Te doy gracias porque no soy como los demás” ...

·       ¿Y os acordáis de las palabras que dirigía a Dios aquel pobre pecador, que estaba al fondo del templo, con el corazón arrepentido?: “Ten misericordia de mí, porque soy un pecador” ...

·       ¿Qué enseñanzas sacaba Jesús con ese ejemplo?

A Jesús no le gusta el orgullo, ni la soberbia: hay gente que “se sobra”. Escuchad este pequeño cuento:

Había una vez un hombre que se dirigió a un sabio para que le diera consejos para la vida. Y empezó a hablar y hablar, con tantas explicaciones y tantas palabras, y tantos razonamientos, que el maestro terminó levantándose para ofrecerle una taza de café. Luego se lo fue sirviendo, llenando la taza con toda paz hasta el borde, de manera que el café comenzó a derramarse sobre el mantel, la mesa y el suelo. ¿Qué hace?, dijo el visitante. Miré usted – respondió el sabio-. Usted se parece a esta taza: está tan llena que no le cabe nada más. Tendrá que comenzar por vaciarse. Hasta entonces, yo no puedo darle ningún consejo, porque usted “se sobra” ...

• ¿Qué significa esta historia?
• ¿Quiénes son los “orgulloso” y quiénes son los “sencillos”?
• ¿Quiénes son los preferidos de Jesús?... (Los sencillos, los pobres, los necesitados. Jesús sabe que serán éstos los que reciban la Palabra sin sobrarse).
• Por eso, vamos a comparar esa historia con el evangelio, leyendo algunas de las frases más importantes: 

– “Bendito seas, Padre, porque, si has escondido estas cosas a los sabios y entendidos” – “Bendito seas, porque se las has revelado a la gente sencilla”
– “Aprended de mí, que soy sencillo y humilde”

• ¿Cuándo nos comportamos así?

29 junio 2020

Domingo XIII del Tiempo Ordinario – 28/06/2020

“En aquel tiempo dijo Jesús a sus apóstoles: … El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mi”

Estas son algunas de las palabras que leemos en el Evangelio de este domingo. La cruz es un acontecimiento, que ha llegado a ser un símbolo. Jesús la ha tomado sobre sus hombros y ha muerto en ella, la cruz, en el lenguaje cristiano, ha llegado a ser el símbolo del sufrimiento y dolor humano. “llevar la cruz” es sinónimo de padecer. En este sentido, la cruz es lo que nos pone en comunión o nos iguala a todos.

Si, todos llevamos nuestra cruz. Si, a veces, nos parece que solo las cosas nos van torcidas a nosotros, mientras que todos los demás gozan o se complacen, es solo porque conocemos nuestra cruz y no la de los demás. Somos nosotros como aquel enfermo, que se vuelve y se revuelve en la cama encontrándola incomoda, y en torno a si, fuera, ve otros lechos bien arreglados y allanados, e imagina que se debe estar bien en ellos. Mas, si por fin consigue cambiarse a ellos, comienza a sentir asimismo en ellos bien aquí un hueco, bien un nudo que le pincha o que le oprime.

Jesús no ha venido a la tierra para llevar la cruz. El, mas bien, nos ha dado a nosotros, el modo de llevarla. Le ha dado a la cruz un sentido y una esperanza: ha revelado donde ella conduce, si es llevada junto a el: a la resurrección y a la alegría.

Pero, ¿Cómo hacer comprender la palabra cruz a una sociedad como la nuestra, que a la cruz opone el placer a todos los niveles: que cree haber rescatado finalmente el placer, haberlo sustraído a la injusta sospecha y a la condena, que pesaban sobre el, que ensalza himnos al placer, como en el pasado se exaltaban los himnos a la cruz? ¿Una cultura del placer ha recibido hasta el apelativo de hedonista y de la que hasta, quien o mas o quien menos, todos formamos parte, aunque la condenemos de palabra?


Muchas incomprensiones entre la Iglesia y la cultura laica. Nosotros, al menos, podemos intentar concretar donde reside la verdad y descubrir que posiblemente hay un punto del que partir para un dialogo sereno entre la fe y la cultura sobre este tema. El punto común es la constatación de que en esta vida el placer y el dolor se siguen uno al otro con la misma regularidad con que al remontarse una ola en el mar le sigue una depresión y un vacío, que arrastra detrás al naufrago, que intenta alcanzar la orilla. El placer y el dolor están contenidos de modo enmarañado el uno en el otro.

El hombre busca desesperadamente separar a estos dos “hermanos” aislar el placer del dolor. A veces, se ilusiona de haberlo conseguido y en el gozo lo olvida todo y celebra su victoria. Pero, por poco tiempo. El dolor esta allí. No un dolor distinto, independiente, o dependiente de otra causa, sino precisamente el dolor que proviene del placer.

El mismo placer desordenado es el que retuerce contra nosotros y se nos transforma en sufrimiento. Y esto o improvisado o trágicamente o un poco a la vez, en cuanto que no dura por largo tiempo y engendra saciedad o aburrimiento. Es una lección, que nos llega de la crónica diaria, si la sabemos leer y entender.

La iglesia dice tener una respuesta que dar a esto y es el verdadero drama de la existencia humana. La explicación de esta. Desde el principio, ha habido una elección del hombre, hecha posible desde su libertad, que lo ha llevado a orientar exclusivamente la capacidad de la alegría, de la que había sido dotado para que aspirase a gozar del Bien infinito, que es Dios, hacia las cosas invisibles.

Dios ha permitido que al placer, escogido contra la ley de Dios y simbolizados en Adán y Eva, que gustan del fruto prohibido, le siguiese el dolor y la muerte, mas como un remedio que como un castigo. Y ello para que no sucediese, que siguiendo su egoísmo y su instinto el hombre se destruyese del todo y cada uno destruyese a su prójimo. Así, junto al placer vemos vincularse ya, como su sombra, el sufrimiento.

Cristo, finalmente ha destrozado esta cadena. El ‘por el gozo que se le proponía, soporto la cruz, sin miedo a la ignominia” (Heb 12,2). Hizo en suma, lo contrario de Adán y Eva y todo hombre. Resucitado de la muerte, el ha inaugurado un nuevo genero de placer, que no precede al dolor, como su causa sino que lo sigue como su fruto: el que encuentra en la cruz su fuente y la esperanza de no terminar ni siquiera con la muerte.

Y no solo el placer puramente espiritual sino todo el placer honesto, tras el placer, que sigue al sacrificio y lo que le precede o lo evita, existe la misma diferencia que entre una bonita vacación gozada tras la fatiga y después de haber pagado con anticipo el precio y una vacación vivida antes de haberla merecido con la sensación de que la cuenta esta aun sin pagar.

¿Que hacer por lo tanto? No se trata de irse en busca del sufrimiento, sino de aceptar con animo nuevo el que ya existe en nuestra vida. Nosotros podemos comportarnos con la cruz como la vela con el viento. Si ella lo recoge por la parte justa, el viento la hincha y la hace avanzar ligera a la barca sobre las olas, si, por el contrario, la vela se pone detrás, contra la corriente, el viento rompe el árbol, y lo echa todo a perder en el mar. Tomada bien, la cruz nos arrastra, tomada bien, nos deja para el arrastre.

No debemos malgastar el sufrimiento. El sufrimiento se desperdicia si hablamos de el todo el tiempo, sin necesidad o utilidad, lamentándonos de nuestros males con la primera persona que tengo cerca. Esto no es llevar la cruz, sino ponerla sobre los hombros de los demás. Deberíamos, mas bien, custodiar o guardar celosamente cualquier pequeño sufrimiento como un secreto entre nosotros y Dios, para que no pierda su perfume por ello.

Saber sufrir algo en silencio es una de las cosas que mas contribuyen a mantener la paz y la armonía entre las familias, en una pareja, o en una comunidad.

Como cristianos no debemos tener miedo al placer cuando este viene acompañado del cumplimiento del deber. Hay personas, que tienen miedo al placer. Les parece pecado, por abandonarse a el con alegría. El placer es de Dios y Dios no esta celoso de lo que ha creado. Aprendamos, a aceptar las alegrías, que existan en nuestra vida, y a agradecérselas a Dios, sin estar lamentándonos todo el tiempo por estas cruces. Finalmente saber alegrarse y gozar de las cosas buenas es el mejor modo de satisfacción y alegría da los demás.

¿Qué puedo hacer por tí?

Eliseo muestra la cercanía De Dios en forma de bondad, de bienes compartidos, de fertilidad para su pueblo.

El profeta es un testigo dispuesto siempre a hacer el bien a las personas que le rodean. Disponibilidad que es testimonio de su fe en Dios.

Muchas veces nuestros problemas, nuestra propia vida, nuestra fragilidad, hace que nos encerremos en nosotros mismos creyendo que nuestro problema personal es el único problema del mundo y de la humanidad.

Saliendo de nosotros mismos, podemos descubrir la solidaridad y la necesidad de ayudarnos mutuamente. La solidaridad en tiempos de angustia es siempre gratificante.

Muertos al pecado.

Los cristianos hablamos mucho del pecado, pero no lo entendemos. Pablo lo explica en término de muerte-vida. Si lo explicásemos como “negación de nosotros mismos”, con pecado nos negamos nuestra felicidad. El Cristiano es liberado por la muerte y la Resurrección de Jesucristo. Una vida de nuevas relaciones con Dios y con los demás.

La opción por el Reino.

La opción por Jesús y por sus medios de acción (la misericordia) así como sus objetivos (la justicia, el amor y La Paz), siempre traerán enemistad, ruptura... hacia los que trabajan con otros afanes y otros métodos. Es evidente que el planteamiento de Jesús y su reinado no utiliza los medios ni los métodos del poder y de la fuerza o la guerra.

La opción por Jesús y su reino está cargada de radicalidad y de prioridades: antes que la propia familia, las amistades y por supuesto las cosas (dinero, negocios, intereses...).

El mensajero, en su misión, tiene que llevar la propia cruz y parte De la Cruz de los demás porque forma parte de sus actividad misionera. Es una forma de testimonio y convicción.

23 junio 2020

Horario de verano

A partir del 24 de junio, los horarios de misa serán:

Misa diaria
8,30 de la mañana

Misa de sábado
20,00 de la tarde

Misa dominical
11,00 de la mañana

Para cualquier necesidad pueden contactar por correo electrónico parroco(a)parroquiaelcoronil.es o el número de teléfono de la parroquia

22 junio 2020

Domingo XII del Tiempo Ordinario – 21/06/2020

1. Cristo quiere liberarnos del miedo. El miedo es una condición existencial: acompaña desde la infancia hasta la tumba.

*El niño tiene miedo de muchas cosas: de ser abandonado, de la oscuridad, de quien le levanta la voz, de los monstruos, que los mayores excitan sus mente para sean buenos.

* El adolescente tiene miedo del otro sexo, de la timidez, de la inferioridad…

    * El adulto tiene miedo a la angustia del mundo, del futuro, advierte su vulnerabilidad en un mundo violento y enloquecido. A estos miedos se añaden los creados por el mismo progreso tecnológico: la contaminación, el Covid19…

¿Cuál es tu miedo? ¿Qué es el miedo? Es una manifestación de nuestro instinto de conservación. Es la reacción ante una amenaza transportada a nuestra vida, la respuesta a un peligro verdadero o presunto. Desde el peligro mayor de todos, que es la muerte, a los peligros concretos que amenazan nuestra tranquilidad o seguridad física o afectiva.

Se puede distinguir entre miedos agudos son creados por una situación de peligro extraordinario. Ejemplo si estoy a punto de ser atropellado por un coche o si hay un terremoto. Surgen de forma espontanea y sin aviso previo. Desaparecen cuando desaparece el peligro y dejan en nosotros un mal recuerdo.

Miedos crónicos, los que viven con nosotros desde nuestro nacimiento o desde la infancia, que llegan a ser parte de nuestro ser.

El miedo, incluso el crónico, no es un mal es si mismo. Frecuentemente, es la ocasión para dejar ver una Valentía y una fuerza insospechada. Llega a ser un verdadero mal, que consume y no deja vivir, cuando mas que un estimulo para reaccionar y un resorte para la acción llega a ser excusa para el desfallecimiento, algo que paraliza, cuando se transforma en ansia.

Jesús ha dado nombre a las ansias mas comunes del hombre: Que comemos, que bebemos, con que nos vestimos.

La ansia llega a ser la enfermedad del siglo y una de las causas principales de infarto. La ansia es el miedo irracional ante un objeto desconocido.

Jesús condena en el Evangelio el ansia “no os preocupéis por el mañana, el mañana se preocupara de si mismo. Cada día tiene bastante con su propio mal” (Mt 6, 34)

2. Cuál es el remedio que ofrece el Evangelio para vencer nuestros miedos.

El remedio se resume en una palabra: la confianza en Dios, creer en la providencia y en el amor del Padre celestial. La verdadera raíz de todos los miedos del niño es esta abandonado. Y Jesús nos asegura precisamente esto: que no seremos abandonados.

San Pablo no enseña un método practico para vencer los miedos. En la carta a los Romanos, el pasa revista en cierto punto a los situaciones de peligro y las cosas, que han amenazado hundirse en la vida: ¿Quién nos separara del amor de Cristo? ¿La tribulación? ¿La angustia? ¿La persecución? ¿El hombre? (Rom 8, 35ss) Con cada una de estas palabras el ayude a un hecho real, que le ha sucedido. Mira, por lo tanto, todas estas cosas a la luz de la gran certeza que tiene de que Dios le ama.

Nosotros estamos invitados a hacer lo mismo. A mirar nuestra vida, presente y pasada, a tener a gala los miedos, que se nos arraigan, las tristezas , las amenas, los complejos, quizás tal aspecto físico o moral, que engrandecemos a fuerza de pensar en el y que nos impide aceptarnos y tener confianza en nosotros mismos, por lo tanto, a exponerlo todo a la luz de pensamiento de que Dios nos ama, tal como somos. Los miedos son como los fantasmas, tienen necesidad de oscuridad para actuar. Frecuentemente, basta darlos a conocer, darles un nombre, hablar de ellos, para que desaparezcan o se redimensionen.

San Pablo dice: ¿si Dios esta con nosotros, quien estará contra nosotros? (Rom 8, 31)

Jesús quiere liberarnos de los miedos y nos libera siempre. El sin embargo, no tiene un solo modo para hacerlo, tiene dos: o nos quita el miedo del Corazón o nos ayuda a vividlo de un modo nuevo, mas libremente, hacienda de ello ocasión de gracia para nosotros y para los demás. El mismo ha querido hacer la experiencia. En el huerto de los olivos, esta escrito: “comenzó a sentir pavor y angustia” y lo ha querido experimentar precisamente para redimir también este aspecto de la condición humana. Desde aquel día, el miedo, especialmente el de la muerte, vivido en unión con el, tiene el poder de levantarnos, mas que deprimirnos, hacer mas atentos a los demás y mas comprensivos, en una palabra mas, humanos.

18 junio 2020

Triduo al Sagrado Corazón de Jesús

Miércoles 17, jueves 18 y viernes 19 de junio

19:30 Exposición del Santísimo y Vísperas

20:00 misa





15 junio 2020

Celebración del Corpus 2020

«Pan divino y gracioso, sacrosanto manjar que da sustento al alma mia»

«El Pan que estas mirando... es Dios que en ti reparte gracia y vida, y pues que tal comida te mejora, no dudes de comerla desde ahora»
Francisco Guerrero, Siglo XVI, sacerdote y músico sevillano

Mil gracias y muchas felicidades a toda la comunidad parroquial por el precioso día del Corpus que hemos vivido.

Las siete horas de adoración por turnos, ha sido una oportunidad de reconocer y afirmar públicamente la presencia real del Señor en el Sacramento del Altar.

Un abrazo a todos.

Homilía Domingo del Corpus

La Eucaristía es un misterio de comunión. Nosotros conocemos distintos tipos de comunión. La de entre los esposos que forman una sola carne, la comunión entre la madre y el hijo que lleva en su seno. Pero, en ninguno de estos casos la comunión alcanza su fondo, porque cada uno permanece siendo sí mismo separado de los otros y no hay fusión.

La comunión más profunda es la que hay o se da entre nosotros y la comida que comemos, porque ella llega a ser carne de nuestra carne y sangre de nuestra sangre.

He escuchado de algunas madres decirle a su criatura, mientras le apretaban al pecho y la besaban: “¡Te quiero tanto que te comería!”.

Eso es lo que sucede en la comunión eucarística, la comida no es una simple cosa sino que es una persona, que vive.

Busquemos lo que sucede con la naturaleza en el ámbito de la nutrición, es el principio vital más fuerte aquel que asimila el menos fuerte.

Por ejemplo, el vegetal es la que asimila el mineral. El animal es el que asimila al vegetal. Cuando esta ley viene trasladada a nuestra relación con Cristo, ¿qué sucede? Igualmente es el principio vital más fuerte el que asimila al menos fuerte. En otras palabras es Cristo quien nos asimila así mismo.

Esto es nosotros nos transformamos en Él. Un famoso materialista ateo ha dicho “el hombre es lo que come”, sin saberlo ha dado una óptima definición de la eucaristía. Gracias a ella, el hombre llega a ser lo que come, el cuerpo de Cristo.

Pablo nos ha dicho que el cáliz es comunión con la sangre de Cristo y el pan es comunión con el cuerpo de Cristo. ¿Qué significan las palabras cuerpo y sangre?

Para nosotros occidentales herederos de la cultura griega, el cuerpo no es más que una tercera parte del hombre, el cual unido al alma y a la inteligencia, forman el hombre completo. La sangre es simplemente una parte del hombre.

Para Jesús no es así, cuerpo implica a todo el hombre en cuanto vive en una dimensión corporal: alegría, esperanzas, fatigas y sudores. La sangre, es la sede de la vida. El derramamiento de la sangre es signo figurativo de la muerte. Jesús desde su concepción hasta el último instante dándonos su cuerpo, nos ha dado su vida, dándonos su sangre nos ha dado su muerte. He aquí ¿qué significa comulgar? Entrar en contacto con la vida de Jesús y con su muerte. Si nosotros los cristianos descubriéramos qué tenemos en la eucaristía, decía un ateo: “si yo pudiera creer que en aquella Hostia consagrada está en verdad Dios, como decís vosotros, creo que caería de rodillas y no me levantaría jamás”.

Un canto eucarístico tiene un estribillo que dice “Dios nos ha puesto su cuerpo entre las manos”, nosotros ¿qué hacemos con el cuerpo de Cristo? Hoy es habitual acercarse a recibir la comunión, es una cosa útil, esto no debería llevarnos a vulgarizar la eucaristía, como si fuese un pan ordinario.

El cuerpo de Cristo, la palabra Cuerpo de Cristo, no sólo indica el cuerpo nacido de María, sino que se refiere a la Iglesia, ¿qué quiere decir esto? Que la comunión es siempre comunión entre nosotros. Comiendo todos de la única comida, formamos un sólo cuerpo.

¿Cuál es la consecuencia? Que no podemos hacer verdadera comunión con Cristo, si estamos divididos entre nosotros, si nos odiamos, si no estamos dispuestos a reconciliarnos.

No basta con no tener rencor, la eucaristía nos enseña ha hacer algo mucho más grande, a dar nosotros también el cuerpo y la sangre por los hermanos.

Piensa en las personas que te han sido confiadas, todos podemos decir con Jesús “tomad y comed, porque esto es mi cuerpo”, mi vida, mi tiempo, mis energías, mis fatigas, sufrimientos...

De esta forma la eucaristía es pan partido y regalo de los unos para los otros. Es un abrirse al otro y acogerlo.

11 junio 2020

Primeras Comuniones 2020

Habitualmente los niños tras superar el itinerario catequético recibían por primera vez el Sacramento de la Eucaristía en torno al mes de mayo. Debido a las circunstancias excepcionales que vivimos, la autoridad eclesiástica decidió posponer estas celebraciones.
En nuestra parroquia las Primeras Comuniones este año tendrán lugar:

Sábado 4 de julio a las 21,00 horas
Domingo 13 de septiembre a las 12,30 horas

07 junio 2020

Santísima Trinidad

La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo esté con todos vosotros.

1.- Éste es el saludo que San Pablo dirige a los cristianos de Corinto en la segunda lectura de la fiesta de la Santísima Trinidad. Se trata de un saludo trinitario; en efecto, en él vienen mencionados las tres divinas personas: el Padre (Dios), el Hijo (Jesucristo) y el Espíritu Santo.

La vida cristiana se desarrolla toda ella con el signo y con la presencia de la Trinidad: bautismo (inicio), unción de los enfermos – encomienda del alma (final), matrimonio, orden sacerdotal...


¿Por qué los cristianos creen en la Trinidad? ¿No es ya bastante difícil creer que Dios existe para añadirnos también que él es “uno y trino”?

Los cristianos creen que Dios es trino, porque creen que Dios es amor
. Es la revelación de Dios como amor, hecha por Jesucristo, la que nos obliga a admitir la Trinidad.

Dios es amor, ahora bien, es claro que si es amor se debe amar a alguien. No hay un amor sobre el vacío o no dirigido a alguien. Entonces nos preguntamos: ¿a quién ama Dios para ser definido amor? Una primera respuesta podría ser: ama a los hombres. Pero, los hombres sabemos que existen desde hace millones de años, no más. Antes de entonces, ¿A quién amaba Dios, desde el momento en que es definido amor? En efecto, no puede haber comenzado a ser amor en un cierto momento del tiempo, porque Dios no puede cambiar.

Segunda respuesta: antes de entonces amaba el cosmos, el universo. Pero, el universo existe desde hace algunos millones de años. Y, antes, ¿a quién amaba dios para definirse amor? No podemos decir que se amaba a sí mismo, porque amarse a sí mismo no es amor, sino egoísmo o como dicen los pscólogos, narcisismo.

He aquí la respuesta de la revelación cristiana, que ha recogido y explicado la Iglesia. Dios es amor en sí mismo, antes del tiempo, porque desde siempre tiene en sí mismo a un Hijo, el Verbo, al que ama con amor infinito, y esto es el Espíritu Santo. En cada amor hay siempre tres realidades o sujetos: uno que ama, uno que es amado y el amor que les une.

El Dios cristiano es uno y trino porque es comunión de amor. En el amor, unidad y pluridad se concilian entre sí, el amor crea la unidad en la diversidad: unidad de intenciones, de pensamientos, de quereres y diversidad de sujetos, de características y, en el ámbito humano, de sexo.

La teología se ha servido del término naturaleza para indicar la unidad de Dios y del término persona para indicar la distinción. Por eso, decimos que nuestro Dios es un Dios único en tres personas. La doctrina cristiana sobre la Trinidad no es un retorno, un compromiso entre monoteísmo y politeísmo. Es, al contrario, un paso adelante, que solo Dios mismo podría hacer entender a la mente humana.

Por lo demás, esto nos ayuda a aclarar la contradicción profunda del moderno ateísmo. Según Marx y en general todos los ateos modernos, Dios no sería mas que una proyección del hombre. Dios no habría creado al hombre a su imagen sino que el hombre habría creado a Dios a su imagen. En otras palabras, detrás del término Dios no habría mas que a idea que el hombre se hace de sí mismo, como uno que se cambia por una persona distinta con la propia imagen reflejada sobre un arroyo o sobre el agua.

Todo esto puede ser verdad en comparación con cada Dios, pero no del Dios cristiano. ¿Qué necesidad habría tenido el hombre de dividirse a sí mismo en tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo, si verdaderamente Dios no es más que la proyección que le hombre se hace de sí mismo? La doctrina de la Trinidad es, por sí sola, el mejor antídoto al ateísmo moderno.

Puede que no se entienda nada de lo anterior. Cuando nos encontramos en la orilla de un lago o de un mar y queremos saber qué hay en la otra orilla, lo más importante no es agudizar la vista y buscar escrutar el horizonte sino subir en una barca, que os lleve a la otra orilla. En las comparaciones con la Trinidad, lo más importante no es especular en el misterio sino permanecer en la fe de la Iglesia, que es la barca, que nos lleva a la Trinidad.

2.- La Trinidad es el modelo de cada comunidad humana, de la mas sencilla y elemental, que es la familia, hasta de la Iglesia universal. Y veamos precisamente qué puede aprender una familia del modelo trinitario. Si leemos con atención al Nuevo Testamento, en donde la Trinidad se ha revelado, notamos una especie de regla o norma. Cada uno de las tres personas divinas no habla de sí sino que habla de la otra; no llama la atención sobre sí misma sino sobre la otra.

Cada vez que Dios Padre habla en el Evangelio es siempre revelar algo del Hijo: “Este es mi Hijo amado, escuchadle”

Jesús, a su vez, no hace más que hablar del Padre.

El Espíritu Santo, cuando viene al corazón de un creyente, no comienza por proclamar su nombre. Nos enseña a decir Abba, que es el mismo nombre del Padre y a decir Maranatha, que es una invocación dirigida a Cristo, y que quiere decir: “Ven Señor, Jesús”

Intentad pensad qué produciría este estílo si estuviera transladado a la vida de una familia. El padre, que no se preocupara tanto en afirmar su autoridad, cuanto la de la madre. La madre, que, antes aún de enseñar al niño a decir mama, le enseña a decir papa. ¡es la ley del amor! María muestra haberlo asimilado a la perfección. Dirigiéndose a Jesús, después de haberlo encontrado en el templo, le dice: “Mira tu padre y yo, angustiados, te andabamos buscando” pone la angustia del padre antes que la suya.

Esto parece una cosa de nada, y por el contrario, ¡cuántas cosas cambiarían si este estilo fuera imitado en nuestras familias y comunidades! Estas llegarían a ser en verdad un reflejo de la Trinidad en la tierra y los lugares donde la ley, que lo regula todo, es el amor. Pequeños paraísos en la tierra.

Hay un pequeño signo que nos acompaña a lo largo de toda la vida, es la señal de la cruz. Es un gesto, que realizamos trazando la cruz, recordando la pasión y muerte de Cristo, mientras que las palabras, que pronunciamos: “en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo”. Debemos descubrir la belleza y eficacia de este pequeño gesto. Cada vez que hacemos una hermosa señal de la cruz, con calma y dignidad, invocamos su protección sobre nosotros contra los enemigos interiores y exteriores y revivimos nuestra fe. Milagros han acaecido con la simple señal de la cruz.

04 junio 2020

Corpus Christi 2020


Domingo 14 de junio. 11 h. Misa solemne. A continuación Exposición del Santísimo Sacramento.
Turnos de Adoración para el Santístimo

12 a 13 h. Margarita y Andrés, Ana Mari, Pepa Laó, Pepita y Concha de la Fuente, Coro, Divina Pastora, grupo de vida.
13 a 14 h. Margarita Algarín y Ana, Lola Heredia, Charo Laó, Carmen García de la Vega.
14 a 15 h. Lola Ramírez e Isabel Mª Carrasco, Juan Luis Manzano y Ramón González, Carmen García de la Vega.
15 a 16 h. Conchi Linares, Tere Jurado, Rosarito González.
16 a 17 h. Confirmación de Adultos.
17 a 18 h. Catequistas, Coro de Niños.
18 a 19 h. Vísperas y reserva. Ana Mari, Pepita y Concha de la Fuente, Isabel Rivera, Pastoral de la Salud.
Apúntese a los turnos de adoración contactando por teléfono con la parroquia.

03 junio 2020

Misa por las víctimas del coronavirus


30 mayo 2020

Solemnidad de Pentecostés

Vamos adelante a fuerza de empujes, con fatigas y sin grandes progresos. La presente fiesta de Pentecostés debiera ayudarnos a descubrir el motor, y cómo poner en marcha la presencia del Espíritu en nuestra vida.

En la primera lectura, se habla de la venida del Espíritu Santo cincuenta días después de la pascua, en el fragmento del Evangelio Juan nos presenta a Jesús que en la misma tarde de pascua se aparece a los apóstoles y les concede el Espíritu. ¿Hay dos Pentecostés distintos? Los dos relatos no se excluyen sino que se integran. Lucas, que ve al Espíritu como principio de unidad y de universalidad de la Iglesia y como potencia para la misión, da relieve a la manifestación del Espíritu Santo, la que tuvo lugar cincuenta días después de la Pascua en presencia de distintos pueblos y lenguas. Juan, que ve al Espíritu como el principio de la nueva vida, surgida de la muerte de Cristo, subraya la primera manifestación de lo que tuvo lugar el mismo día de Pascua. Podemos decir que Juan nos dice de dónde viene el Espíritu: del costado traspasado del Salvador; Lucas nos dice a dónde lleva el Espíritu: hasta los confines de la tierra.

¿Qué significa que el Espíritu Santo venga sobre la Iglesia el mismo día en que Israel celebra la fiesta de la alianza y la ley? Es para indicar que el Espíritu Santo es la nueva ley, la ley espiritual que sella la nueva y eterna alianza, y que consagra al pueblo real y sacerdotal que es la Iglesia. Una ley escrita ya no en tablas de piedra, sino sobre tablas de carne que son los corazones de los hombres.


¿Quién no permanecería impresionado, escribe san Agustín, por esta coincidencia y a la vez por esta diferencia? Cincuenta días se cuentan desde la celebración de la Pascua en Egipto hasta el día en que Moisés recibió la ley en las tablas escritas con el dedo de Dios; semejantemente, cumplido los cincuenta días de la inmolación del cordero, que es Cristo, el Espíritu Santo llenó de sí a los fieles reunidos juntos.

¿Nosotros vivimos bajo la ley vieja o bajo la nueva ley? ¿cumplimos nuestros deberes religiosos, por obligación, por temor o por costumbre? ¿o por el contrario con íntima convicción y casi por atracción? ¿sentimos a Dios como Padre o como jefe?

De la tristeza a la alegría
Para los discípulos habían sido tres años intensos de convivencia con Jesús. Dialogaron con Él, escucharon su predicación, presenciaron sus gestos, asistieron a sus milagros, compartieron ilusiones y desilusiones, le vieron orar, y al final, después de haber cenado juntos, se dispersaron. Humanamente hablando, todo había sido una bella historia de amistad y descubrimientos mutuos. Ahora todo les hacía pensar que había sido una aventura truncada por la muerte. De hecho, les costó creer a las mujeres y a los de Emaús, cuando les dijeron que habían visto resucitado al Señor. Cuando estamos tristes nos cuesta ver fuera de nosotros mismos. En la memoria dolorida de los discípulos no había lugar para la esperanza, solo para la tristeza y el miedo. Y cerraron las puertas. De pronto, la suerte cambia. El Resucitado se hace presente en medio de ellos. Comprende su turbación. Les desea paz. Les encomienda perdonarse unos a otros su desaliento y falta de fe. Y ellos se llenan de alegría. Posiblemente entendieron en ese momento las palabras de Jesús cuando les había anunciado su muerte de cruz. Y entendieron que en la vida de un seguidor de Jesús debe primar la alegría, porque Él está con nosotros, siempre y en toda ocasión, hasta el final de los siglos. No hay lugar para el miedo. Hay que abrir las puertas porque fuera de nuestra casa hay muchas personas que aún esperan palabras de vida. ¿Es nuestra Iglesia cerrada sobre sí misma? ¿Contemplamos lo que nos rodea como una realidad amenazante?

Sopló sobre ellos y les dio su Espíritu (Jn 20, 22)
Jesús les había prometido que no les dejaría solos: Él pediría al Padre que les enviara al Espíritu para que estuviese siempre con ellos. Es el Espíritu que crea y da vida, el Espíritu de la verdad, el Espíritu que consuela y que impulsa, el que renueva la faz de la tierra y los corazones de todos los humanos. Es el Espíritu que nos mueve a reconocer a Jesús como Señor.


Jesús actúa presentándose ante ellos y mostrandoles las manos y el costado. Las heridas siguen estando presentes en el resucitado, como lo están en nuestra vida y en nuestro mundo. La resurrección no borra los sinsentidos de la historia ni las oscuridades en nuestro camino de seguimiento. Jesús habla deseando la paz a aquellos que tienen miedo. La paz es lo contrario al miedo. La paz supone apertura al mundo.


Comunica a cada uno de nosotros el sentido que encierra el misterio de Jesús. Es el Espíritu que nos transforma interiormente y nos hace dignos y capaces de continuar su historia en nuestra historia. Son los dones y frutos del Espíritu que hemos aprendido en la tradición de nuestra Iglesia, las acciones de Dios en nuestras personas, que somos su templo, para vivir con sabiduría, inteligencia, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de ofenderle. Un conjunto de actitudes que tienen como trasfondo el amor.


En la liturgia de hoy, la secuencia canta todas esas acciones de Dios en nuestras vidas. Nos hará mucho bien como cristianos recordar esa bellísima pieza y experimentar cada día el amor benévolo y cuidadoso del Dios padre del pobre (¿quién de nosotros no lo es de algún modo?) que nos otorga perdón, consuelo, descanso, gozo; y que nos cura de la indiferencia hacia los otros, de la insensibilidad ante la dolencia y la necesidad ajenas, de tanta puerta cerrada a lo nuevo y desconocido.


El Espíritu da en nuestro interior testimonio de nuestra auténtica y radical condición: somos hijos de Dios. Es el Espíritu quien le acerca y le une a las circunstancias concretas de nuestra vida y nuestro mundo. Estamos llamados a ser perfectos, como lo es el Padre. A ser santos, como Jesús es santo. No tenemos otro modelo de perfección y santidad que la persona de Jesús: sus valores, sus apuestas y su entrega sin condiciones. Una vida en la fe y una responsabilidad en el amor en las que nadie nos sustituye.

En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común (I Cor 12,7)
Sin embargo, el Espíritu no es derramado en nosotros como un don individual. El santo cristiano no es un asceta ni un místico solitario. El Espíritu anima a la comunidad cristiana, a la Iglesia enviada como Jesús al mundo para un servicio de amor.


El relato de los Hechos sobre lo que significó este día para los primeros cristianos es elocuente y está plagado de signos del vigor con el que el Espíritu se manifestó: el ruido del cielo, el viento recio, las llamaradas de fuego que se posaban en cada uno de ellos. Son signos de que la presencia prometida del Espíritu pone en marcha decididamente y con audacia alguno nuevo.


Hay tres acentos muy propios de este día. Uno primero: que las puertas de la casa se abrieron para que las maravillas de Dios sean oídas por todos. La Iglesia nace evangelizando. La evangelización es su denominación de origen. La Iglesia no se tiene como finalidad a sí misma, sino al mundo, donde se abre paso el Reino por la presencia activa del Resucitado. La Iglesia no es una organización sin más, sino el cuerpo de Cristo animado por el Espíritu. Se ha dicho que: “Sin el Espíritu Santo, Cristo pertenece al pasado; el Evangelio es letra muerta; la Iglesia, mera organización más; la misión, simple propaganda; el culto, una evocación mágica; la moral, una disciplina de esclavos”.

En segundo lugar, que en esa comunidad nueva, cada uno conserva su personalidad y sus dones. La riqueza de la Iglesia es la riqueza de sus miembros. No todos hacemos lo mismo, ni pensamos o sentimos por igual, pero todos servimos a lo mismo. Pablo nos decía en su carta a los Corintios que: “en cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común”. Esto exige el respeto de cada uno al don de los otros, sin recelos, envidias, imposiciones o avasallamientos. La pluralidad interna de la Iglesia no es una amenaza, sino un obsequio de Dios. La unidad, tampoco en esto, es uniformidad.

Por último, la comunidad de Hechos es una comunidad que se hace entender en diversas lenguas. La lengua expresa un modo de ser. Ninguna de ellas puede erigirse en vehículo privilegiado y único de evangelización. La Iglesia es una comunidad enviada a todos los pueblos y a todas las culturas. La evangelización no es tanto un ejercicio de elocuencia, para convencer de lo nuestro, cuanto de humildad dialogante, para avanzar con todos. Todo un programa para una Iglesia, la nuestra, necesitada de un renovado espíritu evangelizador que la saque de sus pequeñas y altivas seguridades y la resitúe en el mundo al que ha sido enviado por amor.


A comienzos de siglo, una familia emigra a los EE.UU. Lleva consigo el alimento para el viaje, pan y queso, no teniendo ya más dinero para poder pagar el restaurante. Pero, con el pasar de los días y de las semanas, el pan llega a estar duro y el queso mohoso. El hijo ya no puede aguantar más y no hace más que llorar, los padres le dan unas monedillas para que coma en un restaurante. El hijo va come y vuelve llorando. ¿lo hemos gastado todo y tú vuelves llorando? Lloró porque en el precio del viaje estaba incluida la comida del restaurante y nosotros hemos estado comiendo pan y queso.

Muchos cristianos hacen la travesía de la vida a pan y queso, sin alegría sin entusiasmo, cuando podrían tener cada día todo el bien de Dios, la certeza de su amor, la a valentía de su palabra, la alegría de la experiencia del Espíritu, la comunión con los hermanos, todo resumido y ofrecido para nosotros en el banquete eucaristíco.

25 mayo 2020

Séptimo Domingo de Pascua, Ascensión del Señor

Hoy la Iglesia celebra la fiesta de la Ascensión de Jesús al cielo. En la primera lectura, oímos a un ángel que le dice a los discípulos: “Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo?

Es ocasión apropiada para preguntarnos, ¿qué entendemos por cielo?

-El Cielo se identifica con la morada de Dios. “Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres”. A diferencia de Dios, que está en el cielo. El hombre está en la tierra, después de la muerte, baja bajo tierra en el reino de la muerte. Con Jesús, que resucita de entre los muertos y sube al cielo, esta separación está rota. Con Él el primer hombre ha subido al cielo y con Él le ha sido dada una esperanza y una garantía de subir al cielo toda la humanidad.

-El cielo es un espacio dentro del que se mueve nuestro planeta y el sistema solar, nada más. Esta es una visión puramente científica.

-Debemos esclarecer que entendemos nosotros cuando decimos: “Padre nuestro que estás en el cielo” o cuando decimos que “alguno ha ido al cielo”. Que Dios esté en el cielo significa que habita en una luz inaccesible, que dicta de nosotros cuando el cielo está sobre la tierra. Que es infinitamente distinto a nosotros.

-El cielo es más un estado que un lugar. Dios está fuera del espacio, del tiempo y así es su paraíso. Cuando se habla de Él, no tiene sentido alguno decir que está sobre, arriba o abajo. Pero con ello no afirmamos que Dios no exista o que el paraíso no exista, solo constatamos que nos faltan categorías para explicarlo.

Cojamos a una persona ciega y pidámosle que describa que son los colores. No podría decir absolutamente nada, ni nadie estará a disposición de explicárselo porque los colores se perciben con el ojo. Así nos sucede a nosotros con relación con el más allá que están fuera del tiempo y del espacio. Esto no afecta solo a las cosas de Dios, el científico se encuentra en la misma postura, sólo que no reflexiona.

A la luz de lo que hemos dicho, ¿qué significa proclamar que Jesús ha ascendido a los cielos? La respuesta la encontramos en el credo. “Subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios Padre todopoderoso”, esto es, que también como hombre Él ha entrado en el mundo de Dios, que ha sido constituido Señor y cabeza de todas las cosas.

Las palabras del ángel contienen por tanto una advertencia, no es necesario estar mirando arriba al cielo, para descubrir dónde podrá estar Cristo, sino más bien vivir en la espera de su retorno, proseguir su misión, llevar su evangelio y mejorar la vida en la tierra. Él ha ido al cielo pero sin dejar la tierra. Sólo ha salido de nuestro campo visual: “Sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”.

¿Qué significa ir al cielo?, significa ir a estar con Cristo, Flp 1.

El cielo entendido como lugar de reposo, como premio eterno para los buenos se forma en el momento que Cristo resucita y sube al cielo. Nuestro verdadero cielo es Cristo resucitado. Jesús no ha ascendido a un cielo ya existente que le esperaba sino que ha ido a formar o crear el cielo para nosotros.

Alguno se pregunta, ¿qué haremos en el cielo con Cristo toda la eternidad?, ¿no nos aburriremos?

Respondo: Quizás. Pregunta: ¿nos aburrimos por estar bien y tener óptima salud? Cuando nos acontece vivir un momento de alegría, ¿no nace en nosotros el deseo de que dure para siempre?

Aquí en la tierra no duran para siempre, porque no hay un objeto al que se pueda satisfacer infinitamente. Con Dios es distinto.

Se cierra el círculo con una promesa
Parece que el final del texto del evangelio de hoy y el de la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles nos sitúan en una escena parecida. Los discípulos están viviendo los últimos momentos junto al Maestro, ya resucitado y recibiendo sus últimas promesas y enseñanzas.

Según Mateo, han regresado a su Galilea natal y allí, donde el Resucitado, por medio de las mujeres, les mandó que regresaran, se vuelven a topar con él. Jesús se reencuentra con los suyos en lo cotidiano, en un lugar cercano a aquel donde lo encontraron por primera vez, donde “primerearon”, como diría Francisco, donde escucharon por primera vez su voz y su llamada.

Jesús ha querido que regresen a ese contexto para volver a verlos y hacerse presente en sus vidas aparentemente normales: aunque ya no son normales, no pueden serlo porque Él ha pasado por ellas y las ha transformado. Algo así nos sucede a nosotros ahora.

Nuestras vidas ya no pueden ser como eran, después de haber vivido estas situaciones tan extrañas y, sin embargo, esta Pascua hemos sido invitados a seguir reconociendo al Resucitado y sus signos en nuestra “cotidianeidad extraña”, casi convulsa; a descubrirlo en los pequeños gestos de vida que han ocurrido a nuestro alrededor en estos días confinados, a seguir encontrándolo donde él quiere estar, entre la gente sencilla, en la vida “normal”, entre quienes trabajan y se entregan para que salgamos adelante y entre quienes más están sufriendo los embates de esta nueva crisis que, como todas, daña más a quien es más débil.

En el texto de Hechos se nos dice que cuando Jesús se aparece vuelven a estar comiendo. De nuevo en el banquete, en la comida fraterna se manifiesta, como tantas veces hizo durante su vida. Nos llama la atención que los discípulos parece que no se han enterado de nada, pero, en el fondo actúan como nosotros mismos, queriendo comprender, deseando que las cosas vuelvan a ser como las habían imaginado: «Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino a Israel?». Y Cristo, que ya es otro tras su resurrección se preguntará si era posible que después de todo ese tiempo no se hubieran enterado de nada…

Aún así, les promete: «recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y “hasta el confín de la tierra”».

En ese reencuentro, según nos lo cuenta Mateo, que suena a despedida, Cristo les deja un mensaje que es doble. Les hace, y por tanto, nos hace, una invitación, a contar lo que han/hemos visto y oído y a vivir lo que les/nos ha enseñado y les/nos entrega una promesa: no les/nos abandona. Ese es su legado, porque al fin y al cabo, este mensaje, el último del evangelio, es en resumen el testamento de Jesús: ser sus testigos, vivir como le hemos visto hacer a Él y, siempre, sintiéndolo a nuestro lado, que es donde promete quedarse.

El anuncio del que está por venir
Pablo pide para los de Éfeso un don: «El Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo, e ilumine los ojos de vuestro corazón para que comprendáis…». Espíritu de sabiduría y revelación, iluminación, para comprender. En el fondo, una suerte de concentración, de estar donde estamos para saber y poder hallarlo en nuestro alrededor. Una vuelta, otra vez, a la cotidianeidad para poder descubrir allí: «cuál es la esperanza a la que os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder en favor de nosotros, los creyentes». Será el Espíritu, ese a quien celebraremos la semana que viene, pero que está entre nosotros desde el inicio, quien nos enseñe y nos muestre la Vida en su plenitud.

La Pascua llega a su fin y la promesa del Espíritu se va haciendo más visible y más necesaria. La presencia de Jesús hasta el final de los tiempos, una vez lo vemos alejarse entre las nubes, es en la forma en la que el Espíritu hace las cosas: sin atosigamientos, sin manifestaciones escandalosas, sin imposiciones. Como una brisa suave, que intuyó Elías. La forma de comprender su presencia en nuestras vidas sigue siendo mirando y escudriñando bien a nuestro alrededor para ver dónde despunta, dónde se deja ver sin grandes aspavientos. Y es, como deja claro Pablo un don, así que, pidámoslo sin descanso.

¿No es suficiente para celebrar, cada día, una gran fiesta?

17 mayo 2020

Sexto Domingo de Pascua

1.- Los discípulos de Jesús se sienten apesadumbrados por la inminente partida del Maestro, el futuro se presenta sombrío pues su voz y su presencia dejarán de ser visibles y audibles. ¿Cómo afrontar la vida de la comunidad sin Él? ¿El proyecto del Reino quedará frustrado por su ausencia? ¿Se cumplirá la profecía de que las ovejas se dispersarán cuando se hiera al pastor? Estos sentimientos, sin lugar a duda comprensibles, son apaciguados por el anuncio del envío de otro defensor, del Paráclito que les enseñará la verdad y por medio del cual Jesús cumplirá su promesa de no dejarlos solos.

En Samaría muchos han acogido el mensaje cristiano. Dos Apóstoles vienen de Jerusalén para confirmarles en la fe y no tardan en darse cuenta de una cosa: las personas han sido regularmente bautizadas; pero no muestran ninguno de los signos que solían acompañar a la venido del Espíritu Santo: alegría, entusiasmo, hechos prodigiosos... Entonces los Apóstoles realizaron un gesto que pronunciaban nuestro actual sacramento de la confirmación: “les imponían las manos y recibían el Espíritu Santo”

En el Evangelio, Jesús hablo a los discípulos del Espíritu con el término característico del Paráclito: “yo le pediré al Padre que os de otro defensor, que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad”.

Paráclito es un término griego que significa: o bien consolador o bien defensor o bien ambas cosas a la vez.

La Iglesia después de la Pascua ha hecho una experiencia viva y fuerte del Espíritu como consolador, defensor y aliado en las dificultades externas e internas, en las persecuciones, en los procesos y en la vida de cada día.

Paráclito, puede significar: defensor y consolador. En los primeros siglos, cuando la iglesia estaba siendo perseguida, se ve en el Paráclito sobre todo el abogado y el defensor divino contra los acusadores humanos. Él se ha ejercitado como el que asiste a los mártires y ante los jueces en los tribunales; el que pone en la boca la palabra que nadie está a disposición de contradecir.
Después de las persecuciones significará consuelo en las tribulaciones y en las angustias de la vida.

Debemos sacar en nuestra contemplación del Paráclito una consecuencia práctica y operativa. No basta sólo conocer el término, ¡es necesario que nosotros lleguemos a ser paráclitos.!
Si es verdad que el cristiano debe ser un alter Chritus u otro Cristo, es asimismo verdadero que debe ser otro Paráclito. Este es un título para imitar y para vivir, no sólo para comprender.

Mediante el Espíritu Santo que ha sido derramado en nuestros corazones (Rom 5,5), bien sea el amor con que somos amados por Dios, o bien sea el amor por el que somos hemos capaces, de amar a Dios y al prójimo. Aplicada a la consolación la palabra del Apóstol viene a decirnos una cosa importantísima: que el Paráclito no se limita a darnos algo de consuelo, como un deleite, sino que nos enseña el arte de consolar. No sólo nos consuela sino que también por nuestra parte nos hace capaces de consolar.

Pero, ¿Cómo consolar? Aquí esta lo importante. Con la consolación misma con que él ha sdio consolado por Dios; con un consuelo divino, no humano. No contentándose con repetir inútiles palabras de circunstancias, que pronto abandonan el terreno que encuentran (¡ánimo, no te desanimes; verás que todo se resolverá según lo mejor!), sino “para que con la paciencia y el consuelo que dan las Escrituras mantengamos la esperanza” (Rom 15, 4). Así se explican los milagros que una sencilla palabra o un gesto, puesto en un clima de oración, son capaces de realizar junto a la cabecera de un enfermo con la fe en la presencia del Espíritu. Es Dios el que está consolando a través de tí.

El Espíritu Santo tiene la necesidad de nosotros para ser Paráclito. Él quiere consolar, defender, exhortar; pero no tiene boca, ni manos,ni ojos, para “dar cuerpo” a su consuelo. O mejor tiene nuestras manos, nuestros ojos y nuestra boca. Como el alma actúa, se mueve, sonríe, a través de los miembros de nuestro cuerpo, así es el Espíritu Santo actúa con los miembros de “su” cuerpo, que es la Iglesia.


2.- Jesús, hoy como ayer, vive y está en la comunidad a través de su Espíritu:

Como aliento para la esperanza…
Como la luz que disipa nuestras dudas y nos aclara el camino que estamos llamados a recorrer para llevar a buen término la misión que se nos ha encomendado...
Como fuerza que nos levanta en los momentos de dificultad o cuando las adversidades de la vida hacen que flaquee nuestra ilusión y se desmoronen nuestras utopías…
Como aire que nos mueve a un mayor compromiso con la causa del Reino, a optar sin miedo por los valores del Evangelio, aunque éstos sean entendidos como una fuerza contracultural…
Como fuego que nos hace arder de un entusiasmo renovado por hacer presente, a tiempo y a destiempo, el modelo de humanidad y de sociedad del Evangelio…
Como lazo de amor que nos hace salir de nuestro propio amor, querer e interés para construir un “nosotros”, una comunidad que sea signo de que hoy es posible ser y estar en el mundo viviendo relaciones de igualdad, fraternidad, comensalía, solidaridad y libertad…

La lista de características de la nueva presencia de Jesús a través de su Espíritu seguro que es más amplia y cada uno de vosotros, desde vuestra propia experiencia de encuentro y relación con Él, podrá agregar unas cuantas. Una llamada final para los navegantes de la historia: es importante, como vía segura para percibir, vibrar y dejarnos tocar por esta nueva presencia de Jesús, abrir la mirada y la mente; no permitir que se encasille el Espíritu y dejarlo fluir con sus nuevos lenguajes y sus nuevas expresiones de manera que, a diferencia del “mundo”, que no lo vio y no lo conoció, podamos ser testigos de aquél que no nos dejó huérfanos y sigue siendo la razón de nuestra vida.


3.- “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos”

El amor auténtico no es solo efectivo, compuesto sólo de sentimientos, sino efectivo, hecho a base de actos generosos.

Cuando amamos verdaderamente a una persona, deseamos su bien y hacer lo que ella desea. De otro modo, el amor no es verdadero, sino unicamente una búsqueda de satisfacción sentimental. El amor es una realidad mucho mas profunda que una simple satisfacción sentimental: es la entrega de nosotros mismos al otro, y esto se lleva a cabo con actos que corresponden a los deseos de la persona amada. Si amamos a Jesús debemos desear complacerle, honrarle con nuestra vida, observando sus mandamientos.

Reflexiona ¿Cómo es tu amor?


4.- Pedro invita a los creyentes a que estén dispuestos a responder a todo el que les pida razón de la esperanza que habita en ellos. Vemos aquí que la actitud y el comportamiento de los cristianos revelaba una gran esperanza.

La gente quería saber la razón de tal esperanza, de la alegría que sentían incluso cuando les perseguían. Nosotros debemos difundir esperanza a nuestro al rededor.

¿Cuáles son las razones de tu fe? ¿las explicas con paciencia? ¿Contagias esperanza?